Norte civilizado. El progreso es un animal caprichoso. Mientras que, en algunos países, la presencia de bicicletas en las calles es un símbolo de austeridad económica, cuando no de pobreza, en otros es, justamente, lo contrario: de evolución, de calidad de vida y de ciudades en las que el crecimiento urbanístico ha sido bien entendido. Países del norte de Europa como Bélgica, Dinamarca, Finlandia o, sin subir tanto, la propia Alemania, son magníficos ejemplos de cómo el progreso no ha de medirse por el número de Mercedes Benz que se ven por sus calles, sino por lo contrario: los coches que han sido desterrados de las carreteras.
Laberinto de dos ruedas. Holanda es el país de Europa con mayor concentración de bicicletas por habitante y Ámsterdam es, seguramente, el escaparate idóneo y lógico para comprobar cómo una simple bicicleta -un ejército de ellas, más bien- puede mejorar el rostro de una ciudad. Lo sabe quien aterriza, arriba a la estación de tren y, al salir de ésta, se topa con un gigantesco parking para velocípedos de dos plantas y con capacidad para miles y miles de vehículos. De hecho, tal es la aglomeración de ruedas y sillines que, en ocasiones, dar con la bicicleta adecuada puede convertirse en una tarea imposible.
La derecha, siempre. Fue en la década de los años 70 cuando el rostro de Ámsterdam -y, por ende, de toda Holanda- comenzó a cambiar. A pesar de la tradición bicicletera del país, los problemas de tráfico en las principales ciudades obligaron a tomar medidas más drásticas y fomentar el uso de la bici de forma generalizada, tanto entre estudiantes como familias enteras, como jubilados, obreros de la construcción y trajeados empleados de banca. Una de las iniciativas fue la implantación, en las escuelas, de clases de educación y seguridad vial a bordo de un sillín, algo que puede verse -si se llega el día adecuado a la hora adecuada- en los patios de los colegios. La iniciativa funcionó y sigue funcionando: Ámsterdam es un cajón de sastre en el que todo el mundo -el 50% del tráfico en la ciudad es sobre dos ruedas- utiliza la bici para ir de aquí a allá y lo hace aunque llueva -con el paraguas en una mano-, hablando con el teléfono móvil, fumando o tomando café en un vaso de plástico. Cuando se pedalea por Holanda, sólo hay que tener muy presente una norma: la derecha siempre tiene prioridad.
Draga espectáculo. Se calcula que, anualmente, se roban un millón de bicicletas en toda Holanda. La mayoría de ellas pasan a formar parte del mercado negro y se venden en países vecinos como Dinamarca o Alemania, también con una arraigada tradición sobre las dos ruedas. Otras, en cambio, son lanzadas a los canales tras realizar la travesura de turno. Por ello, en las continuas dragas que se realizan en Ámsterdam, suelen aflorar centenares de vehículos maltrechos, oxidados, vestidos de barros que, en algunos casos, serán recuperados íntegramente y, en otros, sus piezas de venderás por separado. El espectáculo bien merece unos minutos de atención aunque, desgraciadamente, tampoco existen horarios o lugares prefijados asistir a uno de ellos. Pena.