CÁDIZ. DV. Cádiz está en las antípodas. El mundo funciona aquí con unos códigos indescifrables para los extraños. Su fútbol también. El fútbol es como la vida, es como el lugar donde se juega. Pasan jugadores, pasan entrenadores, pasan años, pero algo queda. Es el atractivo del sur cuando se viene de vacaciones. Es la trampa mortal cuando se viene a jugar al fútbol.
La Real volvió a caer en la emboscada, como cada vez que estuvo aquí. Se jugó al estilo gaditano y así no hay nada que hacer. Siempre pasa algo. Un penalti que no es, una campo impracticable, la hierba alta, las palmas en la grada, el sol... O como ayer, dos errores defensivos graves. Pero siempre pasa algo.
Mientras el partido fue convencional, la Real mostró detalles suficientes para pensar que esta vez sí, que esta vez iba a poder ganar en el Carranza por primera vez en su historia. Marcó Díaz de Cerio al filo del descanso y ese gol debió ser el único del partido. La grada ya coreaba el clásico ‘menos millones y más...’. Lo típico en estos casos.
Como el asunto estaba bien claro, al regreso del descanso el Cádiz convirtió Cádiz en Cádiz. Nada de fútbol convencional. Palmas en la grada, calor, fútbol tremendista, filigranas, medias verónicas y todo lo que hiciera falta. Y, justamente, eso es lo que le hacía falta al Cádiz.
A los realistas se les quedaron los ojos como platos al volver del vestuario. Procopio, que se cambiaba en el mismo vestuario que Mágico González, lo que quiere decir algo, metió en el campo a Enrique y al gigante Barreiro. Empezó a jugar con tres defensas y uno de ellos, el lateral Raúl López, además subía al ataque.
Y Cádiz fue Cádiz. Una grada volcada, un griterío ensordecedor y un barullo táctico en el campo de los de hacer época. Todos contra todos sin orden ni concierto. Carrera para arriba, carrera para abajo y espacios libres por doquier. Un correcalles indescriptible. En estos casos, lo que procede es capear el temporal de la mejor manera posible y tratar de aprovechar una de las contras que se van a producir inevitablemente para marcar el segundo, templar los ánimos y cerrar el partido.
Pero aquello era Cádiz y las cosas funcionan de otra manera. La Real no enganchó ese contraataque salvador y, puestos a jugar en terreno gaditano, tenía todas las de perder. Las palmas tronaban en el Carranza y marcó Dani, uno de los mejores representantes de ese fútbol de las antípodas que tan incomprensible resulta para los realistas y tanta frustración genera, ante la incapacidad para articular una respuesta hábil. Porque ésa es una de las principales características de ese estilo de jugar, que le hace parecer a uno torpe o en exceso inocente, frente a la listeza del adversario. ¿Cómo se lucha contra eso? No busquen respuestas aquí.
Pero a ese fútbol le falta consistencia. Es efectista y amarga la tarde a cualquiera –ayer a Mikel González por encima de todos los demás–, pero es insostenible en el tiempo. Por eso, la Real pudo reponerse. Tras vivir un infierno de veinte minutos, jugando un partido regido por claves misteriosas para todo el que no fuera gaditano, el equipo blanquiazul consiguió reconducir la situación, marcar el terreno de un partido más clásico y ahí se impuso de nuevo a su rival.
Empató bien, a falta de diez minutos, con tiempo para ir a por la victoria necesaria. Y fue. Fue mucho, por la derecha, por la izquierda, y por el centro bajo la batuta de Martí y Uranga, que es de Ibarra pero cuando el partido se calienta está como pez en el agua. Cuando se volvió a jugar al fútbol sin más, la Real pudo ganar si Delibasic acierta con una volea en boca de gol y si el árbitro pita un penalti en el descuento sobre el montenegrino. Nada de eso sucedió y el partido acabó en tablas.
Un punto. ¿Cuánto vale un punto? El primer impulso es pensar que no vale nada o casi nada. El triunfo, que pudo llegar pese a que la Real no jugó bien, habría sido vital. A dos puntos del ascenso. Ahora, a cuatro. Dos más que ayer por la mañana. Un equipo más a cuatro puntos, el Málaga. Cinco partidos por jugarse. Tres en casa. Números, datos, sumas, restas, las cuentas de la lechera. ¿Quién sabe dónde está el secreto?
No merece la pena pararse a pensar. Es mejor seguir haciendo. Ir mañana a trabajar y construir el equipo que gane al Granada 74 el sábado en Anoeta. Y el domingo más números, más cuentas, más esperanzas. Si se pudiera elegir, a lo mejor alguien sentiría la tentación de rendirse. La ventaja de la situación es que no se puede elegir, así que nadie se puede rendir.
Desde que llegó Lillo, la Real ha sumado dos puntos por partido, doce puntos en seis partidos, tres victorias y tres empates. La clave es no cometer ningún error en el camino que queda por andar.
En la primera vuelta, la Real ganó cuatro de los últimos cinco partidos. Doce puntos. ¿Serían suficientes? Da igual. No hay otra posibilidad. Seguir, seguir y seguir. No quedan más partidos en las antípodas. Tenerife está más lejos que Cádiz, pero es otra cosa, y cuando se juega sólo al fútbol la Real es de fiar.