Cuando las personas avanzamos en edad, y tenemos ya más de una experiencia de largas situaciones terminales de seres queridos, no podemos no pensar en nuestra propia muerte. Hace muchos años que vengo pensando y diciendo, de palabra y por escrito que, en esta era en la que la religión del cuerpo ha sustituido a la religión del espíritu, nos preocupa mucho mas cómo vayamos a llegar a la muerte que lo que nos pueda pasar después de ella.
La medicina moderna, y el avance de los hábitos de vida saludables, han logrado que vivamos más años y que estos años sean de más calidad. Pero los avances médicos también conllevan que el tránsito final sea más complejo y más prolongado hasta el punto que, una parte nada despreciable de la población, llegados a cierta edad y con dependencias físicas y psíquicas muy grandes, hayan perdido ya el gusto por la vida. No que estas personas deseen morir. En realidad, quieren vivir de otra manera, con una vida que no sea meramente física si no vegetativa, sino una vida moral, psíquica y social, aun con limitaciones físicas. No pretenden subir al Txindoki pero sí valerse por sí mismas y participar de la vida familiar y social. Poca, muy poca gente quiere morir, particularmente entre nosotros. De hecho, damos de las más bajas tasas de suicidios de Europa.
El problema es que, en la actualidad, seguimos focalizando la vida en su dimensión meramente física, (que no dé encefalograma plano, que el corazón siga latiendo, que mantenga las constantes vitales, etc.,) sin preguntarnos con el vigor necesario de las demás dimensiones vitales que, al menos a mí, me parecen tan importantes como las meramente físicas. El género humano es mucho más que su dimensión física. Hay que contar, también, con la dignidad humana en proceso de degradación física, el dolor inmenso de sentirse un estorbo, un problema para sus seres queridos, quién sabe si causa de desavenencias familiares graves. ¿Quién no conoce situaciones así? Pero, parece que cuenta mucho más la vida física que la moral, psicológica y sus secuelas en la vida familiar, lo que muestra una cultura de la vida muy limitada.
Sí, hace ya muchos años que ha llegado la hora de plantearse, con humanidad y respeto a las reflexiones de los demás, el tema de la salida de esta vida. Hay estadísticas que predicen que, de las mujeres que hoy, en Euskadi, ronden los cincuenta años, la mitad serán centenarias. Al hilo de esto me acordaba de la exclamación de un responsable de un puesto en La Bretxa, hace meses, conversando de estas cosas: ¡bendito infarto!
Si me preguntan que por qué saco hoy este tema les haré una pequeña confidencia. Este es mi artículo número cien en esta columna. Y, viendo el avance del tiempo, me decía que no quisiera morir a los cien años sino antes y rápido. Muy rápido. Y me acordaba de mi amigo de La Bretxa.