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RSS | ed. impresa | Regístrate | 9 julio 2008

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La mar es mala mujer. ¿O no?

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san sebastián. DV. Los marineros suelen decirlo más corto y más claro: la puta mar. Es una expresión repetida en cualquier cubierta, sea en un barco de bajura frente a la costa o en un mercante en la otra punta del mundo. Puta mar. Ingrata. Traidora. Peligrosa. Pero las mismas voces confiesan a la vez que jamás han vivido una sensación de libertad comparable a navegar sin atisbar un trozo de tierra por ningún lado. «Eso no lo encuentras en ninguna oficina», bromea Jaime Tejedor.
Es una relación de amor y odio, intensa como pocas. El reciente secuestro del barco Playa de Bakio puso otra vez de actualidad las duras condiciones del trabajo en la mar. Pero más allá de ese caso concreto hemos pedido a tres personajes con larga vivencia del mar su testimonio sobre esa pasión. Un arrantzale, un hombre que navegó durante 17 años dando la vuelta al mundo y un escritor hijo de marino que ha escrito sobre el mar. Y los tres coinciden en su duda. «La mar es mala mujer... o quizás no».
JAIME TEJEDOR
Arrantzale
«La patrullera venía a detenernos y nos acabó dando ron»
Sucedió en 1980, en plena crisis de los arrantzales vascos frente a las autoridades francesas. El barco en el que Jaime Tejedor trabajaba de maquinista fue abordado por una patrullera gala que pretendía detener al pesquero. Tejedor saltó al navío miltar francés y comenzó a discutir con el comandante. «Cada cosa que me decía yo la rebatía con datos. Consultaba con sus superiores en tierra, le iban dando argumentos y yo se los contestaba. Al rato me dio una palmada en la espalda, me regaló una botella de Ron Negrita de litro y medio y nos dejó marchar. Así ha sido siempre mi vida y mi trabajo: discutir con argumentos hasta lograr que me dieran la razón».
Jaime Tejedor nació en Pasajes de San Pedro pero no fue arrantzale hasta los 27 años. Antes trabajaba de mecánico ajustador, pero se casó con otra pasaitarra de familia de pescadores y decidió cambiar de oficio. Probó y le gustó. «Empecé a navegar en el barco de bajura Madre del Salvador. Hacíamos la campaña de la anchoa, del txitxarro... Yo trabajaba como maquinista. La mar es un oficio duro pero diferente. Te embarcas y no sabes qué te espera. Es una sensación de libertad especial: te olvidas de todo cuando estás ahí».
Ha visto de todo. «Gente que murió en mi barco, marineros que cayeron al agua y tuvimos que rescatar, mareas de las que parecía que no podríamos salir». Jaime Tejedor embarcaba siempre «con papeles». Estudiaba y buscaba los secretos del oficio, estaba al día. Así fue como en 1979 fue elegido presidente de la Cofradía de Pescadores de Gipuzkoa, luego de las Cofradías del Cantábrico... Y cuando dejó el barco y llegó al despacho empezó otra singladura en la que las desgracias del mar seguían salpicando con dureza.
«Los momentos más duros fueron los naufragios del Carreira o el Marero, con la desaparición de tantos arrantzales», recuerda Tejedor. «Esas desgracias nos movilizaron hasta cambiar la ley: antes, los desaparecidos en la mar sólo se daban por muertos a los cinco años, lo que suponía un gran quebranto económico para viudas o hijos, que se quedaban indefensos. Ahora, a los cinco meses se dan por desaparecidos y se pagan las pensiones».
Organizó la primera manifestación «tolerada» en la transición a cuenta de la limitación de licencias de pesca y ha defendido derechos en Bruselas, la Carrera de San Jerónimo o el Parlamento Vasco. Ahora empieza a abandonar cargos aunque de momento sigue al frente de la Cofradía de Pasajes. «Sólo paso de circular a 150 kilómetros por hora a viajar a 50».
¿La mar es mala mujer? «Por desgracia, durante treinta años he visto muchas más cosas tristes que buenas», contesta. Pero tampoco lo dice muy convencido.
SANTIAGO GONZÁLEZ ZUNZUNDEGI
Dio la vuelta al mundo en 17 años
«Todos tenemos sueños, pero yo cumplí el mío»
«La mar es como la naturaleza en su conjunto: si la respetas, te respeta. Te habla, te avisa; sólo hay que entenderla. Ocurre igual con los tiburones: si aprendes a escucharlos puedes nadar entre ellos, como hice yo».
Lo dice Santiago González, un hombre que sabe casi todo del mar: durante 17 años viajó con su familia alrededor del mundo. Era su sueño desde crío. «Casi todos crecemos con un sueño: el 99% de los humanos no lo cumple, pero yo me empeñé en llevarlo a cabo». ¿Y mereció la pena? «Por supuesto: fue la aventura de nuestra vida, y la mar nos hizo sufrir pero nos dio mucho más. Ahora vivo otra aventura, distinta, pero también intensa».
La historia de Santi González y su familia (su esposa Mayvi y sus hijos Urko y Zigor) es bien conocida: dio lugar a un libro del que se vendieron decenas de miles de ejemplares y fue noticia de muchas portadas. En agosto de 1983 emprendieron una navegación que cambiaría su vida. Primero fueron hasta Canarias como prueba «porque en estas historias el peligro no está en naufragar fuera, sino dentro del barco: la convivencia es más peligrosa que cualquier otro peligro que aceche en el exterior».
La prueba dio resultado y no volverían a casa hasta 17 años después. Pasaron largas etapas en diferentes destinos. La más larga, cinco años en Guatemala construyendo un nuevo barco con el que seguir viaje. Los hijos estudiaban con un plan diseñado desde Hondarribia y acumulaban trabajos y vivencias.
«En las islas Marquesas, entre Tahití y Hawai, conocimos el paraíso. En el golfo de Bengala fuimos víctimas de los piratas. Junto a las islas Galápagos sufrimos un temporal de diez días del que pensábamos que no saldríamos». Son anécdotas que ha contado mil veces. Pero casi tan interesante como su aventura es el día después. Porque en el 2000 volvieron a Hondarribia en medio de un recibimiento con todos los honores, sí, pero después, ¿qué?
«Hemos vivido siempre en una adaptación permanente, así que adaptarse a Hondarribia otra vez no fue complicado», resume Santi González. «¡Mis hijos se reintegraron hasta el punto de que ya tienen hipotecas! Yo siempre he sido más ácrata, de espíritu hippy, pero también encontré mi sitio». Y curiosamente, gracias a un peculiar aprendizaje en Asia.
«Siempre había tenido interés por las medicinas naturistas y tenía conocimientos del tema. Pero entre Malasia y Tailandia conocí a un hombre de más de cien años del que aprendí muchísimo». Y ese es el trabajo de Santiago González hoy. «La salud está en los pies: muchos de los males de cualquier persona pueden identificarse a través de las malformaciones del pie. Yo hago reflexología podal, ampliada con técnicas naturópatas como osteopatía, himnosis, acupuntura... Mucha gente viene con escepticismo pero luego vuelve porque ve que funciona. ¡Yo también era escéptico con estas cuestiones hasta que ví que daban soluciones!». Y en sus consultas de Hondarribia y Bera hay listas de espera de meses.
Lleva una vida tranquila, está apartado del foco de los medios de comunicación (no le apetecía demasiado volver a salir en el periódico «contando los anécdotas de siempre») y aunque no quiere dar consejos recomienda que cada uno pruebe a cumplir sus sueños.
Charlamos en el puerto refugio de Hondarribia. Antes de despedirse el reportero se pone solemne. ¿Santiago, qué es la mar para tí? Sonríe y dice: «La mar es... la mar de grande. Es enorme físicamente, pero mayor aún en el otro sentido». Y se va rumbo al pueblo montado en una moto.
RAÚL GUERRA GARRIDO
Escritor
«Me dieron un cuchillo y me dijeron: si suben los piratas, defiéndete»
«Yo era un estudiante que embarcaba en vacaciones para ganar dinero. Un verano, al filo de 1960, me encontraba a bordo de un petrolero cerca de Omán. Las cartas de navegación ya avisaban que era una zona peligrosa por la aparición frecuente de piratas. Una noche escuchamos un ruido que hoy recuerdo como tan-tanes y el capitán, nervioso, nos repartió escopetas y cuchillos a toda la tripulación. A mí me dieron un cuchillo y me dijeron: si suben los piratas, defiéndete. Hicimos ruido, mostramos las armas, y los asaltantes se fueron, probablemente a un barco más fácil».
Lo cuenta con cierto pudor el escritor Raúl Guerra Garrido. «Es una historia que nunca he empleado en mis novelas pero que suelo relatar a amigos y que he recordado ahora cuenta de la historia del Playa de Bakio». Guerra siente una especial fascinación por el mar desde niño. Su padre era marino mercante, él embarcó de joven y luego conoció a muchos marinos de Pasajes, bacaladeros, arrantzales, de los que escuchó historias y anécdotas que pronto tradujo en literatura. «En aquellos años algunos patrones de pesca que faenaban en el otro lado del mundo eran como Ronaldinhos del mar, personajes valorados y reconocidos en su entorno, siempre con vivencias que contar».
Una de las novelas marineras más conocidas de Raúl Guerra es La mar es mala mujer. ¿Por qué ese título? «Es una recreación literaria de una frase que la gente de la mar repite hasta la saciedad: 'puta mar', suelen decir ellos», explica Guerra Garrido. «Pero quienes llevan el veneno de la mar en la sangre tampoco pueden vivir sin navegar. Lo pasan mal pero siempre vuelven».
¿Por qué? «Quizás porque quien haya vivido cuatro días de navegación con tempestad, sin avistar tierra, al límite, experimenta una intensidad difícil de sentir en cualquier otro ámbito», responde el escritor. «El mar es un no-sitio donde uno se siente autónomo: es un lugar donde, pese a los obstáculos, aún puedes sentirte libre».
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