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RSS | ed. impresa | Regístrate | 5 julio 2009

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vascos en pekín, Maider Unda

La luchadora de Olaeta, que compagina su deporte con la cría de ovejas y la fabricación de queso de Idiazabal, es un ejemplo extraordinario de superación y resistencia.

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La pastora olímpica
Maider posa en el gimnasio de lucha del Centro Cívico Judizmendi. / IOSU ONAINDI
Maider Unda es un ejemplo perfecto de eso que se ha dado en llamar espíritu olímpico y que no es otra cosa que vivir el deporte en su pureza esencial, como un acto íntimo de superación. La luchadora de Olaeta puede que sea la única participante en los Juegos Olímpicos de Pekín -el dato no está contrastado, pero tampoco es muy necesario- que se levanta todos los días, de lunes a domingo, a las seis de la mañana y que, antes de ponerse a entrenar, tiene que trabajar unas horas ordeñando y dando de comer a 300 ovejas y luego ayudar a su madre a hacer queso. En este caso, un estupendo Idiazabal, de la marca 'Atxeta', el nombre del caserío familiar.
Maider, sin embargo, no se queja. Es una mujer empeñosa, firme y valiente. Cualquier otra en su lugar hubiera renunciado hace años a la lucha libre, un deporte duro e ingrato, pero ella ha resistido. Y no lo ha tenido fácil. El trabajo en el baserri es casi lo de menos. Lo peor han sido las lesiones que han salpicado su carrera. Maider Unda ha superado tirones, dos complicadas operaciones de rodilla -una rotura de ligamento y una bursitis-, una hernia y una grave rotura de pómulo que le cambió para siempre la expresión del rostro. Fue hace siete años, en Varsovia. Una búlgara le pegó un cabezazo brutal y Maider se creyó morir. «Nunca lo he pasado peor. Sufrí mareos, vómitos, convulsiones, diarreas... Recuerdo que, en aquel momento, sólo pensaba en que no me quería morir allí, tan lejos de casa», recuerda.
Maider se hizo luchadora a los nueve años. El motivo fue la llegada a Otxandio de Félix Oreitia, uno de los introductores del sambo en Euskadi. Oreitia se a llevó los niños del pueblo hacia su gimnasio con el mismo éxito que el flautista de Hamelín. Docenas de ellos comenzaron a luchar sobre un tapiz, pero al cabo de unos pocos meses la mayoría decidió dejarlo. El entrenador era muy estricto. Tenía un sentido muy rígido de la disciplina y muchos se hartaron de hacer flexiones de castigo. Maider, en cambio, resistió. Le gustaba soltar adrenalina. «La verdad es que me lo pasaba muy bien», reconoce.
El primer título
Tan bien que, al cabo de cinco años, cuando el gimnasio dejó de funcionar y el sambo comenzó su declive en Euskadi, ella fue la única que decidió pasarse a la lucha libre. La nueva especialidad, sin embargo, estaba en pañales para las mujeres. Apenas se organizaban competiciones y Maider lo acabó dejando, aburrida de no poder competir, de no tener rivales. Todo cambió en 1998, cuando la Federación Española de Lucha organizó el primer campeonato de España femenino. Animada por el reto, la pastora de Olaeta volvió a entrenar y consiguió proclamarse campeona de España. Diez años después, ya con nueve títulos nacionales en su haber, resta importancia a su conquista. «La verdad es que sólo éramos dos luchadoras. Le gané y ya está», dice.
A partir de entonces, Maider Unda comenzó a competir con regularidad, incluso en el extranjero. Luis Crespo se hizo cargo de su preparación y la lucha pasó a convertirse en una parte fundamental de su vida. Tanto que en 2002 se animó a trasladarse a la residencia Blume de Madrid. Su afán de superación crecía a medida que era machacada por rusas ciclópeas y búlgaras que daban miedo. Las lesiones comenzaron a martirizarle y en casa, sobre todo su hermana mayor Igone, le insistían en que lo dejara. ¿Qué sentido tenía continuar?
Pero Maider se empeñó en resistir. Dejó Madrid, donde se consumía de añoranza, volvió a Olaeta y se puso de nuevo en manos de Luis Crespo. Y hasta hoy. «Si no lo dejas es porque te gusta. Estás un poco enganchada. Me encanta soltar adrenalina, llegar a casa cansada y dormir como una niña pequeña», explica.
La luchadora alavesa completa once sesiones de entrenamiento semanales, de una hora u hora y media cada una de ellas. Tres días por semana -martes, jueves y viernes- se desplaza a Vitoria para entrenar con su técnico en la sala de lucha del Centro Cívico Judizmendi. El resto de su preparación -pesas, carreras, circuitos...- la realiza en Olaeta.
Todo su trabajo actual está encaminado a lucirse en una fecha concreta: el próximo 17 de agosto. Ese día, en Pekín les tocará el turno a las luchadoras de 72 kilos, su categoría. Maider se ganó el privilegio de estar en los Juegos -ella y Teresa Méndez son las únicas españolas que lo han conseguido- durante el Mundial del año pasado. «Hice una de mis mejores competiciones y quedé quinta», apunta.
Soltar el genio
Las posibilidades de éxito en los Juegos Olímpicos son inciertas para esta extraordinaria deportista que, tras años sufriendo el olvido institucional y rascándose el bolsillo por amor al arte, disfruta ahora de una beca ADO y del apoyo de la Fundación Euskadi Kirola. «Yo voy con esperanzas de hacer algo bueno. Si no las tuviera, me quedaría en casa. Dependiendo del sorteo y del día que tengas, pueden pasar muchas cosas. Mi ilusión es hacerlo mejor que en el Mundial y, por tanto, estar cerca de las medallas. Llevo todo el año trabajando para ello», dice Maider, que no duda a la hora de colgar los carteles de favoritas para el podio olímpico. «La búlgara Stanka, la china, la rusa y la japonesa. Creo que estas cuatro están un pelín por encima del resto, pero en este deporte no puedes descuidarte. Cualquiera te puede ganar y tú puedes ganar a cualquiera», asegura.
La cuestión, por tanto, es que reluzcan las virtudes. En el caso de Maider Unda, se trata de una luchadora fuerte. Muy fuerte. Ella misma reconoce que su técnica es la fuerza bruta y sólo hace falta contemplar su musculatura cuando se pone a posar para el fotógrafo para entender que dice la verdad.
La quesera de Olaeta también es una mujer de fuerte carácter, pero reconoce que, sobre la tarima, le cuesta soltar ese genio que aflora en otras situaciones de su vida. «En la lucha tienes que salir a por todas, a romper a tu rival, a pasarle por encima. Y a mí, que tengo mucho carácter en otras situaciones, a veces me cuesta sacarlo cuando lucho. Precisamente una de las cosas en las que estamos pensando es en cómo motivarme para que aflore esa mala leche», confiesa.
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