La Real sabía de la importancia del partido de ayer en Cádiz. Sabía que una derrota en el Ramón de Carranza le dejaba definitivamente fuera de la lucha por el ascenso. También sabía que un empate podía no ser suficiente. Lo sabía y no logró ponerle remedio.
La enésima no victoria de los txuri urdin en terreno cadista complica las aspiraciones de éxito. Sporting y Málaga se han escapado a cuatro puntos y subir es ahora más difícil todavía.
Ya era muy complicado a principio de temporada, cuando el club se apretó el cinturón a la espera de tiempos mejores. Con lo puesto y una serie de medidas tan drásticas como necesarias, como los viajes en autobús, la Real se lanzó sin prisa pero sin pausa a la conquista de una de las tres plazas que dan derecho a regresar a la élite. Con más ilusión y compromiso que otra cosa, el equipo se mantuvo como pudo en la zona alta de la tabla. El juego no era efectista, aunque sí efectivo.
Ahora, en pleno despilfarro populista e insostenible, el club se enfrenta a una realidad de consecuencias sombrías. El equipo cedió ayer terreno y la Primera División aparece más lejos que nunca. Cuatro puntos de desventaja son muchos, quizás demasiados a estas alturas de Liga, pero los quince que aún restan por disputarse arrojan cierta luz sobre la negra nube de pesimismo que hoy cubre Gipuzkoa.
La apuesta por el ascenso a toda costa se ha confirmado desastrosa. Fiar la suerte a una carta es estrategia de jugadores desesperados, tahúres, fulleros, perdedores y faroleros que en su vida han tenido una buena jugada entre manos y están acostumbrados a jugar con las cartas de los demás. El éxito será mío y el fracaso, culpa de los demás. Una filosofía que termina por condenar a quien hace de ella su forma de vida.
La Real no puede desfallecer pese a que las circunstancias le son desfavorables. La visita a Cádiz era el penúltimo escollo a solventar y el empate final puede convertirse en positivo el 15 de junio. Tenerife será la otra visita peliaguda. Los tres encuentros restantes son de obligada victoria.
El sábado llega a Anoeta el Granada 74 y ese día no se admiten errores. Tampoco en Vitoria, ni en las comparecencias donostiarras de Salamanca y Córdoba, ya en la última jornada.
El desenlace de este fin de semana permite a Málaga y Sporting cometer un fallo sin poner en riesgo su posición. La Real, por contra, necesita sumar quince puntos y esperar dos tropiezos de sus rivales, uno más por cada partido que no ganen los txuri urdin.
Neitzsche sentenció que la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre. Si viera hoy a la Real, el filósofo germano diría que ésta tiene que ganar dos partidos más que el Málaga o tres más que el Sporting, por el golaverage. Una botella medio vacía que probablemente ya nunca se llene por completo. No al menos este año.
Como en Valencia
Las conversaciones que, calculadora en mano, mantengan esta mañana los aficionados en el trabajo, el bar o la escuela, recordarán a las de la pasada campaña, cuando la Real miraba y remiraba el calendario y la clasificación y las cuentas no salían.
El fiasco histórico del descenso se consumó en Valencia, adonde el equipo llegó con opciones que pasaban por una carambola múltiple que, lógicamente, no se produjo.
El ascenso está, hoy por hoy, igual de lejos que aquella permanencia. Quizás la decepción matemática no llegue hasta la salida a Mendizorroza. Puede que la Real siga viva en la última jornada, con lo que frustración será aún mayor. Si esto sucede, el mérito será de los jugadores. En sus manos está el futuro del club...