san sebastián. DV. El atunero bermeano Playa de Bakio fue objeto de un segundo intento de secuestro por parte de otro clan de piratas somalíes, sólo unos minutos después de su liberación el pasado día 26. Así lo desveló ayer el pasaitarra Jaime Candamil, tripulante del pesquero, que ofreció una rueda de prensa en la Cofradía de Pasaia acompañado de su pareja, Fátima Iturria, y Jaime Tejedor, presidente de la cofradía. Candamil reveló que sólo la presencia de dos lanchas rápidas y un helicóptero de la fragata Méndez Núñez de la Armada española, presente en la zona, impidió este segundo secuestro.
Candamil y Fátima Iturria agradecieron la ayuda de los gobiernos central y vasco, así como de la empresa propietaria del buque y de las numerosas entidades y personas que les han arropado en todo momentos a ellos y sus familias.
Jaime Candamil narró los pormenores del calvario que sufrieron tanto él como los restantes veinticinco tripulantes del barco durante el secuestro. Embargado por la emoción, el marinero hizo el siguiente relato de su odisea.
Secuestro. «Estábamos a unas 250 millas de la costa de Somalia. Era domingo, 20 de abril. Serían las ocho de la noche. El barco se encontraba parado. El patrón había localizado pescado en la zona y al día siguiente íbamos a largar las redes. Estábamos a punto de terminar de cenar. De pronto, el marinero de guardia vino corriendo. Gritaba '¡que viene un speedboat (lancha rápida), piratas, piratas!' Aquello fue el caos. Los de máquinas nos fuimos para las máquinas y los del puente al puente. A éstos, sin embargo, no les dio tiempo a llegar. Y menos mal, porque de lo contrario, no sé que hubiese sido de todos ellos. Cuando todavía estaban en las escaleras, lanzaron una granada, pegaron un pepinazo. El proyectil impactó en el puente. Si hubiera habido alguien en esa zona, con la metralla que saltó, no lo hubiese contado.
Vinieron tres lanchas. Las amarraron al barco. A bordo subieron primero cuatro o cinco personas. Iban armadas hasta los dientes. No eran piratas de parche y pata de palo. Nos llevaron a la zona del puente. Preguntaron por los oficiales, por el capitán, el jefe de maquinas... Hablaban en un inglés bastante pobre y nos entendíamos por medio de señas. Querían saber cuántos formábamos la tripulación. Respondimos que 26 hombres. Dijeron que como hubiese uno más, a ese le cortaban el cuello. Estábamos acojonados.
En los minutos posteriores subieron más asaltantes. Eran ya unos diez y nos ordenaron poner rumbo a la costa de Somalia, a aguas situadas frente a la aldea a la que pertenecían.
Navegamos día y medio. Pretendían llevarnos lo más cerca posible de tierra. Sin embargo, el capitán y el jefe de máquinas les dijeron que allí había poco calado. No era cierto, había suficiente profundidad, pero era mejor estar un poco más alejados. Finalmente fondeamos a pocas millas. Eran las siete de la mañana del martes, día 22.
Cambio de guardia. El capitán, el jefe de máquinas y el patrón permanecieron durante todo el secuestro en el puente. Ellos fueron los interlocutores con los piratas. A los demás nos reunieron en el comedor. Nos decían que estuviésemos tranquilos, pero ¿quién podían estarlo con aquellas personas fuertemente armadas?
No tardaron en quitarnos los móviles. Temían que pudiésemos llamar a alguien, aunque todo el mundo sabe que en alta mar no hay cobertura. Luego, nos dejaron ir a cada uno a nuestro camarote. Estos dos primeros días fueron relativamente tranquilos.
Pero este relativo buen trato duró poco tiempo. El grupo que intervino en el asalto al barco fue relevado al tercer día. Vinieron otros. Estos también querían móviles, pero ya no había más. Empezaron entonces a registrar los camarotes, a pegar patadas a las puertas a los muebles. Venían dos veces cada media hora y nos abrían todos los cajones. Cuando se dieron cuenta de que no había teléfonos, comenzaron a pedir dinero, ropas... Hay compañeros a los que les han dejado sin nada.
Esta gente era más agresiva. Los primeros se habían comportado de forma más correcta. El segundo grupo, a partir del mediodía, empezaba a mascar una hierba que les mantenía despiertos las veinticuatro horas del día. No veas cómo se les ponían los ojos. Aquello acojonaba todavía más. Pese a todo, nunca nos agredieron ni nos pusieron la mano encima. No nos maltrataron físicamente.
Jornadas de tensión. Los días transcurrían con exasperante lentitud. La tensión no decaía un solo instante. La mayor parte del tiempo la pasábamos en nuestros camarotes. Podíamos comer, pero siempre después de que lo hicieran los secuestradores.
Apenas tuve hambre en todos estos días. En una ocasión comí un bocadillo y a la media hora lo tuve que echar. Con café, leche y agua me mantenía bastante bien. De todas formas, el que quería comer y podía no tenía ningún problema. Había suficiente alimento.
Ellos nos quisieron imponer un cocinero suyo, pero el nuestro, que los tiene bien puestos, no se lo permitió. Así, cada vez que nuestro cocinero preparaba una comida, el otro examinaba los productos que incorporaba.
Eran bastante desconfiados. Si te veían comer un trozo de pan o algo, te quitaban una parte, la que habías mordido, y se la comían ellos. Al tomar agua o café, nos obligaban primero a dar un sorbo. Luego bebían ellos. En una ocasión le dieron una aspirina a uno de los secuestradores y le hicieron tomar otra a quien se la había facilitado.
Los secuestradores formaban grupos muy organizados. Mientras sus jefes estaban presentes no se movía nadie. Daban una orden y se cumplía. Pero cuando desaparecían, aquello era un infierno. El miedo que nos infundían era tremendo. Claro que hemos llegado a temer por nuestra vida.
Convivencia. Los miembros de la tripulación podíamos conversar entre nosotros. Nos permitían incluso ir al camarote de otro. Al principio no nos dejaban subir a cubierta. Sólo nos lo permitieron a partir del cuarto o quinto día. Yo no lo hice. Teníamos a bordo el pescado que habíamos capturado. Había que darle frío para que no se estropeara. Por tanto, teníamos que estar pendientes de ello. Para mí era el mejor momento, el más esperado porque estar todo el día en el camarote era un infierno. El ruido que hacían los secuestradores te ponía enfermo. Les oías bajar y ya sólo pensabas en que iban a ir a tu camarote. La tensión era enorme. En aquellos instantes sólo piensas en que te dejen salir.
Las horas eran interminables. Ni siquiera la radio que tenía era de ayuda. Pensé que si la seguía oyendo me iba a volver loco. El primer día dijeron que había gente herida, luego empezamos a oír que nos habían separado por grupos, que nos había llevado al campamento. Nada era cierto.
Liberación. Llevábamos ya ocho días retenidos. Nosotros sabíamos que había negociaciones, pero desconocíamos los detalles. Nunca vimos dinero a bordo.
El sábado día 26, sobre la once de la mañana, nos dijeron que nos iban a soltar después de comer. Pasaron las dos, las cuatro... Vimos marchar a los jefes. Allí se quedaron diez o doce chavales. No terminaban de irse. Pensé que estaban esperando a que llegase la noche para abandonar el barco.
Sobre las siete de la tarde nos llamaron a todos. Nos llevaron a la popa. No sabíamos si era para decirnos que se iban o para limpiarnos el forro. Al final, nos manifestaron que se marchaban y precisaron que no nos moviéramos en veinte minutos. A los diez minutos, lo pusimos todo en marcha. Fueron unos instantes de gran tensión. No podíamos izar el ancla, patinaba. Al final la cortamos. Desde el puente, el patrón avisó a la fragata Méndez Núñez: 'Estamos libres', le dijo. Enseguida vinieron un helicóptero y dos lanchas. Ellos veían que se aproximaba otro grupo de piratas distinto, pero la presencia de la Armada les disuadió. Si no, nos hubiesen vuelto a capturar.
Fue el día que más miedo tuve. Algunos de mis compañeros lo pasaron francamente mal. Un marinero empezó a sentirse mal. No podía respirar. Creí que no lo contaba. Luego descargamos toda la tensión, las emociones, nos abrazamos...
Le dimos al barco toda la caña que pudimos hasta salir a aguas exteriores. Entonces empezó la fiesta. Aunque nos habían cortado todas las líneas de los teléfonos, el capitán escondía uno en un cajón y con él pudimos llamar a nuestras casas.
Con el paso de las horas nos fuimos calmando. La experiencia ha sido muy dura».