Tras casi doce horas de largo y complicado descenso desde el campo III (7.400 m.), la expedición de Al filo de lo imposible alcanzó ayer el campo base. A las seis de la tarde -hora nepalí-, el campo base del Dhaulagiri era una fiesta. Los que estaban allí recibieron con abrazos a los componentes de la expedición que el pasado jueves lograron ascender a esta montaña de 8.167 metros.
Los protagonistas fueron la tolosarra Edurne Pasaban, Asier Izagirre, de Ibarra, el lemoarra Alex Chicón, el catalán Ferrán Latorre, el asturiano Nacho Orniz, el colombiano Fernando González, el ecuatoriano Iván Vallejo y Muktu, uno de los dos sherpas de la expedición.
Contactamos con Edurne Pasaban justo cuando comenzaba a cenar. «Llámame dentro de un rato que voy a cenar y me voy a tomar la Coca-cola que tengo merecida». Media hora después establecimos contacto de nuevo y nos contó la experiencia vivida en la ascensión al Dhaulagiri recién llegada al campo base. «Estoy muy feliz de estar aquí, en el campo base, después de haber pisado la cumbre del Dhaula. Son momentos que a veces no se pueden explicar».
- Su décimo ochomil...
- Sí. Es un número más. Pero sí, es cierto. Es a lo que habíamos venido. Iván venía a terminar con los 14 ochomiles y yo a por el décimo. Cumplimos el objetivo.
- Relátenos la ascensión a la cima.
- Nada más salir del campo tres nos encontramos con unas palas de hielo que nos sorprendieron. Poco antes de llegar a la famosa travesía estaba amaneciendo. La equipamos con 150 metros y la superamos. Pero lo sorprendente vendría después. Nos pusimos encima del plató y vimos que no había demasiada nieve, que había sido retirada por el viento, por lo que todo eran enormes placas de hielo. Por un lado nos favoreció porque facilita la progresión, pero sabíamos que el descenso iba a ser mucho más peligroso y complicado. El corredor de entrada a la cumbre estaba bastante complicado y con mucho hielo. La montaña nos ha sorprendido por la cantidad de hielo que tenía. En tramos había puro hielo..., casi sin nieve, venteada por el viento. Todo esto hizo que el descenso se complicara. Bajamos muy atentos.
- ¿Cómo se viven esos momentos cuando uno ya se da cuenta que tiene la cumbre al alcance de la mano?
- Comencé a vivir los momentos de cumbre cuando entraba en el corredor final y vi a Iván que alcanzaba la cumbre. Fue entonces cuando empecé a llorar de emoción. Me tuve que tranquilizar diciéndome a mí misma que todavía quedaba media hora para llegar, así que poco a poco fui ganando los últimos metros hasta fundirme en un abrazo con mis compañeros. Fue bonito y emotivo.
- En su e-mail hablaba de los momentos de cima, de recuerdos...
- Sí, porque fueron muchas cosas que te vienen a la cabeza, muchos recuerdos... Ten en cuenta que el Dhaulagiri fue mi primera montaña en el Himalaya hace ahora diez años. El Dhaula también es la montaña en la que más amigos he perdido. Ha sido una expedición muy emotiva porque hemos recordado mucho a Pepe Garcés, que murió en la expedición en la que yo participaba en 2001. El año pasado murieron aquí mismo otros dos buenos amigos, Ricardo y Santi. Ha sido una expedición muy especial, creo que para todos, porque Ricardo y Santi fueron compañeros de cordada de todos nosotros. Hacer la cima del Dhaulagiri y estar aquí ha sido especial para todo el equipo.
- ¿Cómo ha sido el descenso desde el campo III hasta el campo base?
- Salimos del campo III hacia las 6,30 de la mañana. Fue un descenso bastante largo y complicado, tanto del campo tres al dos como de éste al base. Teníamos que estar muy atentos porque el cansancio acumulado de estos días se nota en la bajada. Fueron casi doce largas horas lo que nos costó llegar. Como tú dices, una ascensión no acaba nunca en la cumbre, pero ahora sí se puede decir que ya hemos culminado la ascensión. Estamos ya en el campo base.
- Su amiga Gerlinde Kaltenbrunner hizo ayer con usted el Dhaulagiri, y con ello su undécimo ochomil. Le aventaja en uno...
- Cuando yo llegaba a la cima, ella comenzaba a bajar. Nos abrazamos emocionadas y lloramos juntas. La verdad que ha sido muy emocionante. Nos llevamos muy bien. Ha sido un encanto estar aquí con ella y compartir juntas, como el pasado año en el Broad Peak, los momentos de cumbre.
- Por lo tanto nada de rivalidad...
- En absoluto. Todo lo contrario, hemos llorado juntas y las dos disfrutamos de lo que estamos haciendo.
Ahora, con el Dhaulagiri a sus espaldas, a Edurne Pasaban le quedan cuatro ochomiles más por conquistar, el Manaslu, el Annapurna, el Shisha Pangma y el Kangchenjunga. A los alpinistas, montañeros, aventureros y viajeros les pasa que cuando ni siquiera han terminado una expedición ya están pensando en la siguiente.
Edurne Pasaban, también. «Espera un poco..., todavía no hemos aterrizado del Dhaulagiri..., pero sí, es cierto que ya estamos pensando en el Manaslu, al que iremos en otoño», nos decía Edurne. «De momento tenemos previsto salir de aquí el próximo lunes. En Katmandú hablaremos del permiso para el Manaslu y hacia el fin de semana queremos estar ya en casa».
Sobre las otras tres cumbres, de momento, no sabe nada. Lo único que quiere es tomárselo con tranquilidad. «Son montañas duras y las cosas tienen que ir poco a poco. Primero veremos cómo sale lo de otoño. La idea es hacer una expedición cada temporada y a ver si podemos terminar los catorce ochomiles», decía.
La alpinista tolosarra quiere hollarlos todos. «Tengo ganas de concluir, más cuando ya está tomada la decisión de terminar con el proyecto. Pero tengo que basarlo todo en la tranquilidad. Es algo ambicioso y hay que hacer las cosas pausadamente. Mira, por ejemplo, Iván Vallejo acaba de terminar ahora en el Dhaulagiri sus 14 ochomiles. Y me tengo que fijar en él, como un maestro, principalmente por su tranquilidad. Ha ido poco a poco y al final lo ha conseguido. Así que iremos poco a poco y ya veremos...»
Pasaban tenía claro lo que quiere hacer nada más llegar a Tolosa. «Pasear con mi sobrino Xabat, el hijo de mi hermano. Quiero reír con él. Parecerá mentira, pero todos los días que hablaba con mi casa desde el Dhaulagiri pedía que me pusieran con él, aunque todavía no sabe hablar... Es lo que más me ha emocionado en esta expedición. Ha sido como un gran empuje oírle. Aquí se reían de mí porque me decían que ni que fuese mi hijo».