DV. «Voy a hacer una película que cuente las verdades del País Vasco». Sydney Pollack, si bien era un tipo serio y cumplidor, no haría realidad la promesa que hizo en la primera de las dos ocasiones en que visitó el Festival de Cine de San Sebastián.
Hay que comprenderle. Pollack aterrizó en Donostia en el convulso año de 1977 y se quedó fascinado por lo que le contaban de la identidad vasca, los derechos históricos, la represión franquista y aquella naciente democracia. Tanto, que comentó su intención de hacer una película política sobre la cuestión vasca. Al parecer, no fue sólo una idea sino que empezó a trabajar en el proyecto.
En septiembre de 1977 aseguraba a nuestra compañera Estrella Inchausti: «Voy a pasar unos meses por aquí, porque quiero hacer una película que cuente las cosas que han ocurrido en el País Vasco. Tengo escritas ya 100 páginas del guión y aprovecharé esas semanas para investigar, para conocer las verdades. Evidentemente, va a ser un film político, aunque engarzado en una historia de amor. Por cierto, que me gustaría contar en el reparto con alguna mujer vasca».
No se sabe si Pollack se mareó dentro del laberinto vasco o si simplemente cambió de planes. En todo caso, nunca más se supo del proyecto y las actrices vascas se quedarían sin entrar en la filmografía del de Indiana.
'Un instante, una vida'
En aquella primera visita de quien era presentado en DV como «una primerísima figura del cine mundial», Sydney Pollack acudió para participar en la Sección Oficial del Festival con Bobby Deerfield, que se estrenaría con el título de Un instante, una vida, una olvidada historia de amor ambientada en el mundo de la Fórmula 1, que protagonizaban Al Pacino y Marthe Keller. «Los dos son elementos perfectos en manos de un Sydney Pollack que sabe dignificar sus personajes», escribía Salvador Pérez Puig en su crítica.
No se llevarían ningún premio Pollack y su Bobby Deerfield, en una edición cuya Concha de Oro sería para Pieza incompleta para un piano mecánico, de Nikita Mijalkov.
El hombre de Memorias de África regresaría a San Sebastián mucho tiempo después, en 1993, con lo principal de su carrera ya realizado. Participó con La tapadera, aquella adaptación de la novela de John Grisham que protagonizaba Tom Cruise. La tapadera (The firm) se ofreció en la gala inaugural del 41 Zinemaldia, fuera de concurso.
Sorprendió entonces el aire juvenil del realizador, quien, aunque ya tenía 59 años, aterrizó en el aeropuerto de Hondarribia pilotando su propia avioneta y ataviado con unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca.
La tapaderagustó. En la crítica que publicó este periódico, Ricardo Aldarondo consideraba que Sydney Pollack «consigue dotar al relato de un vigor y un dinamismo poco frecuente en el director».
El grito de Cybill
Pollack fue una de las estrellas de la apertura del Festival de Cine de 1993. La otra era Cybill Shepherd, un torbellino que montó un buen show en el acto inaugural en el Victoria Eugenia. La rubia actriz de Luz de luna cantó y hasta pidió un papel a Pollack.
Diego Galán, en su libro de memorias Jack Lemmon nunca cenó aquí, recordaba con gracia la escena: «En el escenario, la Shepherd se empeñó en demostrar sus dotes para el canto y, aunque algo inoportuna, lo hizo bien y obtuvo una simpática ovación, que aprovechó para presentar a su hijita. La retoña cruzó tímidamente el escenario, me pareció que atormentada por aquellos abundantes kilos de más y por una madre tan comprometedora. Y aún no suficientemente satisfecha, la Shepherd pidió a gritos al director Sydney Pollack que la contratara en su siguiente película: '¡Los mejores papeles están reservados a los hombres, Sydney!'. Pollack sonrió y la besó».
En su rueda de prensa donostiarra de 1993, Sydney Pollack se mostró partidario de un cine con conciencia, al manifestar su propósito de contribuir a «que se hagan más libros y películas críticas y se conciencie a la gente». Y no contaría con Cybyll Shepherd para ninguna de sus películas.