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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 julio 2008

Política

POLÍTICA
Cuarenta vecinos reclaman por los daños
Los habitantes de Legutiano intentan recuperarse de una acción terrorista que ha causado «rabia» y «consternación» en la localidad alavesa

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vitoria. DV. Más de 40 vecinos de Legutiano se han dirigido ya al Ayuntamiento de esta localidad para denunciar los daños causados en sus propiedades por el atentado que ETA perpetró el miércoles contra la casa cuartel de la Guardia Civil, o para interesarse por el procedimiento a seguir en el cobro de indemnizaciones. «Creo que al final la cifra será más elevada», avanzó ayer el alcalde, Pedro Berriozabal, quien explicó que el Consistorio gestiona la apertura de una oficina que facilite información a los damnificados y les ayude a encauzar sus reclamaciones.
«He hablado ya con el Departamento de Interior y estamos a la espera de concretar los detalles. No tenemos aún una fecha concreta, pero el servicio podría funcionar aquí mismo, en la sala de plenos o en alguna otra dependencia», señaló.
Ventanas y puertas destrozadas, tanto de viviendas como de garajes, y cristales hechos añicos por la onda expansiva centran buena parte de los daños, que en algunos casos son de mayor consideración. El alcalde desconoce todavía el posible monto global de las pérdidas. «Las áreas más afectadas son las más cercanas al cuartel, con chalés y casas de campo, y una zona urbana en torno a Magdalena», detalló. Los residentes de estas calles se despertaron sobresaltados de madrugada ante el estruendo causado por la explosión, dos minutos antes de las tres de la mañana.
Berriozabal explicó que los técnicos hicieron ayer una primera inspección del puente que cruza junto a la casa cuartel por si hubiera sufrido algún daño. Pidió también «paciencia» ante el cierre al tráfico de la carretera N-240 que une la localidad con Vitoria, donde la detonación abrió un boquete en la calzada. «La población está todavía consternada», aseguró el alcalde.
«Rabia, mucha rabia» era también el sentimiento que dominaba, un día después del atentado, a Flora Montes, camarera de una cafetería que, como numerosos negocios del pueblo, cerró sus puertas y se sumó a las concentraciones de condena. Cerca de ella, Agustina Álvarez, de 82 años, no tenía empacho en decir en alto que siente «mucha tristeza y disgusto» por el ataque de ETA y la muerte del guardia civil Juan Manuel Piñuel.
A unos metros, los restos de la casa cuartel ofrecían el desolador aspecto de un edificio cubierto de grietas y rodeado de escombros. Varios policías se afanaban entre los restos en busca de evidencias, bajo la mirada lejana de algunos residentes. «Parece que hubiera habido una guerra. Está claro que querían volar el cuartel entero. ¿Y alguien cree, viendo esto, que ETA va a dejar de matar algún día?», se preguntaba un vecino. Con pocas palabras, pero con resignada contundencia, otros como él expresaban su condena. «Mal, todo lo que sea matar me parece muy mal, repugnante», insistía el jubilado Agustín García, mientras Ventura González ponía el acento en que «la violencia no arregla nada».
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