Está casi en la mitad del rodaje de su primer largometraje, la comedia Pagafantas, en Bilbao. El donostiarra Borja Cobeaga vive un momento dulce. «Me he dado cuenta de que rodar es lo que más me gusta del mundo».
- Después de tantas reescrituras de guión y conversaciones con las coproductoras, será una gozada poder gritar «¡Acción!».
- Es el gran momento, sí. Cuando algo que has pensado en tu casa empieza a hacerse algo físico y empiezas a ver al actor, con la ropa que has pensado, diciendo los diálogos que escribiste. Es lo que más me emociona.
- ¿Y qué tal el arranque del rodaje?
- La gente con más experiencia del equipo me estaba asustando bastante con la dureza del rodaje, que desde luego no es igual en un largo que en un corto, pero yo vengo muy baqueteado por la tele, que es como una tercera guerra mundial a lo bestia, porque cubres ocho puestos a la vez, trabajas el triple y grabas más tiempo. En una película por lo menos lo tienes todo tan mascado y tan claro que lo disfrutas mucho más. En la tele grabas con una convicción tremenda un papel que te han dado esa misma mañana.
- La noche de San Juan, la euforia inesperada por la selección española en la Eurocopa... ¡Qué cosas más raras les están pasando en la noche bilbaína!
- Pues sí. Ahora dejaremos la nocturnidad y pasaremos a rodar de día. Hemos estado a gusto, pero nos ha tocado de todo, la verdad. Cuando estábamos localizando quería destacar que en la noche bilbaína, como pasa en San Sebastián o en cualquier ciudad de provincias, a las 9,30 ó 10 de la noche la calle pasa a estar vacía. Aquí hay una obsesión por la limpieza y hemos descubierto que un ejército de máquinas barredoras invade la ciudad. Son las criaturas de la noche. Yo estaba convencido de que de noche no había gente en la calle pero sí hay grupos aislados bestiales compuestos por señoras borrachas y fanáticos de la selecciones. El otro día hubo un borracho que no paró un momento de decirnos que esta era su película. Y mientras, intentábamos rodar una escena de persecución de coches a toda velocidad.
- En su blog puede leerse: «El País Vasco es la Laponia sexual, el Polo Norte de la líbido, la sección de congelados de la ONU». ¿Es para tanto?
- Lo primero, pienso que sin exagerar, las cosas no tienen gracia. Y luego, como cualquier tópico, sí que se basa en algo real. Cuando me fui a vivir a Madrid, me dio la sensación de que estaba en el malecón de La Habana, comparado con Euskadi. Aquí se puede llegar a ligar si eres de fuera. La endogamia no se lleva entre vascos y vascas. Han hecho mucho daño las cuadrillas de chicos y chicas, que no se mezclan y que a los tres meses alguien se atreve a pedir fuego a alguien de la otra cuadrilla.
- Y con ese punto de partida, ¿qué le sale? ¿Una comedia romántica, una gamberrada desmadrada, un melodrama?
- Yo lo defino como American Pie dirigida por Kaurismäki. Es una comedia en apariencia muy gamberra pero con un poso de amargura bestial. Es una comedia muy alocada, con muchos gags y muy trepidante, pero cuyo tema de fondo es la humillación del protagonista. El pagafantas es el chico al que le gusta una chica que no le ve como objeto de deseo en absoluto. Cuanto peor lo pase el protagonista, cuanto más humillado sea, cuanto más pierda la dignidad, que es lo que hace Gorka en la película, más divertida será.
- Parece un papel cuadrado para Gorka Otxoa. Escribiría el guión pensando en él...
- Pues no, qué va. Pero la verdad es que le va mucho. Yo no es que tenga un estilo, pero sí que he practicado una comedia sórdida en mis cortos y una comedia más alocada en los sketchs para Vaya semanita que hacía con Gorka, por ejemplo. Creo que el guión de esta película sintetiza ambas cosas. Gorka siempre ha hecho muy bien ese papel del pánfilo, del patético al que dan collejas.
- ¿Qué es lo que más le ha sorprendido en este salto del corto y la televisión al cine de largometraje?
- La verdad, que he podido elegir el reparto que quería, al cien por cien. La imagen que tenía de hacer largos era que me impondrían coger a tal o a cual. Quizás será porque en España no hay ningún actor que realmente lleve gente a las salas. Poner un actor de protagonista no te asegura que vayan. Incluso Bardem ha fallado en algunas películas. Entonces, cuando se vio la posibilidad de que el protagonista no fuese alguien increíblemente conocido sino alguien que sonara y fuese solvente, Gorka era la opción más adecuada. Gorka Otxoa está en un momento estupendo, con su papel en Cuestión de sexo.
- ¿Qué tal se portan los veteranos: Óscar Ladoire, Kiti Mánver y María Asquerino?
- Te das cuenta, no sólo con los actores sino con el equipo técnico, que cuanto más experiencia tienen, más humildes, receptivos y profesionales son. Existe la idea de que una persona con tanta experiencia va a ir de sobrado y va a tener un comportamiento paternalista contigo. Es todo lo contrario. Son los más amables y los que más escuchan. Kiti Mánver es una de mis actrices preferidas. El nombre de Óscar Ladoire surgió mientars elaborábamos el guión. Y contaba con Mariví Bilbao, la actriz fetiche de mis cortos, pero justo cuando íbamos a empezar tuvo un problema de salud, del que ya se ha repuesto, y tuvimos que sustiturila por María Asquerino, lo que es un lujo.
- ¿Qué tipo de director es en el rodaje? ¿Dictador, negociador, dubitativo, histérico?
- Creo que soy increíblemente entusiasta. Soy el que más se ríe con lo que hacemos, el que mejor se lo pasa. Para mí, rodar es como ir de fiesta. Lo voy a echar muchísimo de menos cuando acabemos, vuelva a mi casa y no tenga ningún ejército al que dar órdenes. No me considero un dictador pero me gusta mandar, me gusta el control del director. Me está sorprendiendo que lo estoy disfrutando. Creo que el equipo también se lo está pasando bien.
- ¿Tuvo bajón después de la locura de su nominación al Óscar por el cortometraje 'Éramos pocos'?
- Fue una época revuelta para mí. Tenía una obsesión por no subirme a la parra y creérmelo después del Óscar... y creo que me bajé demasiado.
- Tenía otro proyecto de película en torno al mundo de la cocina. ¿Qué pasó con él?
- Hubo un momento de duda, en la fase de escritura con Diego San José, el coguionista. Empezamos a escribir un guión sobre la cocina y nos dimos cuenta de que exigía una película más grande, con más presupuesto. Para debutar era suicida. Aparcamos el guión, que espero que podamos rodar el año que viene.
- Una película al año, como Woody Allen.
- Ojalá. Por lo menos, me conformo con rodar dos años seguidos. Yo me he dado cuenta de que esto es lo que más me gusta del mundo. Ese guión tiene posibilidades y es el momento. Será una comedia más fastuosa, con un toque de aventuras.
- ¿Y a Nacho Vigalondo le va a pagar derechos de autor por el título de 'Pagafantas'?
- No. Como me lo restriega cada vez que puede, creo que con esa humillación ya se dará por pagado.
- Son curiosas sus trayectorias paralelas.
- Pues sí. Nos conocimos en la Universidad, hicimos cortos juntos, fuimos compañeros de piso, hemos trabajado en los mismos sitios. Cuando nominaron mi corto al Óscar un año después que a él, pensé que no podía ser.
- ¿En qué nota que no está rodando un cortometraje?
- En la duración del proceso y en la profesionalidad de todos. Cuando haces un cortometraje, normalmente el equipo trabaja gratis, y siempre sientes que te están haciendo un favor. Aquí me encanta que no hay una implicación personal sino profesional, de gente que intenta hacer su trabajo lo mejor posible, porque le pagan por ello y porque sienten la obligación moral de hacerlo.
- ¿Le da miedo pensar en cuando estrene 'Pagafantas' la próxima primavera?
- Así como no me daba miedo empezar a rodar, sí que me asusta el estreno y la reacción inicial. Tiene mucho que ver con la promoción de la película, con la época en que se estrene, con el factor suerte. Aunque sea una comedia gamberra, yo lo estoy viviendo ahora intensamente, como si estuviese haciendo Ciudadano Kane. Y después ya se verá.