DV. Eran cerca de las 20.30 y hacía casi tres cuartos de hora que se había terminado la primera temporada de la Real en Segunda con un resultado que nos obliga a repetir la aventura un año más. Abandonábamos el estadio tras escuchar las palabras doloridas de Juanma Lillo, nos cruzamos con Iñigo Díaz de Cerio y con Asier Riesgo, dos de las piezas claves de este equipo que ha luchado durante casi diez meses por devolver a la Real a Primera. El rostro de los dos era la imagen de la desolación. Pero allá fuera, junto al autocar de la Real se agolpaban cientos de jóvenes blanquiazules que no paraban de corear el nombre de su equipo y que insistían en los mismos cánticos que habían estado entonando toda la tarde.
Fue como una bofetada de emoción. La misma que habíamos sentido al ver a esos mismos chavales, o quizá otros, saltar al césped cuando el árbitro señaló el final del encuentro para rodear de afecto a sus futbolistas. La imagen tenía un qué sé yo de surrealista. La pena había invadido el estadio desde muchos minutos antes, pero los más jóvenes no querían saber nada de penas. Ellos son de la Real y lo van a seguir siendo en Segunda como lo hubieran sido en Primera. Las alternativas en semejante situación no son más que el silencio o la bronca. Nuestros jóvenes seguían gritando «Real, Real». No sé qué hubiera ocurrido si llegamos a subir... La fiesta hubiera inundado la ciudad durante toda la noche. Pero la fiesta se desarrollaba ayer en Gijón y en Málaga.
La nuestra tendrá que esperar un año. Con esta afición y con el compromiso que han mostrado los jugadores del primer equipo, es cuestión de tiempo regresar a Primera. Sólo hace falta mantener un mínimo de sentido común y sostener la apuesta que hagamos hasta lograr el objetivo propuesto.
La Real tiene lo más importante. En unos tiempos en los que estamos acostumbrados a ver grandes futbolistas, y algunos menos grandes, que sólo piensan en ellos mismos, los nuestros, mejores o peores, han dado cuanto tenían para regresar a Primera. Los que han jugado más, los que han jugado menos y los que apenas han jugado. En el palco los realistas con los que no había contado el míster hacían piña y vivían cada segundo en el límite de la tensión.
Cuando terminó el encuentro Delibasic se dejó caer sobre el césped en el borde del área del Córdoba. Otros compañeros se llevaron las manos a las rodillas y se inclinaron hacia el suelo con un gesto de infinita desolación. Muchos abandonaron el terreno entre lágrimas, mientras la afición les daba a voces sus ánimos. Entraban en el túnel de vestuarios aplaudiendo a una grada que en un momento de dolor absoluto no pagaba la frustración con su gente, como si fuera consciente de que la angustia era compartida por todos y que viajaba del césped a la tribuna y de la tribuna al césped como en un circuito inagotable.
Víctor se quitó la camiseta y se la lanzó a los aficionados y respondió a las preguntas de los periodistas sobre el mismo campo. Fue el último en abandonar un terreno de juego en el que costaba distinguir a los futbolistas porque había camisetas blancas y azules a cientos.
Poco a poco fueron entrando en el vestuario todos los futbolistas de la Real. Con la misma calma iban abandonando la tribuna los aficionados. La comunicación seguía siendo fluida, instantánea. Los jóvenes realistas se eternizaban sobre el campo, como si no quisieran terminar ese momento mucho más triste de lo que deseaban, pero igual de orgullosos.
Cuando por fin salieron del campo se agolparon junto al autocar. En otros escenarios esa imagen hubiera servido para descargar la frustración sobre unos jugadores que no habían logrado el objetivo, por muy generosos que hayan sido. En Anoeta, no. En Anoeta vivíamos una escena inconcebible para muchos. Por eso salí hacia la redacción pensando que el tránsito por Segunda será breve. Seguimos siendo únicos. Aunque hoy nos duela todo.