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RSS | ed. impresa | Regístrate | 19 julio 2008

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OPINIÓN
Erdera ere emengoa da
«La cuestión es la manera en que nuestras propias instituciones propenden a hacer invisible la lengua mayoritaria en que nos comunicamos todos dentro del País Vasco, sea cual sea nuestro sentimiento identitario».
16.05.08 -

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Se inauguró ayer en el Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, en Reno -EE UU-, un congreso donde se analiza la función de los escritores a la construcción de la identidad de cada comunidad, y entre el elenco de autores invitados -como es norma de la casa- no figura ningún escritor vasco en castellano. Lamentablemente, este dato no es noticia. Sucedió lo mismo en la última Feria de Frankfurt, y en todas las embajadas culturales promovidas por las instituciones vascas. La cuestión no es que a los escritores vascos en castellano se nos niegue la posibilidad de hacer turismo y dar a conocer nuestra obra por cuenta de nuestra Administración -afortunadamente, algunos no lo necesitamos-, sino la manera en que nuestras propias instituciones propenden a hacer invisible la lengua mayoritaria en que nos comunicamos todos dentro del País Vasco, sea cual sea nuestro sentimiento identitario.
Eliminar de esta o de cualquier escenificación a los escritores castellanohablantes -muchas veces con la muda complicidad de nuestros amigos euskaldunes-, es una manera de negarnos el derecho de pertenencia a una cultura que también es la nuestra. Creer que esta política sólo afecta a una minoría de intelectuales implica un grave error. Lo estamos viendo durante estos días, a medida que crece el debate en torno a la reforma educativa, donde amenaza con repetirse el mismo modelo de erradicación del castellano en la Escuela Pública vasca.
Según parece, el departamento que dirige Tontxu Campos trabaja en un proyecto de ley donde se plantea suprimir los tres modelos lingüísticos actuales, en beneficio de un modelo único, con el euskera como lengua vehicular exclusiva desde la Primaria al Bachillerato.
Sorprende que en vísperas de concluir una legislatura se acometa una reforma de tanto calado. Sorprende que la promueva un consejero de un partido, EA, que en las últimas elecciones quedó a un soplo de la extinción. Pero lo más sorprendente de todo ello es que se haga desoyendo el último informe del Consejo Asesor del Euskera, cuya comisión de expertos dictaba recientemente dos pautas esenciales para construir cualquier política lingüística: Consenso y Realismo.
Por primera vez en mucho tiempo dentro de la cultura vasca, una comisión de expertos se enfrenta a los talibanes de la lengua, plantea una sensata autocrítica y propone un acuerdo «social, político y cultural» que no podemos sino aplaudir en euskera y castellano, pues ese consenso obrará en beneficio de todos.
Pese a que este informe ha sido promovido por el Departamento de Cultura que preside Miren Azkarate, la Consejería que dirige Tontxu Campos parece situarse en las antípodas del mismo Gobierno. ¿Qué está sucediendo en Lakua? Es muy de temer que esa apelación al consenso dictada por el Consejo Asesor del Euskera, haya de comenzar dentro del Ejecutivo que preside el lehendakari Ibarretxe. Pero es la ciudadanía quien más ha de hablar en este asunto cuya deliberación pública ha sido prácticamente inexistente, como ya sucedió con el tema del currículo vasco y tantos otros.
No obstante, a medida que el silencio se espesa, los desafíos educativos se multiplican y hablan por sí mismos. Aún no hemos salido de la judicialización del currículo vasco y este proyecto de reforma puede derivar en una «guerra lingüística». Sumemos el espinoso tema de la financiación de los centros concertados, los abusos dictados por la imposición de la «normalización», o las prácticas admitidas en la elaboración del mapa escolar, donde se ha presionado de mil maneras al alumnado autóctono para disuadirle de optar por el modelo A, convirtiendo centros públicos de prestigio en guetos dedicados a la inmigración, o impidiendo taxativamente que coincidieran los modelos A y D, con el pretexto de que esto perjudicaba la «inmersión lingüística», sin que nadie alzara la voz porque se estuvieran vulnerando derechos básicos de ciudadanía.
En el altar de la «inmersión lingüística» se ha sacrificado la lengua materna de millares de alumnos, sin ninguna sensibilidad hacia esos vínculos que en euskera parecen sagrados, mientras que en castellano se presentan como despreciables, por no escribir directamente «erradicables». Si abrieran los ojos a esa realidad, los talibanes de la lengua entenderían mejor por qué pese a impartir toda su actividad académica en euskera, los chavales dejan de hablar este idioma en cuanto salen al recreo. La culpa no la tiene el euskera, sino quienes intentan imponerlo desde políticas de adoctrinamiento que lo mezclan todo perversamente, lo lingüístico, lo político, lo social y lo cultural, de manera que la ideología domine la lengua, y la convierta en instrumento de credo, y haga de ella una marca identitaria de exclusividad.
La Ley de Normalización del '82 no quería eso. Ni el plan de modelos lingüísticos del '83 tenía otro objetivo que construir un bilingüismo real, donde el castellano se presentara como una lengua respetada y respetable dentro de la Escuela Pública vasca, tal y como lo deseaba el gran Koldo Mixelena cuando escribió aquella frase memorable tan rápidamente olvidada. «Erdera ere emengoa da» -el castellano también es de aquí-. Sí, eso dijo y escribió bien claro el patriarca de la lengua vasca, pero muchos se arrancarían la suya antes de admitirlo y obrar en consecuencia.
No obstante, si el modelo lingüístico emprendido hasta ahora por la Consejería de Educación ha fracasado, en lugar de extremar su radicalidad, Tontxu Campos debería abrir un debate que reconozca la multicausalidad de su fracaso. Aquí no sólo se ha fallado por un exceso de presión. Tal vez el error más grave tenga mucho que ver con la concentración de esfuerzos en el tiempo-aula, centrándolo todo en cuestiones gramaticales y descuidando las estrategias comunicativas y de motivación fuera de las aulas. Aumentar la presencia del euskera por decreto no va a traer mayor adhesión a la lengua de Axular. Menos aun hacer de la lengua un perverso instrumento de segregación social y cultural, amordazando a la cultura vasca castellanohablante, como si fuera la loca del desván, mientras sólo se exhibe en Europa y América a los dóciles «escritores-modelo» que comulgan con la política oficial vigente hasta hoy en Ajuria-Enea.
No obstante, subrayémoslo una vez más, es el mismo Consejo Asesor del Euskera quien está pidiendo un cambio de política en forma de consenso y realismo. Se impone un nuevo Pacto Escolar semejante al que en 1992 suscribieron PNV, PSE y la extinta EE. Pero es más urgente desintoxicar de presiones políticas y apetitos dogmáticos al mismo euskera. Y aún más fomentar su hermandad con el castellano, en aras de una nueva política de integración cultural donde podamos reconocernos todos.
Por más millones que se inviertan en su promoción en la escuela y fuera de ella, si se reduce el euskera a un proyecto partidista entonces sí que su muerte es segura.
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