DV. El ogro de la voz imposible ha interrumpido su habitual periodo de hibernación y el retiro perpetuo en el que se ha refugiado con su familia en una granja de California para volver a la carretera. A su manera, como viene haciendo desde que en 1987 renunciara a las giras prolongadas. Desde hace una década, Tom Waits (Pomona, 1949) se limita a ofrecer un reducido número de conciertos en muy contadas ciudades norteamericanas y europeas en recintos de aforo reducido.
Esta vez, dos años después de publicado su último disco, el triple de rarezas e inéditas Orphans, su garganta cavernosa hará retumbar las paredes del Kursaal donostiarra, la única cita del artista junto a Barcelona en la península, donde actúa por primera vez en 35 años de carrera.
Una carrera inmune al encasillamiento que ha discurrido por derroteros alejados de convencionalismos que ha hecho de Waits uno de los genios más peculiares y genuinos del rock actual, si esa categoría se le puede aplicar a un músico que ha dejado atrás reputaciones, géneros, etiquetas y discográficas con la misma determinación y firmeza con la que abandonó la botella y el paquete de cigarrillos que amagaban con dar con sus huesos en la fosa.
La trayectoria de este hijo de dos profesores divorciados cuando tenía once años puede dividirse en dos etapas bien diferenciadas en lo musical, desarrolladas en tres sellos discográficos: Asylum, Island y ahora Epitaph.
Noches y alcohol
En los setenta cultivó hasta sus últimas consecuencias el arquetipo de artista bohemio, vagabundo y nocturno de traje arrugado y sombrero torcido que se bebía la noche hasta los posos asido a un cochambroso piano tocando en tugurios de mala muerte. Los siete álbumes publicados entre el 73 y el 80 son todo un tratado de malas costumbres, sentimientos de madrugada, estercoleros sentimentales y vivencias desoladas narradas a ritmo de jazz y blues mezclados con melodías propias de Gershwin o Cole Porter restregadas por la barra de garitos y moteles desvencijados como los que el artista convirtió en refugio, morada y lugar de trabajo.
El cambio de década resultó providencial para su hígado, sus pulmones y su corazón. Durante la composición de la banda sonora para el filme Corazonada, el musical que arruinó a Coppola, conoció a la que es su esposa desde entonces, Kathleen Brennan, que trabajaba en la productora del cineasta como supervisora de guiones.
Waits dijo adiós a juergas, arrestos y una vida insalubre que, al fin y al cabo, desde un punto de vista musical, amenazaba con convertirlo en una parodia de sí mismo: el artista de vida imposible especializado en amores maltrechos. A esa estabilidad sentimiental se unió su fichaje por Island donde gozará de plena libertad creativa para desarrollar sus experimentos y su excéntrica visión musical y donde terminó por explotar su abrasador universo sonoro.
Puntal
El primer escalón de esa etapa Swordfishtrombones (83) es el puntal del nuevo Tom Waits: una indagación instrumental indefinible que ha sido descrita, en general, como «música tocada por una orquesta del Ejército de Salvación en un desguace o una cacharrería con instrumentos sacados de una casa de empeño». Sobre ella, esa voz capaz de bramar y arrullar sin solución de continuidad que le ha convertido en el mejor eslabón vocal entre Louis Armstrong, el fiero bluesman Howlin' Wolf y Captain Beffheart, otro inclasificable.
Con Rain Dogs (85) y Frankie's Wild Years (87) completó una trilogía que fue saludada por la crítica que alabó su arriesgada apuesta por reinventarse como artista para buscar nuevos caminos y romper los límites de las canciones, en busca de lo que el propio artista ha descrito como «ruido organizado»y algunos bautizaron como blues cubista.
Waits culminó este periodo glorioso con el directo Big Time (88), compendio de su nueva reencarnación tras el que la vida familiar, la crianza de los tres hijos del matrimonio y la dura vida en la carretera le decidieron a alejarse del mundanal ruido y renunciar a las giras extenuantes para presentar sus canciones en directo.
Durante los noventa se volcó en su faceta como actor y en musicar películas (Night on Earth, 91) y obras de teatro (Black Rider, 93). En medio, sólo un disco en estudio, el salvaje y formidable estrépito Bone Machines (92), un bricolaje sonoro que le muestra el camino para su etapa actual.
A finales de los noventa, Waits rompió seis años de silencio con Mule Variation (99) donde vuelve a sorprender con su fichaje por un sello especializado en punk y blues agreste como Epitaph, fundado por el guitarrista de Bad Religion.
El músico sigue hoy fiel a su lenguaje, cada vez más agreste y rudo en la superficie pero reconocible dentro de los códigos del artista. En este siglo lanzó a un tiempo los discos Alice y Blood Money (02) inspirados en montajes de Robert Wilson, el disco Real Gone (04) y el triple de descartes Orphans, todo un mapa para rastrear sus inquietudes, su proceso creativo y sus intenciones cuando se entrega a componer.