De nuevo corren tiempos soleados. De nuevo la Real vuelve a soñar con algo grande. De nuevo la situación clasificatoria es pura bendición. Basta con ver la tabla. El ascenso está a tiro, más cerca. Y con dos piezas a batir (antes era una). Quién lo hubiera dicho cuando Gerardo falló el penalti...
Anoeta se echó las manos a la cabeza en aquel momento. Más cuando, a renglón seguido, el colegiado pitó pena máxima a favor del Granada 74 y Luque, un lanzador casi infalible, colocó el balón en la línea de once metros.
«Adiós al ascenso», escuché a alguien a mi lado. «Éste no falla». «Otro año en Segunda», murmuró otro. «El Sporting acabará ganando y el Málaga no puede fallar por tercera vez consecutiva en casa».
Con el penalti en contra la situación era tremenda. Más de uno se tapó los ojos porque no quería ver el lanzamiento. Diré más. Una señora que estaba a mi lado se sacó la cadena, miró hacia arriba como pidiendo intercesión y se puso a besar como loca una medalla que vaya usted a saber de qué santa o de qué santo era. Alguien debió escuchar su plegaria porque el poste repelió el zurdazo de Luque, la Real se adelantó gracias a otro !penalti!, marcó dos goles más, el Sporting no pudo pasar del empate sin goles en su campo y, como favor venido del cielo, el Málaga, que ganaba 3-1, perdió 4-6. «Milagro», escuché en la Redacción mientras alguien daba saltos de alegría.
De todo cuanto hubo en Anoeta nos quedaron varias cosas: los tres puntos que nos hacen tocar el cielo con los dedos, que nos hacen ver la vida de otra manera. Hace una semana, a casi nadie le (nos) salían los números, pero ahora la gente está lanzada. Nadie debe olvidar que la Real está todavía a un punto, pero la afición, aunque no lo proclame en voz alta no vaya a romperse el hechizo, empieza a pensar que la Real está ya en Primera...
También nos quedó claro que hay que seguir teniendo fe en este equipo, en la media inglesa de Lillo, en cómo se ha mejorado táctica y estratégicamente, vemos que esta Real sabe lo que hace.
Hombre, como toda historia, la del triunfo ante el Granada 74, puede ser objeto de muchas interpretaciones. Y de donde se extrae miel se puede obtener algo de hiel. Es lógico aceptar que haya aficionados a los que el partido no les gustó, porque siempre no son posibles las exquisiteces, pero ya nos enseñó Aristóteles que «primun vivere, deinde filosofare». Que en fútbol equivale a decir que vengan los puntos... que sobre el juego ya disertaremos más adelante.
Pero lo que nos quedó grabada sobre todas las cosas, por lo que significaba, fue una falta que acabó en gol. Llevaba firma: Martí. Ayer, en un entrenamiento de un equipo de chavales vi cómo media docena trataba de repetirlo sin fortuna. Unos se corregían a otros. «Que no es así, que es asao». Ni su entrenador, que es experto en lanzamiento de faltas, conseguía que le saliera con aquel movimiento de caera (cadera). Es lógico. Para lanzar con caera hay que ser Martí y muchas veces ni Martí lo consigue. Pero el sábado, sí. El marcador estaba peligroso, 1-0, pero cimbreó la cintura, metió el pie e inmortalizó su estampa en el crujío-e-caera que diría un taurino, con un tanto de bandera.
Aunque no fue la falta que lanzó sino su actuación (y van...) la que despertó toda clase de entusiasmos. Martí le ha dado un baño de níquel a la Real. De repente se abre el campo, los desmarques se aclaran, los pases al hueco se convierten en costumbre y no sé cuántas cosas más. Que se lo pregunten a Gari. O a Fran. O a Deli. O a Elustondo. O al propio Garitano. O a los carrileros. O a los centrales. O a Lillo... Si Martí entra en juego la Real se pone en órbita, pero por encima de su valía futbolística o de su golazo hay en su conducta futbolística un valor moral: haga lo que haga siempre piensa en los demás.