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RSS | ed. impresa | Regístrate | 19 marzo 2010

Gente

HISTORIAS DE USAR Y TIRAR

Siglos antes de que nacieran los Transformers, Bender o C-3PO, los robots ya formaban parte de la Historia de la humanidad. He aquí algunos bellos ejemplos.
19.07.08 -

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Yo, robot. Quien piensa en un robot, piensa en el futuro. Resulta complicado -aunque el cine lo haya explorado- imaginar un ser metálico, cableado y de movimientos toscos paseando por las pirámides de Egipto; cabalgando por el lejano Oeste o soltando trapo en una de las embarcaciones capitaneadas por Colón rumbo a las Indias. Aún así, el sueño de crear vida -aunque ésta fuera artificial- es casi tan anciano como el propio hombre. Los libros de Historia más heterodoxos suelen recoger numerosos dimes y diretes relacionados con autómatas, esas máquinas que imitan la figura y movimientos de un ser vivo. Algunos se remontan a la antigüedad griega aunque los más jugosos e ingenuos aparecerían unas centurias después. Un ejemplo: una leyenda recurrente es la del reputado astrónomo alemán Johann Müller que, a mediados del siglo XV, fue capaz de crear un águila y una mosca, ambos de hierro y con vida propia, para un propósito que ningún texto es capaz de aclarar.
El pionero. En lo que sí coinciden todos los volúmenes históricos es que el primer autómata oficial, contrastado y legal, es aquel gallo que un artesano creó para el reloj de la Catedral de Estrasburgo. Ocurrió en el año 1354, aunque el pajarraco robotizado hace tiempo que desapareció. Según cuentan las crónicas, el ave metálica hacía acto de aparición cada hora, abría su pico, sacaba la lengua, batía las alas, extendía el plumaje y entonaba el mismo canto en tres ocasiones diferentes. En la actualidad, esta catedral francesa cuenta con un reloj astronómico que sustituye al prodigio citado. Éste también atesora un amplio repertorio de figuritas articuladas que es un placer contemplar en las horas señaladas, cuando se despliega un fantástico espectáculo: un esqueleto, en representación de la Muerte, anuncia las tres de la tarde -o las siete de la mañana o las diez de la noche...- y, a continuación, Cristo aparece y expulsa al de la guadaña.
Spain is different. O lo que es lo mismo: España es diferente. La piel de toro también cuenta con un autómata ilustre y éste se encuentra en el Monasterio de las Huelgas de Burgos. El problema es el que el robot celtíbero no hace gala de mecanismos de relojería u otros sofisticados tejemanejes, sino que es manual. Se trata de una figura de Santiago Apóstol que fue creada en el siglo XIII para armar a los Reyes, esto es, para nombrarles caballeros. ¿Por qué no lo hacía alguien de carne y hueso? Muy sencillo: en tiempos medievales los monarcas eran tales por designio divino, por lo que no había nadie sobre la faz de la Tierra que mandara sobre ellos. Mentimos. En realidad, lo había: el Papa, pero éste tenía cosas mejores que hacer que sufrir una pechada desde Roma para la rutinaria ceremonia. Así, hubo que construir este aparatejo -cuyo mecanismo está compuesto por tres grapas de madera que todavía funcionan- para que impusiera la espada en el cogote del regente y, luego, le diera una palmadita. De esta forma, era el mismísimo Santo el que presidía este ritual que cabalgaba entre la magia y el esperpento. ¿Quién se encargaba de mover los brazos del muñeco? El Arzobispo de turno. Imaginamos que para el cargo no se exigirían conocimientos de ventriloquia.
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