Catedrático de literatura en la Universidad de Deusto en Donostia, Díaz de Guereñu escribió con Cloc, historias de arte y desarte una página de la vida cultural donostiarra entre 1978 y 1981. Hoy sigue observando con cariño y respeto aquel movimiento tan marginal como divertido.
- ¿Qué significó Cloc durante los tres años de su existencia?
- En esencia, una gamberrada constante. Se tomaron a broma hábitos y monjes culturales o políticos. Hizo reír, lo que no fue poca cosa en una época más bien siniestra. Y permitió a unos cuantos aprendices de escritores hacerse notar y quizá afilar el bolígrafo y la mente.
- ¿Por qué le interesó tanto como para escribir un libro sobre ellos?
- Porque son mis contemporáneos. Porque removieron San Sebastián con energía e ingenio que otros de su edad les envidiábamos, pues compartíamos en buena medida su vara de medir el descrédito de casi todo lo respetable por entonces. Estudiar Cloc me permitió hurgar en los orígenes de unos cuantos escritores interesantes -Fernando Aramburu, Álvaro Bermejo, Francisco Javier Irazoki- y al mismo tiempo volver a los años de la transición, esenciales para nuestra formación intelectual.
- Dijo que para ellos tener una noción crítica de la sociedad «era romperla a martillazos». ¿Eran radicales además de surrealistas o precisamente lo uno por lo otro?
- No sé yo si usaron la etiqueta de 'surrealistas' más que como banderín de enganche, pero desde luego emplearon las técnicas de crítica cultural de las vanguardias históricas, de dadá y del surrealismo. Y ello incluía los martillazos, las pintadas o la lluvia de esquelas por las calles de la ciudad, además de los escritos injuriosos o de chunga. Eran radicales porque en eso consistió ser Cloc. Pero nunca dieron martillazos a nadie; los reservaron para cosas tan serias, tan respetables y tan impávidas como los bustos de piedra.
- ¿Qué era la literatura en Cloc?
- Una vocación y una ambición. Vivieron la literatura con pasión juvenil y, en consecuencia, demostraron muy poco respeto por los literatos y lo literario. Quisieron hacerse un hueco poniendo en solfa los valores reconocidos de ese mundillo de las letras.
- ¿Fue un grupo homogéneo en su discurso?
- Bastante mientras estuvo activo, porque casi todos los textos reflexivos de su revista o en los periódicos los escribió la misma persona, Fernando Aramburu. Pero cada uno de los miembros tenía su propio discurso, como han demostrado luego en sus libros.
- Escribió que eran «un grupo marginal en una ciudad de provincias». Sumado a que la democracia comenzaba, ¿cómo resultó el cóctel?
- Fuertecillo. Pese a todos los torbellinos políticos y a la violencia terrorista, que entonces era mucho peor que hoy, San Sebastián era una ciudad muy modosita. De modo que unos muchachos con ganas de armarla y habilidad para hacerse oír se bastaron para causar bastante ruido e incomodar.
- ¿Cómo se relacionaron el mundo cultural donostiarra y Cloc?
- Hubo complicidades amistosas. Aramburu formaba parte del grupo de la revista Kantil y en él Cloc tuvo apoyos. También existió, por otro lado, cierto temor. Se les pegó la fama de gamberros e iconoclastas. Les miraban con prevención cuando asistían a cualquier acto o reunión.
- ¿Por qué treinta años después estamos hablando de Cloc?
- Me induce a pensar que la anécdota curiosa o el acto extravagante son buenas maneras de quedar en el recuerdo. Dan para charlas amistosas o para cenas de aniversario. Pero también supongo que, si de aquellos jovenzuelos no hubieran salido unos cuantos libros notables, no estaríamos recordando las andanzas de Cloc.
- ¿Cómo explicar hoy a sus alumnos lo que fue Cloc sin que crean que son extraterrestres?
- Entienden muy bien el sentido de una gamberrada o de una buena broma. Creo que se sienten más en sintonía con dadá, aunque haya cumplido noventa años, que con escritores más recientes. Y cuando leen Fuegos con limón de Aramburu les cae muy cerca la aventura de unos jóvenes que viven hace tres décadas en su ciudad.