Ángel Illarramendi (Zarautz, 1958) es conocido sobre todo por las bandas sonoras de un puñado de películas, de Tasio a Todos estamos invitados pasando por Cuando vuelvas a mi lado, El hijo de la novia o Luna de Avellaneda. Pero además ha compuesto numerosas obras 'clásicas'. Ahora publica en disco su Sinfonía Nº 7 (sello Karonte), la primera de su catálogo que ha sido grabada, con interpretación de la Orquesta y Coro de la Filarmónica Nacional de Varsovia, dirigidos por Wojcech Rodek. En total, 120 músicos para recrear una obra intensa, muy lírica, dramática por momentos y de fácil comprensión. Porque Illarramendi siempre tiene como objetivo llegar al corazón de los oyentes y por eso no comprende que haya creadores que renuncien a que los entiendan sus contemporáneos.
- Acaba de cumplir 50 años y ya va por su séptima sinfonía, y además compone mucha música para el cine. ¿Cómo se explica tanta producción?
- Mi primera sinfonía la hice cuando tenía 24 ó 25 años, y desde entonces siempre ha estado escribiendo algo, además de las obras de encargo, sobre todo bandas sonoras, que ocupan buena parte de mi tiempo. En cuanto acabo una pieza, comienzo con otra.
- ¿No tiene crisis de inspiración, como reconocen muchos creadores?
- A mí siempre me ha divertido esto, e ideas no me han faltado nunca. Tengo bocetos de temas aquí y allá que alimentan una obra u otra, porque a veces se me ocurren mientras estoy haciendo otra cosa. Esta sinfonía me ha llevado algo más de dos años, porque al mismo tiempo he escrito para el cine y alguna pieza de cámara.
- ¿Es su obra más madura?
- Es muy difícil contestar a eso porque no puedo tomar distancia con mi música. Es distinta a las otras, eso sí lo puedo decir. Una sinfonía es la forma más libre; no tienes que ceñirte a un libreto ni a unas escenas de duración fija. El área te la marcas tú: la orquestación, los movimientos, la duración... Cada sinfonía mía es como un diario, porque responde a una época de mi vida, con sus correspondientes vivencias.
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- ¿Cuáles han sido las de este período?
- Cuando estuvimos en la grabación, mi mujer decía que le parecía una obra muy dramática. Pero luego, al volver a escucharla, ya ha matizado esa opinión y no cree que lo sea tanto. Yo pienso que es mi obra más espiritual y tiene un punto apocalíptico, no sé si por los tiempos que corren.
- Muchas de sus bandas sonoras están publicadas en disco, pero ésta es la primera de sus sinfonías que sale así al mercado. ¿Qué siente?
- Una gran alegría, porque es como un parto. La última obra siempre tiene algo especial para mí. Si ahora me dijeran que iban a grabar la Sinfonía Nº 2 les diría que muy bien, pero la tengo muy lejana. Lo que de verdad te hace ilusión es que se difundan las últimas creaciones.
- ¿Y que se estrenen? Porque la obra está en disco pero no se ha interpretado en un escenario con público delante.
- Sí claro, es importante que se estrene. Quiero hacerlo bien. Hay algunos contactos para estrenarla aquí, donde hay un par de orquestas muy buenas, o quizá en Madrid. A ver cómo salen las cosas.
- De momento, la grabación corre a cargo de la Orquesta Filarmónica Nacional de Varsovia. ¿Por qué la ha elegido?
- La conozco bien, porque he grabado con ella la banda sonora de Los Borgia. Es una orquesta muy buena, de las verdaderamente buenas que hay en Europa. Y la ingeniero de sonido con la que hemos trabajado también había intervenido en otras grabaciones anteriores, entiende mucho y para mí eso es comodísimo.
- Al público le llamará la atención que las dos orquestas vascas incluyan esta temporada obras de compositores locales y usted en cambio se vaya a Polonia a grabar.
- Puede que este año hayan programado algo más, pero en general las orquestas vascas dan música contemporánea con cuentagotas. Antes, al principio, enviaba siempre una copia de mis sinfonías a la Sinfónica de Euskadi, y ni me contestaban, así que dejé de hacerlo. Tampoco voy a estar todo el tiempo llamando a su puerta.
- ¿La consideración de su música como 'conservadora' en ciertos ámbitos puede estar dificultando su difusión?
- El siglo XX se caracterizó por una intelectualización excesiva de la música. Es un problema de lenguaje. Toda obra nace del caos, pero es el artista el que debe ordenar ese caos para llegar al alma del oyente. Si no lo hace así, lo que queda no es más que caos. Yo me considero heredero de todo lo que se ha hecho hasta ahora. Me sirve incluso lo que no me gusta, pero así sé lo que no tengo que hacer. Y me parece que hoy ya nadie sabe lo que es vanguardia.
Vanguardia y originalidad
- ¿Por qué?
- Porque es muy difícil sorprender a nadie. Me parece que lo importante es ser capaz de respirar por uno mismo, eso es lo que tiene fuerza. Por el contrario, una obra que lleva años y sigue sin ser asimilada no es vanguardia; es simplemente una obra fallida. Si algo fue un escándalo en su momento pero se asimiló al cabo de poco tiempo es que era una obra importante. Pero si pasan 40 años y no se ha asimilado es que no lo era.
- Hay creadores que suelen decir que su obra será entendida sólo cuando pasen los años...
- Yo no puedo entender la arrogancia de los creadores que piensan que sus contemporáneos son estúpidos... Me hacen mucha gracia esos que se ponen tan serios hablando de la creación. La originalidad es como el IVA: el valor añadido. Hoy a nadie le importa si Beethoven fue más innovador y Mozart menos. Lo relevante es la enorme calidad de sus obras.
- ¿Saben igual los éxitos, los reconocimientos, cuando los obtiene en el campo de la música para el cine que cuando es en la 'clásica'?
- Hay un cierto prejuicio de la música clásica respecto de la cinematográfica. Y hay que romper con eso, porque es un prejuicio absurdo: hay obras maestras, geniales, en ambos campos, y aburridísimas en ambos también. Es cierto que hay chavales que se meten en el cine sin formación, pero lo es igualmente que hay compositores clásicos muy aburridos.
- ¿Usted piensa en distintos públicos cuando compone una cosa y otra?
- No, no diferencio entre públicos. Sólo son formas diferentes. Es como hacer un viaje: si es más largo llevas más equipaje, pero sea largo o corto el que va a hacer el viaje y pasárselo bien soy yo. Procuro poner el alma en todo lo que hago. Es cierto que en el cine sueles trabajar con menos tiempo y eso hace que quizá no te metas a hacer cosas más complejas, que no busques soluciones que llevan más desarrollo, aunque yo he llegado a hacerlo alguna vez. Pero de verdad que no tengo dos varas de medir.
- ¿Qué hace que compositores como Bernaola o De Pablo sean conocidos como clásicos que trabajaron también en el cine, y usted, pese a su catálogo, lo sea como un compositor de bandas sonoras que también hace clásica?
- Quizá yo he desatendido mi propia promoción como compositor sinfónico. He escrito muchas sinfonías, o piezas de cámara, y no me he movido para difundirlas. Como me aburre la gestión de esos aspectos, termino una obra y comienzo otra. Por eso soy conocido sobre todo por mi trabajo para el cine. A veces comento que yo soy vanguardista pero en cuanto a rebeldía. La gente que está en el mundo clásico trata de que le encarguen obras, se presenta a concursos... Yo no lo hago. Dos veces me presenté a un concurso y en ambas ocasiones quedaron desiertos. Entonces comprendí que nunca iban a premiar una obra como la mía, porque aquellos jurados seguramente la considerarían reaccionaria.
Nadar a contracorriente
- ¿Ya no es así?
- Ahora vivimos en un tiempo en que ya no importan esas cosas. Cuando yo acabé los estudios, iba con mis amigos a los conciertos y escuchaba muchas de esas obras que entonces se consideraban vanguardia, y a mí me parecían un peñazo. Lo decía y discutía con mis amigos, y les decía que componer así era hacer lo de todos, seguir la oficialidad. Nadar a contracorriente suponía que te miraban como a un troglodita. Salir adelante en el mundo sinfónico era pasar por el aro de esa música de la oficialidad, de lo políticamente correcto. Afortunadamante las cosas han cambiado, ya no hay gente que hace apostolado por la vanguardia. Pero no olvidemos que había gente con mucho talento en el mundo clásico que ha terminado por pasarse al cine.
- ¿Ganándose el menosprecio de sus colegas 'puristas' o eso ha cambiado también?
- Sí, porque el cien por cien de los compositores de hoy quiere trabajar para el cine. Lo que pasa es que resulta muy difícil estar en los dos mundos a la vez porque se han vuelto muy diferentes. Con todo y eso, muchos lo intentan, porque el cine tiene una fuerza enorme y en él se gana más dinero. Es un caramelo y nadie se sustrae a la tentación.
- ¿Y el pop? ¿No siente la tentación de componer para algún solista o algún grupo?
- La verdad es que no me lo han pedido. Hacer una buena canción es dificilísimo. Quizá en alguna película próxima caiga alguna. Ya lo he hecho alguna vez. En Yoyes, por ejemplo, había una que cantaba Amaia Zubiria.
-¿Qué siente al ver en televisión programas en los que jóvenes aspirantes a estrella que no saben nada de música son juzgados por personas que tampoco tienen ni idea? ¿Qué siente un profesional de la música?
-Yo no siento nada, porque no los veo. A veces haciendo zapping paso por alguno, me quedo unos minutos y cambio de cadena, porque me aburren muchísimo. De todos modos, me parece que todos cantan igual, con los mismos giros, la misma entonación... Para salir adelante hay que tener más que una buena voz. Es como actuar: además de dar bien ante la cámara, hay que saber transmitir sentimientos.
-Si le dijeran ahora mismo que se va a grabar otra obra clásica suya, ¿cuál elegiría?
-No puedo contestar porque no lo sé. Tengo más en mente las últimas pero no podría decidirme. Lo echaría a suertes.
-¿A qué compositores se siente más próximo?
-Soy heredero de todos, pero no me siento emparentado a ninguno. He oído desde la infancia mucha música clásica, pero también he escuchado a muchos cantautores, a los Beatles... todo eso lo he mamado. Soy absolutamente honesto y humilde a la hora de componer. Componer es una experiencia espiritual, una aventura, un juego, y yo sólo trato de ser honesto.
-¿Qué significa el folclore en su obra?
-En un tiempo significó más, ahora muy poco. En mi Sinfonía Nº 5 hay una especie de espatadan-tza, aunque lo que está allí es sobre todo su ritmo, que es muy bravío. Pero cada vez voy más a la esencia. Admitiendo toda mi herencia, como le decía antes, procuro desnudarme de todo ello e ir a lo fundamental. Posiblemente en mi próxima sinfonía la orquesta sea más simple para hacer una música más esencial, sin pretensiones, que surja de lo hondo y fluya bien, sin aspavientos, como sucede en la naturaleza.