Calidad o voluntad. Un gran triunfo en todo caso. Pep Martí o Gari Uranga. Partidazo y partidazo. ¿Qué fue más importante en la victoria de la Real sobre el Granada 74? Fue el triunfo de la voluntad por encima de todas las circunstancias. Fue el triunfo de la calidad en los momentos precisos.
La Real jugó con un nudo en el estómago. Más que ganar, podría decirse que doblegó al partido y para ello necesitó de todos sus recursos. Desde el primer minuto se comprobó que en Anoeta se iba a jugar a lo que mandase la Real, y así fue. Ni el penalti fallado por Gerardo ni la posibilidad de verse por debajo en el marcador poco después por culpa de otro penalti fueron suficientes para quebrar la voluntad realista de ganar.
El equipo blanquiazul trabajó, trabajó y trabajó. Fue un partido de aire industrial, con la grandeza que destilan los choques de una institución enorme en apuros. La necesidad de ganar cruje; la angustia por no conseguirlo se ve; la maquinaria a toda potencia sin poder explotar abruma. Así fue el partido.
La Real dominó siempre. Fue a buscar la victoria con una constancia que no flaqueó.Las ocasiones se sucedían con puntualidad, pero sin la claridad suficiente para quebrar al Granada 74. En el fútbol la superioridad no se supone, hay que demostrarla.
El camino elegido por los hombres de Lillo fue la constancia. Una cadencia ininterrumpida de jugadas de ataque iba trabajando el partido, pero la resistencia del rival mantenía el marcador parado. Por eso, el partido tuvo mucho de angustioso. Tanto que la gente casi ni se acordaba de Gijón. La tensión que se vivía en Anoeta exigía toda la concentración de los presentes, que, dicho sea de paso, no eran demasiados en esta ocasión.
Si alguien ha arrojado la toalla no se encuentra entre quienes ayer pisaron el césped. La Real había decidido ganar y no hubo nada capaz de impedirlo. Aunque estuvo a punto de hacerlo el árbitro, que se lió en las áreas pitando tres penaltis. El primero, al menos, tiene el beneficio de la duda. Los dos siguientes, uno a favor y otro en contra de la Real, no fueron. Fallaron Gerardo y Luque y marcó Víctor. Un gol importante, porque fue el primero, el que desató el nudo de los angustiados estómagos blanquiazules.
Pero no fue lo decisivo. Lo decisivo fue que la Real salió a Anoeta para ganar y nunca estuvo dispuesta a irse del campo sin la victoria. Eso fue. Si no llega a marcar de penalti en el minuto 70, habría marcado de cualquier manera en el 75, el 80, el 85 o el 95.
Esa determinación la lideró Gari Uranga, que fue el alma del equipo. Quizá Martí hizo cosas más brillantes –el gol, por ejemplo– pero el responsable moral de la victoria fue Uranga, que se lanzó de frente a por el partido sin mirar si le seguía alguien. Parecía dispuesto a ganar él solo si hacía falta. No fue necesaria tanta heroicidad, porque todos le siguieron, empezando por Martí y Garitano.
No fue un camino de rosas, porque la Real necesitó sufrir mucho para ganar. Pero eso ya se sabía. Nadie fue a Anoeta a entretenerse. La gente sabe que se va para sufrir y que así debe ser. Quizá por eso sólo hubo 17.000 personas en la grada. A estas alturas, algunos corazones ya han dado lo mejor de sí mismos y esto no lo aguanta cualquiera. Los cines estarían llenos ayer. Al final de la película, al encender los móviles, saltaron todos los mensajes: “3-1 y el Sporting ha empatado en casa. Aupa Real!”, o algo así.
El triunfo coloca a la Real a menos de un partido de distancia del ascenso, a dos puntos. En el tiempo de descuento llegó la noticia desde Gijón, el empate sin goles con el Salamanca, que nos recompensa por el punto que el árbitro robó a la Real en El Helmántico. Hoy juega el Málaga en casa ante el Hércules. Durmieron un punto por detrás del Sporting y uno por delante de la Real. Tensión.
Sólo ganando pueden salir las cuentas y la Real ganó, sobre todo porque lo deseó con todas sus fuerzas y se negó a aceptar cualquier otra posibilidad. Luego, recurrió a la calidad que tiene para concretar esa idea, esa voluntad indestructible. Todos participaron de lo uno y de lo otro, aunque Uranga y Martí fueran los líderes de las respectivas facciones.
La Real volvió a jugar como un equipo, como un bloque, con una solidez que ofrece garantías. Las va a necesitar a partir de ahora, en los cuatro partidos que todavía quedan por llegar.
Han pasado diez meses desde aquellas mañanas lluviosas en Holanda, calados con todas las dudas de la pretemporada tras el descenso. Casi un año entero y 38 partidos de competición, pero hay que seguir porque queda otro mes agónico, decisivo. Todo se va a resolver cuando flaquean las fuerzas y el cansancio pesa.
Es el momento para que la Real muestre su solidez, su determinación y su entidad, como institución y como equipo. Ayer ganó por grandeza, porque decidió que tenía que ganar. Y a grandeza no le gana nadie en esta Liga. Tiene calidad, tiene voluntad y, desde ayer, dos puntos menos que remontar. La guerra continúa.