SAN SEBASTIÁN. DV. El entrenamiento de ayer de la Real fue un espectáculo. Aunque sería más exacto decir que fue Lillo quien puso el espectáculo. El técnico tolosarra organizó una sesión larga y densa, en la que ensayó diferentes situaciones tácticas y arengó a los suyos a voz en grito sobre las soluciones y sobre los peligros del Cádiz, el próximo rival de los realistas.
Lillo se mostró tremendamente expresivo y comunicativo con sus jugadores, a quienes dio todo tipo de indicaciones, ánimos y, lo que más llamó la atención de los presentes en Zubieta, detalles sobre los secretos del Cádiz. Empezó apuntando que el conjunto amarillo juega más por el costado derecho. «Gustavo López se mete para adentro y no ocupa la banda izquierda. Tienden a jugar por el otro lado y cargan todo el juego por allí. Hay que saber eso, lo que no quiere decir que a veces no lo intenten por la izquierda».
Segundo detalle, dedicado al centrocampista Enrique: «Se incorpora en diagonales al área, eso sí, sólo para tirarse», broma que provocó una sonrisa general, y eso que Lillo se olvidó de mencionar a Dani, bien conocido por su dominio de la suerte del piscinazo, como la Real conoce de primerísima mano.
El siguiente secreto del Cádiz desvelado ayer por el técnico realista fue el referido a su lateral derecho, Cristian. «Ojo, que sube la banda hasta en el descanso».
Para terminar, ilustró a sus jugadores sobre el hombre que lleva la manija del juego gaditano, Miguel: «Es como Iván de la Peña. Le buscan en la presentación del balón y él la mete rápido hacia arriba».
El Cádiz cae a la derecha, Miguel pone el balón allí, por donde sube Cristian, que la mete para Enrique, que cuando ve llegar el balón se tira y pide penalti. Más o menos, ése sería el esquema de juego amarillo, aunque seguramente no será tan sencillo.
Máxima exigencia
Porque, en el fondo, eso no fue más que la salsa del entrenamiento, lo más vistoso. Pero la sustancia fue la exigencia que Lillo mostró en todos los ejercicios, corrigiendo, presionando y pidiendo resultados en cada acción.
Exigió inteligencia a los defensas para encarar las situaciones, primero en inferioridad y después en superioridad, que fue cuando más errores cometieron, con lo que Lillo pidió más concentración.
Obligó a los zagueros a detectar los peligros y elegir, y no lanzarse a robar balones sin ton ni son. Explicó que en esas situaciones la presión es de los delanteros, que tienen que resolver, y que los defensas deben imponer su ventaja táctica. «Tú te estás tomando un café, tranquilo, el que tiene nervios por terminar es él», explicó gráficamente a sus zagueros.
El entrenamiento fue largo, se fue casi a las dos horas y media, y terminó con un partidillo, menos propicio para las anécdotas y las intervenciones del entrenador, que pareció satisfecho con el resultado del entrenamiento.
A la gente que asistía a la sesión sólo le faltó aplaudir y, en honor a la verdad, es lo que correspondía porque el entrenamiento fue magnífico, además de ameno para los espectadores. Hoy, nuevo entrenamiento. A las diez.