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Sociedad

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OPSÍMATA
17.05.08 -
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OPSÍMATA
No se asusten por el palabro. Yo también lo desconocía hasta el día pasado. Tampoco busquen en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. No está. Me la encontré, en un delicioso libro Una lectora poco común de Alan Bennett, (Anagrama, 2008, 119 páginas), con su definición. Opsímata: persona que aprende tarde en la vida.
De hecho, a cuanta gente no hemos escuchado: ¡si hubiera sabido esto antes!; ¡cómo pude estar tan ciego y qué estúpido fui! ¡Quién tuviera ahora 20 años. No haría las tonterías que entonces hice entonces! Etcétera, etcétera.
Aprendemos con la experiencia. Pero el riesgo está en querer detener el tiempo y volver a la juventud «ahora que he aprendido, aunque tarde, lo esencial de la vida». Craso error. El adulto debe saber que la vida tiene sus ritmos y sus saberes. Por eso cuando llega, digamos a los sesenta años, el adulto no añora tiempos pretéritos. Más bien, reconoce que ha llegado a la edad de la madurez y de la síntesis.
No se da cuenta del paso de los años. Quiere ser joven con cincuenta, sesenta, setenta o más años. Algunos aún peor. Quieren aparentar serlo. ¡Qué triste figura la de quienes, agarrándose a la última pócima que les vende la publicidad, corren contra el tiempo, en búsqueda de una juventud que «ya no ha de volver» como decía el poeta!. Por el contrario, qué alegría, ver a un abuelete feliz de su condición de tal, que sabe que ya no está para jugar al fútbol, menos aún para que le miren las jovencitas a las que procura, a su vez, no mirarlas demasiado por aquello de «agua que no has de beber, déjala correr»; que reconoce que le cuesta entender las cosas, que cuando las quiere contar se le atascan en la memoria y se le traba la lengua; que es consciente de que cuenta batallitas y... sabe retenerse a tiempo.
Hace años, un mes de julio, un amigo me decía que había perdido un contrato de trabajo porque que se lo habían dado a otro más joven. Le dolió, claro. Al llegar a casa, y contárselo compungido, a su mujer, ésta, con el pragmatismo que las caracteriza, le espetó. «Mira, Pepe. Tienes 68 años. ¿Ves esta regla? Pues bien, suponiendo que vivas, digamos 85 años, fíjate lo que ya has vivido (y le mostraba cuatro quintas partes de la regla) y lo que te falta por vivir (y le mostraba el otro quinto). Tómatelo con calma que tu vida, básicamente ya está hecha, y cógete el día de fiesta». Pepe, gran aficionado al ciclismo, se sirvió una buena cerveza, encendió su pipa y dedicó el resto del día a seguir las incidencias del Tour en la televisión. Y me comentó «¡Hazme caso, Javier! Deja correr la vida, antes de que la vida te corra a guantazos». Pepe, valenciano, socarrón, buena persona, ya jubilado, es un hombre feliz, que ama fumar sus pipas. Diariamente. Lentamente. Con fruición. Pepe no es un opsímata.
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