Ana Labordeta vuelve a los escenarios con una obra en la que el arte, la guerra, la dignidad y los sentimientos se dan la mano. Si antes fue una experta de arte enfrentada a un genio en la obra Un Picasso, ahora en El guía del Hermitage es una revolucionaria que alienta y acompaña a su marido, el guía que sigue organizando visitas aunque los cuadros hayan sido llevados muy lejos de Leningrado por temor a las tropas nazis. El peruano Herbert Morote ganó con este texto el Premio Ciudad de San Sebastián en 2003.
- ¿Qué encontramos en esta obra?
- Un texto muy hermoso, que habla a favor del ser humano, de cómo en las situaciones más terribles es capaz de sobreponerse. Habla también de cómo el arte, la cultura, la sensibilidad, los sueños y la imaginación florezcan para poder sobrevivir en una situación así.
- ¿Cómo es Sonia, su personaje?
- Es la mujer del guía que encarna Luppi. Antes de que estallara la guerra era una restauradora de arte, vivía rodeada de belleza y de repente su ciudad, a la que ama, y su ideología, en la que cree firmemente, se ven amenazadas. De los tres personajes de la obra es la más activa en tiempo de guerra, forma parte de los comités de defensa e intenta buscar soluciones.
- ¿Cómo ve Sonia a su marido, ese hombre que se niega a reconocer la realidad?
- El museo es su vida y Sonia decide seguirle en sus ensoñaciones para que Pavel siga viviendo. Está enfermo y ella le ama sobre todas las cosas. Al principio le cuesta entrar en ese mundo de Pavel, pero luego ve realmente que es un mago de las ilusiones.
- Su anterior trabajo teatral, la obra Un Picasso, también hablaba de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, del mundo del arte, de la relación entre cultura y poder.
- Sí, es una hermosa casualidad. A veces las cosas que te ofrecen tienen cierta similitud y otras no tienen nada que ver. Fue una época tan brutal aquella que me gusta ser contadora de esas historias, que el público sepa lo que pasó no hace demasiado tiempo y que no se vuelva a repetir. Aunque se está repitiendo de alguna manera, siempre hay represores y oprimidos.
- ¿Cómo es Ana Labordeta actriz?
- No lo sé, lo tendrán que decir los demás. Amo esta profesión. Encima de un escenario me siento con una libertad absoluta. No sé si es lo de jugar a ser otras personas, poder contar historia o sentir el público en la oscuridad de un patio de butacas. Todo eso me parece magia y me hace sentir muy grande interiormente. También soy muy obsesiva con el trabajo y fundamentalmente soy muy pasional. Amo esta profesión por encima de muchas cosas.
- ¿Y eso como se conjuga con la realidad de su profesión?
- Hace falta tener la cabeza bastante bien amueblada. Este es un trabajo como otro cualquiera y lo que requiere es tener los pies en la tierra. Hay que formarse muy bien, hay que seguir estudiando y escuchando a los compañeros que saben más que tú, a los maestros como Federico Luppi. Porque luego se dan también esos momentos en los que no hay trabajo y te desesperas. O cuando te sale una serie de televisión y se te puede ir la cabeza porque la gente empieza a reconocerte por la calle. Por eso creo que hay que mantener siempre los pies muy, muy, muy en la tierra venga lo bueno o lo malo.
- ¿Estamos hablando de la fama?
- Hablo de la mezcla de la fama con los momentos en los que no tienes trabajo. Situaciones duras porque pueden pasar meses sin que suene el teléfono con una oferta y eso es muy difícil de llevar. Quien lo padece también es tu familia, tus compañeros, tu pareja. Te entran todos los miedos del mundo.
- Usted es una actriz con amplia experiencia, con eso que se llama tener un nombre, pero todavía no ha dado el salto de ser reconocida inmediatamente por el público. ¿Es éste un terreno resbaladizo, profesionalmente hablando?
- Sí porque tal como está ahora la profesión tendría que tener una serie de televisión con un personaje de éxito, que es lo que verdaderamente da popularidad. Pero las cosas vienen o no vienen, no puedo estar agobiándome. Hay que trabajar día a día y, como decían antes, hacerlo con los pies en la tierra. Yo me considero muy afortunada en esta profesión porque he podido trabajar casi siempre. No he podido elegir porque eso es difícil, pero casi todos los proyectos de teatro que me han llegado eran textos y personajes que me han apetecido mucho. Y he tenido la suerte de trabajar con compañeros y directores muy interesantes.
- ¿Cuando se encuentra en escena con maestros como Sacristán o Luppi coge apuntes?
- ¡Y tanto! Te conviertes en un vampiro porque es una manera maravillosa de aprender, es la mejor escuela. La suerte de poder trabajar al lado de grandes porque son los que día a día te enseñan tantas cosas.
- ¿Qué distingue a un gran actor del resto?
- Federico, por ejemplo, es un hombre que se involucra de una manera brutal con lo que hace. No es nada frívolo a la hora de trabajar. Los grandes tienen eso que se tiene o no, que es pasar batería.
- ¿Pasar batería?
- Eso es cuando un actor conecta con el público y éste no puede dejar de mirarle porque realmente tiene una luz y una fuerza enorme.
- ¿Le incomoda que la reconozcan como la hija del cantante José Antonio Labordeta?
- Antes me jodía muchísimo, pero ahora me hace gracia. De hecho me fui de Zaragoza con 19 años por huir de eso, para saber si las cosas las conseguía por mí o por ser hija de. Durante un tiempo fue un lastre, ahora no sólo me hace gracia sino que estoy muy orgullosa de mi padre, se me cae la baba.
- ¿Hubo algún problema en casa cuando dijo que quería ser actriz?
- Alguno hubo. Ya sabes, en casa del herrero, cuchara de palo. Él conoce los altibajos del mundo del arte y no le hizo gracia. Me apoyó, pero un poco con la boca pequeña. Ahora ya está encantado, pero entonces...
- ¿No me diga que...?
- Pues sí, hubiera preferido que yo fuera funcionaria, jajaja.