Ocho menos diez de la tarde. Mateu la Hoz pita el final del partido. Salgo roto de Anoeta. Como la práctica totalidad de aficionados realistas. Bueno, en realidad muchos habían abandonado antes el campo desilusionados. Si les digo la verdad, me había quedado sin palabras a la media hora, con el gol de Pineda. No les digo nada cuando el Málaga hizo el 2-0 en La Rosaleda (me enteré por el carrusel). Así que otro año en el infierno. La Real se queda en Segunda una temporada más. Hace unas semanas los realistas habían asomado el flequillo y nos hicieron instalarnos en la ilusión. Pero el empate ante el Salamanca y la derrota en Vitoria hacían difícil la carambola. No la hubo. Temía que el Tenerife se fuera de vacaciones a Málaga. Y los jugadores del Eibar habían confesado a sus íntimos que habían terminado la temporada «sin gasolina», que habían llegado a las últimas jornadas con la reserva.
En cambio, desde el pitido inicial comprobamos que el Córdoba se jugaban la permanencia: para los cinco primeros minutos ya habían disfrutado de dos ocasiones de gol. En cambio, la Real, presa de la ansiedad, era un equipo sin director, porque Martí, el más dotado para ello, mantuvo la línea errática de los últimos partidos.
El tanto de Pineda a la media hora hizo justicia a los méritos de su equipo e hizo enmudecer a una grada que había acudido a Anoeta en plan festivo y se frotaba los ojos porque no se creía lo que estaba viendo. De todos modos y aunque Labaka devolvió momentáneamente la ilusión a las gradas con un cabezazo a la salida de un córner, nos fuimos al descanso con resultados adversos para los intereses realistas. Lo digo por los que se registraban en Málaga (1-0) y Gijón (1-0) y que terminaron de desinflar a los jugadores de la Real, cuya imagen en la segunda mitad fue de nuevo de impotencia.
Pero fue el 2-0 del Málaga en su partido contra el Tenerife el que dejó definitivamente hundida a la Real, que ya tenía imposible el ascenso para ese momento.
Otra vez en el infierno. Otra vez en Segunda. Un ascenso frustrado. Un ascenso que no ha llegado porque la Real hipotecó sus opciones con el empate de hace quince días ante el Salamanca y con la derrota en Mendizorroza, sobre todo con la derrota en Vitoria, un 3-2 que no se me ha ido todavía de la cabeza. Que no se me irá jamás. Porque aquella derrota puede reabrir una crisis de incalculables dimensiones. Lo digo por algo.
Y en estas horas de vestiduras rasgadas y de hundimiento generalizado, la Real masculla su dolor por un futuro que se presenta sombrío... Lo digo por algo.
Nunca ha sido fácil la vida de la Real, pero la singularidad le había hecho fuerte. Desde su regreso a Primera división, en 1967, creó un estilo como club. Se hizo fuerte a través del talante discreto de sus dirigentes, de su trabajo de cantera, de su penetración en Gipuzkoa, donde la Real aglutina los anhelos de toda una provincia, de su tirón sentimental, de la capacidad que tienen los clubes históricos de mantener las líneas maestras...
Tan solo ocho equipos han sido capaces de ganar alguna vez la liga. Ocho equipos en más de 70 años de historia liguera. Y de esos ocho, de ese reducido grupo de privilegiados, uno de ellos, la Real ganó dos Ligas y una Copa en unas circunstancias difíciles de imaginar. Fue el equipo de referencia durante muchas temporadas. Su fidelidad a un estilo le hizo grande.
Pero ahora, !ay ahora!, la Real vive momentos de confusión. De zozobra. De suma delicadeza. Está superada por los acontecimientos. Completamente superada. Lo digo por algo.
Mañana será otro día. Sí, creo que me siguen.