DV. Muchos guipuzcoanos identifican aún la Fundación Lenbur, con base en Legazpi, con la ferrería de Mirandaola. Lenbur son sus ferrones, sí, pero también mucho más: es una aventura cultural que persigue la recuperación de la memoria industrial de Gipuzkoa en su integridad, desde las viejas ferrerías de hace siglos hasta el «desarrollismo» de los años 50 del siglo XX.
Es como la serie Cuéntame pero en versión rigurosamente real y guipuzcoana. Lenbur es el Museo del Hierro pero también el piso del barrio legazpiarra de San Ignacio donde se recrea la vida cotidiana de una familia de los años 40. La fundación incluye un amplio abanico de 17 sedes, muchos metros cuadrados de exposición y un cajón cargado de proyectos.
La última de esas iniciativas está a punto de convertirse en realidad. En primavera se abrirá el Espacio Chillida en la antigua papelera de los antepasados de Patricio Echeberría. Es un lugar que rendirá tributo a la larga vinculación entre el escultor y la fundición legazpiarra, una colaboración de la que surgieron obras emblemáticas como el propio Peine del Viento. Este Espacio Chillida será el primer punto visitable de un proyecto más amplio, el Museo de la Industrialización, que se convertirá en sus casi siete mil metros cuadrados en referente del paisaje social y humano del siglo XX guipuzcoano.
Un contenido vivo
Son las credenciales de la Fundación Lenbur, que precisamente hoy celebra en el museo Chillida-Leku el décimo aniversario de su constitución. Ayer, en vísperas de esa conmemoración oficial, recorrimos sobre el terreno legazpiarra la realidad de Lenbur de la mano de su gerente, Aurelio González, un prodigio de entusiasmo a la hora de exponer la filosofía del proyecto y, sobre todo, de explicar su realidad. Para hacerse una idea del contenido «vivo» del proyecto sirva esta anécdota: González está ahora ilusionado porque la fundación está tratando de conseguir los fondos de un viejo comercio de Lazkao, «de esos de toda la vida», que acaba de echar el cierre.
«Buscamos todo tipo de fondos que sean reflejo de nuestra vida cotidiana, reciente o más lejana en el tiempo», explica González. «Esa tienda, con su peso, sus productos, sus estanterías, puede nutrir nuestro museo como todas estas cosas que tenemos por aquí». Lo dice en el Palacio Bikuña, sede de las oficinas de Lenbur y lugar donde se atesoran algunos de los materiales que se han ido recuperando en los últimos años, desde los pupitres de viejas aulas hasta butacas del cine Ibai Ondo, secadores de alguna remota peluquería, utensilios industriales e incluso grabados que estaban pintados sobre los muros de fábricas ya desaparecidas. Una obra de Jesús Montes y otra de Miguel Angel Alvarez de factorías ya inexistentes esperan ahí su destino en el futuro museo. Una vieja linotipia donada por EL DIARIO VASCO, patrono de la fundación, preside la entrada al palacio Bikuña.
El «kilómetro cero»
Lenbur es una red que incluye numerosos museos y puntos visitables de la comarca pero tiene un «kilómetro cero»: el museo del hierro vasco en el parque de Mirandaola, donde está la histórica ferrería, reconstrucción fiel de una de aquellas factorías del siglo XVI. El museo, habilitado en una antiguía fábrica, supone un atractivo viaje a la vieja cultura del hierro, con un atractivo proyecto museográfico. Y ahí también se encuentra un moderno restaurante, con sabor a vieja factoría.
Pero Lenbur es también una geografía repartida por toda Legazpi con el recorrido denominado «viaje a los años 50, la ruta obrera». Es una ruta por esa Legazpi que creció de la mano de Patricio Echeberría con sus residencias para los obreros que llegaban a trabajar a la fábrica, su economato, sus servicios... La visita de una vivienda del barrio de San Ignacio que recupera fielmente cómo era un hogar de los años 50, incluidas las vivencias de quienes ahí moraban, es una inteligente forma de concentrar el paisaje humano de ese tiempo en sólo unos metros cuadrados.
«Buceamos en el pasado para entender mejor el presente y preparar el futuro», repite como una letanía Aurelio González. Y en ese sentido muestra el Espacio Chillida, en plena obra de construcción, como un ejemplo de que Lenbur cumple años pero lleno de vida.