No es fácil promover un debate social en torno a la
política lingüística desarrollada en los últimos años.
No lo es si abordamos dicho debate con recelo o con
miedo, cuando entendemos que criticar determinadas
actuaciones en el campo del euskera puede debilitar la
actuación futura o poner en entredicho la labor de
normalización desarrollada. No lo es, asimismo, si lo
abordamos creyendo que ha llegado el momento propicio de
ajustar cuentas, de intentar aprovechar este resquicio
para arremeter contra todo proceso de revitalización,
cuestionando de paso toda actuación pública que persiga
que todos los hablantes puedan disfrutar en plenitud de
sus derechos lingüísticos de manera igualitaria.
Toda política pública puede y debe ser analizada,
cuestionada sin complejos, porque ésa es una de las
características de las sociedades democráticas
avanzadas. Discutamos pues, sin el riesgo de ser
tildados de enemigos del euskera, dialoguemos sin
calificar al que sostiene otra opinión como talibán
lingüístico. Esta discusión no supone una amenaza para
nadie, supone una oportunidad para todos y todas,
partiendo de lo que uno piensa, intentando acercarnos a
los argumentos y a las razones esgrimidas por los demás,
con el único fin de intentar llegar a nuevos acuerdos y
nuevos consensos. Es así como podemos entendernos,
haciendo una aportación colectiva que promueva la
convivencia entre personas que viven en una sociedad ya
de por sí demasiado convulsa, excesivamente tensionada y
fracturada. Una sociedad que día a día, casi sin
percibirlo, está cambiando y está obligada a afrontar
nuevos retos.
Revitalizar una lengua minoritaria y minorizada como el
euskera no es ponerse a fabricar electrodomésticos.
Supone promover un cambio social de hondo calado, un
cambio que necesita su tiempo, generaciones, altas dosis
de paciencia, generosidad, amplitud de miras, capacidad
para llegar a acuerdos sociales y políticos entre
distintos, acuerdos amplios, sólidos y perdurables. No
favorece el proceso de recuperación aquél que pretende
imprimir un ritmo que la sociedad no pueda seguir y/o no
esté dispuesta a asumir. Una política así está, a corto
plazo, destinada al más absoluto de los fracasos,
creando el efecto contrario al que se pretende,
cuestionando, inclusive, toda oportunidad para el
fortalecimiento futuro del euskera.
Utilizar las lenguas como arma arrojadiza, como elemento
de confrontación no ayuda en nada a la convivencia
social. Apropiarse en un sentido u otro, tampoco. Dar la
espalda a una u otra lengua que nos es propia es vivir
de espaldas, desentenderse de la realidad. Todos tenemos
algo que hacer, algo que aportar. ¿Qué estamos
dispuestos a aportar todos y cada uno de nosotros para
posibilitar la igualdad entre las personas y la
convivencia lingüística? He aquí una pregunta que
necesita respuesta.
El euskera se ha fortalecido en los últimos veinticinco
años gracias, en gran medida, al esfuerzo de consenso
fraguado a principios de la década de los ochenta del
pasado siglo. HB, que no participó en los debates, y AP,
que se posicionó en la mayoría de las propuestas en
contra, quedaron fuera de aquel consenso que fue fruto
de un laborioso trabajo. Gracias a las políticas
derivadas de dicho consenso, se han ganado alrededor de
200.000 hablantes y ámbitos de uso. Pero el proceso de
recuperación, todo hay que decirlo, adolece de claras
debilidades, cuando no de grandes nubarrones en el
firmamento.
Algunas de las políticas públicas desarrolladas son
percibidas de manera creciente como excesivas por una
parte de la población. Para otros, sin embargo, vamos
demasiado lento y es necesario articular otras medidas
que impriman nuevos bríos a la política lingüística de
principios del siglo XXI. Por otro lado, el incremento
de las personas conocedoras del euskera se ha producido
fundamentalmente en los núcleos urbanos, y es ahí donde
tanto en el ámbito familiar como en el interpersonal y
funcional el euskera está en una situación más difícil.
Hemos aumentado claramente el número de aquellas
personas conocedoras del euskera, pero estamos muy lejos
de agotar sus posibilidades reales de uso. Un uso que
supone el mejor barómetro, el más efectivo para hacer un
diagnostico más exhaustivo que nos indique la salud real
del proceso de revitalización. Fomentar el uso del
euskera en todos los ámbitos es, pues, una de las
prioridades para cimentar su proceso de recuperación.
Existen entre nosotros quienes pretenden la primacía
absoluta del castellano y, por lo tanto, la
subsidiaridad total del euskera, aun a riesgo de
condenarlo al ostracismo, a su desaparición. Ley de
vida, dirán. Existen quienes preconizan una especie de
liberalismo lingüístico. Que las personas elijan. Cuando
dicha aseveración no es cierta, ya que muchas personas
en nuestro entorno sólo pueden desenvolverse en
castellano, y no pueden, por lo tanto, elegir en qué
lengua expresarse, por lo que condicionan la opción de
aquéllas que, siendo bilingües, no tienen más remedio
que utilizar el castellano. Existen, también, quienes
abogan por la desaparición paulatina del castellano.
Esta opción, además de irreal, resulta no deseable, es
injustificable. El castellano también es nuestra lengua.
Una de las características de toda sociedad democrática
es su obligación de promover políticas públicas que
posibiliten la integración de todas las personas,
incluidas todas aquellas inmersas en situaciones de
exclusión. Con respecto a las comunidades lingüísticas
en situación de debilidad, es función de los poderes
públicos promover iniciativas para fomentar el
conocimiento y uso de sus respectivas lenguas. En la
medida que, de una manera creciente, fomentemos el
bilingüismo social, promovamos el conocimiento en
distinto grado de las lenguas que a esta comunidad le
son propias, haremos una aportación irrenunciable a la
convivencia social y fomentaremos la igualdad de
oportunidades, vertebrando una sociedad cada vez más
justa e igualitaria, más cohesionada.
Las lenguas no son nada y lo son todo a la vez. Porque
necesitamos de ellas para exteriorizar nuestros
pensamientos, proyectos, deseos y preocupaciones. Las
lenguas no son sujeto de derechos, son los hablantes,
las personas a quienes se reconocen los mismos. Pero he
aquí una de las paradojas objeto también de debate: toda
persona necesita de otra para poder comunicarse; por lo
tanto, el ejercicio de los derechos lingüísticos
individuales condiciona el de los demás, y viceversa. La
pregunta a la que inexorablemente debemos buscar
respuesta es la siguiente: ¿Qué estamos dispuestos a
dejar, qué incomodidades estamos dispuestos a asumir
para que todos, sin excepción, podamos ejercitar de
manera razonable y progresiva nuestros derechos
lingüísticos en plenitud?
Pero seamos claros, no se pueden desarrollar estos
derechos en un espacio corto de tiempo. Precisamente,
una de las limitaciones palpables al desarrollo de la
legislación actual relacionada con la lengua vasca está
en la propia sociedad vasca. Si un grupo social amplio
tiene dificultades para subir al monte Pagasarri, de
nada sirve legislar con la vista puesta en que aborden
la ascensión al Mont Blanc. Sencillamente, resulta un
objetivo inalcanzable.
La situación sociolingüística es dispar en el conjunto
del territorio y el ritmo tendrá que acompasarse,
necesariamente, a las circunstancias de cada lugar, a
las situaciones existentes en cada ámbito. La política
lingüística, en definitiva, tiene que ser progresiva,
acorde a los entornos donde ha de ser aplicada. Tenemos
que trabajar sin prisa, pero sin pausa. No podemos
aplazar indefinidamente el tomar medidas para
posibilitar la revitalización lingüística, pero no
podemos desarrollarla si no la armonizamos con los
derechos de los ciudadanos castellanohablantes.
La cuestión es intentar llegar a un ritmo llevadero que
nos conduzca a la meta de la maratón, no agotarnos en
los cien primeros metros imprimiendo un ritmo
extenuante, que haga que la mayoría de la sociedad
desista. Es la clave.
Tenemos una nueva oportunidad para hablar y discutir de
algo que nos concierne, que nos preocupa y ocupa. Con la
vista puesta en el pasado, pero sobre todo en el
presente y en el futuro del euskera, del castellano, de
la convivencia entre personas y lenguas.
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Erramun Osa es secretario del Consejo Asesor del Euskera
y del grupo de trabajo que ha elaborado la ponencia
'Bases para la política lingüística de principios del
siglo XXI'.