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RSS | ed. impresa | Regístrate | 20 julio 2008

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san sebastián. DV. Pueden pasar desapercibidos en clase. No llegan en coches deportivos ni se pasean por la biblioteca con el móvil pegado a la oreja. Tampoco lucen un Rólex ni gafas de espejo. Son como los demás estudiantes del campus de la UPV. Con la diferencia de que ellos no sólo se queman las pestañas bajo el flexo, con un libro abierto de par en par y un termo de café al lado. Su esfuerzo va más allá: estos chicos también se dejan la piel al aire libre, con alegría y una pasión que a veces les lleva a romperse más de una costilla… Pero no importa, enseguida se recuperan y vuelven a entrenar. Son jóvenes deportistas que ya se han hecho un hueco en los circuitos de alto nivel y aspiran a lo máximo.
AITZOL ATUTXA
AIZKOLARI
Con un hacha desde los seis años
Con seis años se animó y agarró el hacha para imitar a su padre, Kepa Atutxa. Una pequeñita, pero que ya le hacía sudar la gota gorda en la plaza del pueblo vizcaíno de Dima. Las astillas volaban y el crío se lo pasaba bomba. Y ahora, con 19 años y una altura de más de 1,90, corta el aire con la elegancia de un delfín que emerge y se hunde, que emerge y se hunde... ¡Chas, chas, chas...! Parece muy fácil, no hay más que levantar los brazos y dejar caer el acero con precisión. Una y otra vez, mientras el corazón se desboca y alcanza las 180 pulsaciones por minuto. El espectáculo calienta el ambiente, la gente anima, los amigos contienen el aliento, pero Aitzol sólo tiene ojos para la madera, los pies y el filo que se hunde una y otra vez. Muchos dicen que tiene un don. Otros alaban su disciplina. Y todos pierden la cabeza cuando ven en acción a este dimatarra entusiasta. Dicen que es la esperanza blanca de los aizkolaris.
El año pasado, ganó cinco txapelas, repartidas entre el campeonato de Vizcaya de élite, el Open de Vizcaya, el Hacha de Oro de juveniles, el campeonato de Vizcaya por parejas y el Hacha de Oro por parejas sub-23. «Lo habitual es obtener una y contento…», reconoce Aitzol y se encoge de hombros. No se le suben los humos, «lo tomo como un 'hobby' y encima se me da bien». Sin más. Le gusta pisar suelo firme: por eso ya está en segundo curso como alumno de la Escuela Universitaria de Ciencias Empresariales. Tiene claro que hay que labrarse un futuro, cueste lo que cueste. Nadie vive de cortar troncos por placer. «El campeón de Vizcaya es carpintero, otro trabaja en el monte, hay uno que tiene una sidrería..., vamos, lo normal, actividades muy rurales». Una tendencia que se romperá con él porque no hay vuelta de hoja: «Los tiempos cambian, lógico».
Aitzol es un chico tranquilo, de momento no se preocupa por el dinero -«la madera y las hachas me las compra mi padre»- y los entrenamientos no se le hacen cuesta arriba. De momento, «las cosas van rodadas», sobre todo porque Gurutz está cerca. Es su novia, una joven de 26 años y profesora en el colegio Berrio-Otxoa de Bilbao. «Puuuf, menos mal que me acompaña. Casi siempre está conmigo cuando me entreno en Lemona, tres veces a la semana. Para 45 minutos de ejercicio, pierdo unas tres horas. Primero hay que cortar la madera, pelarla, colocarla... Y al final, ¡a limpiarlo todo!». Eso sí, al cabo de la jornada, regresa a Dima como nuevo. Cada día se siente más fuerte «y los resultados acompañan».
Normal que cada verano se lo rifen en los pueblos de Vizcaya. Entonces coge el coche y se va con Gurutz a hacer turismo «como por un tubo». Le pagan 150 euros por cada exhibición y él, «¡pues encantado!». Es su pasión y piensa seguir hasta que el cuerpo aguante. Hasta los 60 años, por ejemplo… «Ahí está Mikel Mindegia, el mejor aizkolari de la historia, con 58 años y una energía tremenda. Si estás bien de pecho y le das al tronco con inteligencia no hay por qué retirarse antes». Ciertamente Aitzol tiene un corazón muy grande.
PATRICIA PÉREZ-MONEO
JABALINA
Pensando en las Olimpiadas de 2012
Se vino con 15 años a Bilbao porque en Cuenca no había entrenadores de jabalina. Y aquí se ha quedado, con José Antonio García Feijoo, su descubridor y guía, que no le perdona ni un solo entrenamiento «porque no debes bajar la guardia». Ahora estudia segundo de Medicina y atesora una marca de 51,98 metros, muy lejos del récord mundial de la cubana Osleydis Menéndez que la clavó en 71,70. Pero quién sabe, tiempo al tiempo. Patricia Pérez-Moneo sabe que la perseverancia mueve montañas. Ella tiene 19 y Osleydis ya ha cumplido 28. «Como en todo, si no te faltan disciplina y cualidades, es imposible que no vayas mejorando sin parar». Patricia entrena seis días a la semana y rara vez se estresa, «porque todo es cuestión de organización».
Por el dinero tampoco se agobia, tiene las espaldas bien cubiertas: forma parte de la Federación Española y también de la Manchega, y además es miembro del club Playas de Castellón. «Ellos corren con todos los gastos, incluido el alquiler. Cuantas menos preocupaciones económicas, mejor». Patricia sólo tiene ojos para sus metas, que son muy altas y apuntan a Londres. «¡Allí serán las Olimpiadas en 2012!», anuncia con cara de velocidad. Entonces tendrá 23 años y podría dar la campanada. La pasada temporada, acabó segunda en el ránking de España, categoría junior, y en el Europeo quedó novena. Parece que 'de pequeñita' echó a correr y desde entonces no ha parado quieta.
Sus padres jugaban al baloncesto y les dio una alegría ver que la niña rebosaba energía y despuntaba sin demasiado esfuerzo en atletismo. Aceleraba a pasos agigantados. «¿Cuáles son ahora mis puntos fuertes? La agilidad, la altura (mido 1,76) y mi envergadura. Tengo los brazos muy largos y eso ayuda bastante para lanzar lejos la jabalina». Y mientras habla se contorsiona, estira las piernas y respira profundamente, con la faja bien apretada a la altura de los riñones.
Es incombustible. Nunca ha suspendido una asignatura y el sobreesfuerzo no le pasa una factura demasiado alta. «Hombre, sí que se sufre, eh…». Pero nada que no pueda superar con los dientes apretados y la mirada al frente. «Si te mentalizas, superas los baches. Lo tengo comprobado». Conoce muy bien sus puntos fuertes; y también su talón de Aquiles. Por eso, huye de la soledad como de la peste... Patricia comparte piso con dos compañeros -de disco y jabalina- y entrena con una cuadrilla que le alegra la vida. «Nos animamos mucho. Pero, oye, ¡lo mejor son las merendolas de cumpleaños!». De no ser por esos alicientes, confiesa que a veces le faltaría fuelle... «No bastan los suplementos de proteínas o vitaminas para llegar entera a la cama». Su vida es agotadora pero con una meta clara. «Nada, nada, yo soy de piñón fijo. ¿Qué haré luego? Hombre, me dedicaré a la Medicina Deportiva».
PAUL DE LA CUESTA
ESQUÍ ALPINO
200 días al año fuera de casa
Le gusta llegar con los esquíes al rojo vivo. Y para descansar, nada mejor que revisar los vídeos de los entrenamientos a última hora de la noche. Vaya plan. No hay respiro para este joven donostiarra. Por lo menos, durante 200 días al año... Paul de la Cuesta es miembro de la selección nacional de esquí alpino y se pasa la mayor parte del tiempo fuera de España, en Francia, Suiza, Italia, Eslovenia, Canadá o Chile. Paul tiene 19 años y unos cuanto miles de kilómetros en las piernas que no le pesan «nada de nada». Será la costumbre, pues ya se deslizaba por las pistas del Valle de Arán cuando aún no sabía ni andar en bicicleta. «Empecé a los tres años por tradición familiar. Mi ama esquiaba de pequeña, luego también se animó mi aita y, bueno, lo mío era inevitable», explica por teléfono desde Sevilla, donde se ha concentrado antes de partir a Francia. El circuito competitivo no perdona, hay que tirarse de cabeza en cada rampa cuando se quiere ser alguien. Ahora bien, queda por despejar una incógnita: ¿Y los estudios? ¿Cuándo piensa hacer los exámenes de Odontología?
«Es un problema. Además, casi seguro que en septiembre tampoco esté aquí». Es el sino de Paul: anda todas las semanas a salto de mata. Antes se las apañaba bastante bien «porque me concentraba después de Semana Santa, para sacar todo en junio». Una táctica que, sin embargo, a estas alturas no le sirve: hace dos años se dio un batacazo con la Selectividad. Pero nada grave, enseguida cogió carrerilla y lo intentó de nuevo. Con éxito. Paul no tiene secretos a la hora de afrontar sus retos. «Insistir, insistir y seguir insistiendo». Una batalla sin fin. Hasta que, el día menos pensado, se roza lo inimaginable: hace tres temporadas, con sólo 16 años, ganó el campeonato absoluto de España de Supergigante y Gigante, además del juvenil en esas dos modalidades y el descenso del mundial junior. Pero, ojo, no hay que dormirse en los laureles. «Si te conformas con lo que tienes, es que ha llegado el momento de abandonar».
En su equipo, es el único que sigue una carrera universitaria; los demás viven centrados en el esquí y a la caza de patrocinadores. «A este nivel nos cubren gran parte de los gastos pero el tema económico siempre resulta complicado. La federación me da 250 euros al mes y ahora estoy buscando un 'espónsor' personal. No pierde el empuje de sus inicios, aunque muchas veces se la juegue: «Hace cuatro años, me rompí varias costillas y de pequeño, acabé con las rodillas cascadas de tanto esquiar y jugar al fútbol». Paul va tan embalado que no le importa haber asistido apenas un par de semanas a clase en la UPV. Su padre es odontólogo y la vocación por la medicina le tira mucho. Tarde o temprano retomará los libros y se pondrá al día.
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