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Bidasoa

IRUN
La infancia robada
Un día de 1937 salió de Irun como 'niño de la guerra'. Esta semana ha vuelto a su ciudad natal y ha abierto el candado de la memoria
21.06.08 -

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DV. Se ha sentado a descansar en un escaño del salón de plenos. Le acompañan su hija Itziar, los concejales de Ezker Batua y varios miembros de la Asociación Republicana Irunesa Nicolás Guerendiain. El alcalde, José Antonio Santano, acaba de entrar para saludarle, le abraza con fuerza y le regala una reproducción en miniatura de la columna de San Juan Harri. «Son muchas emociones juntas», dice mirando el obsequio. «Estoy muy contento. Nos han tratado mejor de lo que merecemos, tanto en Bilbao, como en San Sebastián y en Irun, la ciudad donde nací, que ahorita está hermosísima».
Alfredo González Olascoaga dejó Irun un día de 1937, a la edad de ocho años. Apenas recuerda algún detalle de aquella jornada, sin duda, desgarradora. Pero sí guarda en la memoria, muy a su pesar, los bombardeos. Alfredo es un niño de la guerra. A punto de cumplir los 80 años, ha participado en el homenaje que la fundación Idi Ezkerra ha tributado a medio centenar de ancianos vascos, residentes en Francia, Bélgica, Rusia y México, a los que la contienda civil robó la infancia.
La partida
«Me fui de acá a los ocho años», cuenta Alfredo González. «Primero estuve como seis meses en Barcelona. De Barcelona, nos llevaron a Burdeos y de Burdeos, a México, pasando por La Habana. Nosotros éramos cuatro hermanos; yo, el más chico. A dos, los mandaron a París y a los otros dos, nos mandaron a México. A mi papá le perdimos la pista. No lo vimos más, aunque sabemos que murió en San Sebastián. Con mis hermanos de París, me reencontré 34 años después». La visita a Irun ha reavivado en Alfredo un recuerdo más profundo y doloroso. «Es bueno que lo saque», comenta Itziar. «Hasta ahorita, nunca le oí hablar tanto de su madre».
«Estoy recordando a mi mamá, que murió cuando yo tenía cuatro años, en un hospital de aquí cerca. Se llamaba Concepción Olascoaga y era de Fuenterrabía. Me acuerdo que tenía cuatro años cuando ella murió», repite Alfredo. «Recuerdo cuando fuimos a enterrarla, en el cementerio que está subiendo a San Marcial. Cuando vine a Irun la vez anterior, en el 71, fui a buscar la tumba, pero no la encontré ¡Hubo tantos muertos en la guerra!»
La puerta de la memoria de Alfredo sigue abierta y es ahora el recuerdo de la casa, el hogar familiar, el que pide paso. «Vivimos primero en la calle Santiago, donde yo nací, y luego nos mudamos a una de las casas baratas de Elizatxo, pero nos la quitaron. Mi papá, Alberto González, era republicano y cuando empezó la guerra, nos quedamos sin casa. Se la dieron a otras personas, creo que a un capitán».
Volvemos a México. Alfredo guarda un grato recuerdo de la llegada de los 'niños de la guerra'. «Nos hicieron un recibimiento maravilloso», dice. «Nos llevaron a un colegio que se llamaba Escuela Industrial España-México, en Morelia (Michoacán) y nos trataron muy bien. Me acostumbre rápido al sistema mexicano. Allí, en aquel colegio, estuve hasta que acabé la Primaria».
La vida en México
Alfredo González no tenía espíritu de alumno de internado. A los 12 años, enfiló la carretera de Morelia y no volvió. «Me fui hasta Veracruz caminando, de puro aventurero», cuenta. «Si pasé hambre, si tuve necesidad, fue sólo por culpa mía, porque en la escuela lo tenía todo. Veía que los españoles en México tenían dinero y dije: ¿Y yo por qué no? Pero pasé más hambre que el perro de un ciego. Trabajé en una tienda de comestibles en Veracruz, luego me fui a Chihuahua, donde hice de borreguero, de tractorista, de caporal... Sembré y coseché. Hice de todo. Ahí aprendí a vivir. Luego me fui a México D.F. y conocí a la que hoy es mi esposa. Yo tenía 18 años y ella 14. Es la única novia que he tenido en mi vida. Busqué un trabajo más estable y cuando me asenté económicamente me fui a París a ver a mis hermanos. Ellos ya han muerto. También murió el que vino conmigo a México, que se fue de marino a EE UU. Y ya sólo quedo yo. Afortunadamente, tengo mucha familia: mi esposa, seis hijos, trece nietos y tres biznietos. Y lo más grande que tengo yo en la vida es que mis hijos no han pasado lo que yo pasé. Han tenido una infancia feliz».
Dice Itziar González que, a pesar de las penurias sufridas, Alfredo «nunca ha cortado con su país de origen. De hecho, todas sus amistades, todo su círculo tiene que ver con España. El va a curarse al Hospital Español, su club es el Club Asturiano, que es el que más españoles reúne en México y su comida, es la comida de acá. Anoche, me decía: 'Itziar, me quedo aquí'. Me daba mucha pena, porque él sabe que no puede ser».
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