SAN SEBASTIÁN. DV. Los conductores que a diario ruedan por el asfalto de la autopista Bilbao-Behobia están cabreados. No ocultan su malestar, principalmente aquellos que desde el lunes se ven afectados en las retenciones que se originan en la hora punta matinal como consecuencia del corrimiento de rocas que se produjo en Zumaia. «Un asco», «de vergüenza», «un desastre», una «mierda, hablando mal y pronto», «estamos hartos»... son algunos de los calificativos que se escuchan entre los usuarios la A-8.
Al igual que sucedió el martes, ayer se formaron retenciones de cuatro kilómetros y medio en sentido Bilbao. Las colas se produjeron a primera hora del día, como consecuencia del cierre de los dos carriles en dirección a la capital vizcaína. Los conductores se ven obligados a circular por uno de los carriles del sentido Donostia.
David Aramburu es de Bilbao. Todos los días, muy temprano, se sube a su furgoneta y pone rumbo a Donostia o a Irun. Trabaja en productos de higiene. «La autopista está fatal, de pena. Yo diría que es un desastre. Entre las obras que se llevan a cabo en Gipuzkoa y las de Vizcaya, la circulación es lamentable. Y por si todo ello no bastara, ahora hay que añadir los problemas que viene causando el desprendimiento que se registró el lunes en Zumaia», afirma.
De momento, Aramburu no se ha visto «damnificado» por las retenciones que se forman en Zumaia. «No me ha pillado porque cuando llego a Zarautz salgo de la autopista y voy por la carretera general. De esta forma, me evito el mal rato de permanecer en la cola, de circular a tirones. Al menos, por la N-634 disfruto del paisaje, de las vistas que ofrece el mar», señala.
Para este conductor, el tramo entre Orio y Donostia, donde actualmente se acometen las obras de construcción del tercer carril, es «realmente peligroso». Añade que el paso en cada sentido es muy estrecho. «Basta que tengas un despiste para que te la pegues contra los muretes que hay a los lados. Y si tienes una avería o un pinchazo, prepárate; no puedes detenerte en ningún lado, y si lo haces en las zonas que han habilitado, allí no hay nadie que cambie una rueda sin que antes otro vehículo no te lleve por delante», afirma.
«Es la única vía que hay»
José Andrés Rodríguez es transportista. Es vecino de la localidad valenciana de Carlet y un habitual en esta ruta. «La autopista es de asco. Es una de las peores que hay. El problema es que, al no existir una carretera alternativa, no te queda más remedio que ir por ella. Y, claro, se aprovechan de esta circunstancia. Porque, ya me dirás: si tienes que ir de San Sebastián a Bilbao, ¿por dónde vas a ir?, ¿por la carretera nacional?, no llegas nunca. No tienes más remedio», asegura.
Este chófer reconoce que la A-8 soporta una alta densidad circulatoria. «Hay un tráfico enorme y a poco que haya un accidente, unas obras o una nevada el lío ya está montado».
Ainara, una joven bilbaína residente en Donostia, no puede tener un peor concepto de la autopista. «Hablando mal y pronto, es una mierda. El tramo entre Orio y San Sebastián es de alto riesgo, sobre todo para conductoras como yo que somos novatas. La carretera es muy estrecha y entre tanto camión hay veces que piensas que de allí no sales viva», dice.
Arantza, de Bergara, recalca que «tenemos una autopista en la que sólo se puede circular a 70. Estamos hartos de ella». Tanto Arantza, como Ainara y Mendi, otro transportista, coinciden en reclamar «una reducción de las tarifas mientras la vía no esté en las debidas conducciones. A la hora de cobrar bien que lo hacen. Ya haya colas, obras u otras incidencias, no te hacen ni media rebaja», afirma Arantza.
El cajero de los lamentos
Roberto Villacís trabajar en la estación de servicio de Itziar. Él no tiene problemas para llegar a su trabajo. Vive en Deba y, por lo tanto, no utiliza la A-8 para desplazarse. Sin embargo, Roberto es la persona a la que los usuarios dirigen todas las quejas. «Soy el cajero de las lamentaciones. Todos acuden a mí, vienen a protestar, como si yo fuera el principal responsable de que haya obras o se formen atascos. Yo les escucho, pero poco más puedo hacer», relata el trabajador.
El empleado de la gasolinera recuerda que «el lunes por la mañana vino una señora que estuvo en el atasco por el derrumbe que tuvo lugar en Zumaia y me dijo de todo. Estaba muy enfadada. Qué culpa tenía yo. Encima, se enojó todavía más cuando le dije que no le podía cobrar porque se había ido la luz. En este trabajo hay que hacer de tripas corazón», afirma.