DV. La mirada aterrada de Carlos Pascual traspasa la fotografía en blanco y negro. Pelo a lo casco, carrillos regordetes y un macuto de cuero a sus espaldas, el chaval de cuatro años espera su turno en una hilera de niños para embarcar hacia el exilio, un 20 de marzo de 1937, en la primera expedición infantil que el Gobierno Vasco organizó desde el puerto de Santurtzi. Apenas lo recuerda como una imagen borrosa de su niñez, pero hoy, jubilado en Bélgica y con algún achaque de artrosis en la rodilla, este amable donostiarra parece archivar en su mueca la memoria de una infancia robada por la Guerra Civil. «Es imposible olvidar», afirma en un más que correcto castellano que sigue practicando con su mujer, Annie Ongenae.
La imagen de aquel pequeño arrancado de sus padres pone cara a una generación que luego se convirtió en símbolo de la resistencia republicana. También ha sido la estampa elegida para el homenaje que la fundación Idi Ezkerra (www.idiezkerra.org) tributa este fin de semana a medio centenar de niños de la guerra vascos. Ayer, varios de ellos, ya octogenarios, se acercaron a la Diputación donde recibieron el cálido abrazo de la institución foral y ayuntamientos de origen, envueltos en recuerdos y emociones a flor de piel.
A Ovidio López de Guereñu, eibarrés residente en Vladimir (Rusia), todavía se le empañan los ojos cuando recuerda el día en que zarpó rumbo desconocido. «Claro que me acuerdo», responde. Y en unos minutos de conversación repasa la historia de su vida. El pequeño de tres hermanos, fue el único de su familia que partió al extranjero en busca de refugio. «Mis padres me enviaron fuera para un año. Pero luego pasó toda una vida», se sonríe como si el tiempo ya hubiese anestesiado los malos recuerdos. Sus hermanos, Sixto y Juan, se quedaron en Eibar. El primero fue prisionero varios años en un campo de concentración y al segundo le reclutó el Ejército de Franco. «Murieron muy mayores», apunta Ovidio.
Peregrinaje por Rusia
En Rusia, dice con una erre fuertemente pronunciada, les recibieron con los brazos abiertos. Escaparon de la Guerra Civil, pero también pasaron muchas penurias y un peregrinaje continuo de casa en casa de acogida. De Leningrado a Moscú, luego Samarkanda y ahora Vladimir, donde conoció a su mujer, Valentina, que falleció hace cinco años. «Era una bella mujer, contable superior de Hacienda. ¿Sabe que mi sobrina -Nuria López de Guereñu- es consejera en el Gobierno Vasco? Mañana -por hoy- estaré con ella», se alegra.
Ovidio regresó hace quince años a Gipuzkoa. Su padre ya había fallecido de un cáncer de pulmón y su madre empezaba a sufrir los achaques de la edad. A sus hermanos los encontró «como siempre, bueno, algo más mayores». «Lloré mucho. Es lógico. Son emociones y muchos años sin verles. Pero tengo una buena vida», se congratula. Habla maravillas de Vladimir -«tiene unos paisajes maravillosos»-, de sus dos hijos y tres nietos, a quienes les ha contado mil y una veces el pasado «para que no olviden». Suele acudir con frecuencia al centro español de la turística ciudad, donde se pone al día con la prensa y repasa los resultados de su equipo del alma, el Athletic de Bilbao. Y no pierde contacto con el resto de niños de la guerra que residen en Rusia. «Es una de las cosas buenas que tenemos. Como no nos dejaron en familias adoptivas, hemos compartido el trayecto juntos». Con Antolina Etxebarria se lleva «de maravilla». Antolina reside en Moscú, aunque nació en Donostia. En Errenteria pasó sus primeros ocho años de vida hasta que el conflicto bélico les hizo huir primero hacia Gernika, donde sobrevivieron al bombardeo, y luego rumbo a Burdeos a bordo del Habana, junto a centenares de chavales. Algunos fueron repatriados tras el final de la Guerra Civil, otros regresaron con los años y varios, como Antolina, Ovidio y Carlos, permanecieron para siempre en los países de acogida.
Antolina se confiesa «muy emocionada y algo atontada» por el cúmulo de recuerdos que revive estos días sin cesar. Ayer, en la Diputación, se reencontró con dos de sus antiguas vecinas de Errenteria. «Le reconocí hace unos años en la televisión -cuenta una de ellas-. Estaba viendo un reportaje sobre la visita de Jesús Caldera -el ministro de Trabajo y Asuntos Sociales- a un centro ruso con niños de la guerra cuando escuché su nombre. '¡Pero si es Antolina, la hermana de Inés!', grité. Y me puse a llorar de la alegría por saber de su vida», cuenta muy emocionada. Inés, la hermana de Antolina, regresó del exilio en 1956. Antolina, en cambio, rehizo su vida en Moscú, junto a su marido «alto y guapo, muy ruso él», que murió hace unos años, y a sus dos hijas, cuatro nietos y cinco «preciosos» biznietos.
El pastel de la infancia
La primera vez que volvió a pisar su tierra fue en 1968. Tenía 49 años. «Nunca se me olvidará la dirección de mi casa», asegura. Tampoco borró del recuerdo las costumbres de su niñez. «Todos los domingos íbamos a la iglesia. Aquella vez le acompañé a mi madre a misa. Y a la vuelta nos paramos en una pastelería que había en la esquina de casa, como todos los domingos cuando éramos niñas. 'Ama, ¿me compras un pastel?', le dije. Y ella me respondió llorando: 'Si te hubiera visto por la calle no te hubiese reconocido, pero ahora sé que eres mi hija'. Eso fue la guerra, escríbelo. En Rusia les faltaba el pan, pero tenían cariño. A nosotros nos faltaba el pan y el cariño. No se le deseo ni a mi peor enemigo», se sincera Antolina con la voz ronca de tanto hablar.
- Antolina, venga, que nos vamos a comer.
Es Ovidio, que ejerce de guardián. Ella nos regala unos bombones que ha traído desde Rusia. Él se cala una vieja txapela que, como su dueño, ha atravesado los tiempos de forma especial. aldaz