DV. Salvador Rueda es director de la Agencia de Desarrollo Local de Barcelona. El miércoles estuvo en Ficoba y planteó cuestiones relativas a la movilidad desde una perspectiva que mira al futuro.
Su novedosa aportación a la movilidad tiene nombre propio. Él lo llama supermanzana. Con un plano del Ensanche de la ciudad Condal delante, es muy sencillo de entender. Esa cuadrícula que dibujan las calles deja manzanas de unos 70 metros por otros tantos. «Es una medida pensada para un peatón. No es demasiado si tienes que rodearla a pie». El problema es que ahora es el coche quien centra la movilidad urbana y para él, esa manzana no es tan efectiva. «Son tramos cortos que exigen muchos frenazos y acelerones, permite demasiados giros. No es una medida práctica de manzana». Por eso plantea la supermanzana, que agrupa las pequeñas en bloques de unos 400 metros por 400. Distancia que, en coche, «no es demasiado si la tienes que rodear». Hace que haya menos giros y que el tráfico tenga menos interrupciones.
Además están las ventajas para el peatón. Esas calles que ahora se rigen por criterios de circulación de tráfico se convierten en lo que Rueda denomina «vías 10». La cifra no es una nota, sino la velocidad a la que se circula. Hay espacio para el reparto, para la bicicleta, para el peatón (sobre todo para él), e incluso para coches que salen y entran de los garajes subterráneos que aportan aparcamiento a estas nuevas células urbanas. «Entra todo menos el vehículo de paso, que es el que tiene prisa, el que no consiente ir lento».
Teoría y práctica
Lo que Rueda presentó en una teoría completa, estudiada y bien rematada engloba cuestiones que últimamente ya vienen definiendo la movilidad de grandes y medianas ciudades. En conceptos similares se mueven las intenciones municipales para San Miguel, o incluso para la Parte Vieja que nacerá del proceso de rehabilitación. Son medidas para que el ciudadano gane espacios públicos, ya que estudios actuales apuntan que entre el 65 y 70% de ellos se destinan al coche. «Si seguimos creando viales, el coche se hará con todo. Tenemos que fomentar otros transportes: el público, la bicicleta, el peatonal...» Rueda sabe que eso es difícil de vender «porque el coche individual nos da mucha libertad, un alto grado de independencia».
Pero su propuesta de supermanzanas no va contra el coche. «Creamos espacios para el peatón. En Barcelona, incluso enormes plazas de 1.000 metros cuadrados que eran un cruce de carreteras», pero el tráfico no se resiente. En la capital catalana se han creado dos de éstas «y el tráfico no ha empeorado», aunque admite que su aplicación global sí requiere menos coches. «No así en Vitoria, donde acabamos de completar un estudio con un programa de simulación que reproduce el tráfico actual con un 98% de fiabilidad y también el que quedaría tras la ordenación en supermanzanas».
Para reducir el tráfico apuesta por un transporte público efectivo, «con acceso a menos de 300 metros de la puerta de casa». Como complemento, propone que los aparcamientos subterráneos estén a la misma distancia, «que cueste lo mismo llegar al autobús que al coche». En ningún momento habló Rueda de aparcamiento en superficie, lo que llevó a que el público le inquiriera al respecto al final de la charla. «Cuando uno compra una lavadora, la mete en su casa, sabe dónde la va a poner. Con el coche debemos acostumbrarnos a pensar igual. Al comprarlo, debemos pensar en que hay que poseer un espacio donde dejarlo. Lo del derecho a aparcar es tan falso como el derecho a circular. Si en Barcelona todos los que tienen coche lo usaran todos los días, la realidad es que no se podrían mover, las calles no absorberían ese volumen, no se podría ir en coche a ningún sitio».
Toda la filosofía de movilidad que plantea Rueda tiene su fundamento en un concepto fácil de entender. «La ciudad es del ciudadano y tenemos que recuperarla para él, porque ahora mismo es de los coches». Apenas se refirió a los vehículos privados con ese nombre en su conferencia. Los llamó, en sentido peyorativo, «artefactos».
«Cuando no existían, los ciudadanos ocupaban la calle. No sólo circulaban; jugaban, había mercado. Surgió este invento y la gente que lo tenía, quería ir más rápido. Así que se pensó en repartir espacios; dejar el centro para los nuevos artefactos y unas cintas colindantes con los edificios, llamadas aceras, para las personas. En ese momento, el ciudadano dejó de serlo para convertirse en peatón, un medio de transporte más».
Plantea luchar por recuperar ese ciudadano que juega, compra, se para a hablar y hace casi lo que le place en la calle, sin tener que pensar en artefactos que sólo quieren llegar lo antes posible a su destino. «Siempre que se plantea esto, surgen enormes resistencias. La gente quiere mucho a estos artefactos y las instituciones tienen miedo de que atacar al coche les quite votos.». Pero dice Rueda que muchas ciudades ya han cogido este tren «y las que no lo hagan se verán perjudicadas pronto. El coche acabará siendo detestado, más cuando, dentro de no mucho, el barril de petróleo se ponga a 200 dólares».