seychelles. dv. Cuando se ve a un viejo marino como Amadeo Álvarez, el patrón del Playa de Bakio, llevarse las manos a la cara y romper a llorar se comprende que en ese barco han tenido que pasar cosas muy dolorosas. De las que no se quiere ni se logra hablar. Este curtido hombre de mar gallego fue el único que bajó un momento a encontrar a la prensa, pero apenas pudo articular palabra. «Hemos recibido un trato vejatorio, pero no nos han agredido en ningún momento», musitó. «Doy las gracias a todo el mundo, al Gobierno, a la fragata, porque posiblemente sin ellos hubiera sido más difícil», acertó a decir.
Dentro de la nave cada uno lo ha llevado como ha podido, porque los tres días de regreso a puerto han sido muy duros, confían fuentes de la compañía. Al llegar a tierra la tripulación se ha acabado de derrumbar. Ayer sólo querían estar en casa cuanto antes. Sus familias también lo han pasado mal, pues apenas había información y las noticias de la prensa eran a veces contradictorias. Por esa razón, admiten en la empresa, hay cierto malestar hacia los medios.
Lo que pasó a bordo durante esos seis días, desde el domingo día 20 hasta el pasado sábado, lo van contando algunos de los trece miembros africanos de la nave, cuando van saliendo del puerto. El día del abordaje estaban cenando, parados, porque el motor había tenido una pequeña avería. Era ya de noche y apareció de la nada una lancha que los radares no detectaron. Disparó varias veces. «Una granada atravesó el barco de babor a estribor», cuenta Abdul Abdalá, de Madagascar. El barco tiene varios impactos. «En un momento, muy rápido, colocaron una escalera y se plantaron en cubierta». Eran ocho hombres, todos armados, algunos con lanza-cohetes. Pero no eran fornidos o temibles, sino «pequeños, finos», explica Hadin Yusuf, también de Madagascar. Tenían incluso hambre, y estaban nerviosos, asustados. «Nos amenazaban, te apuntaban con la metralleta en la oreja y te hacían la señal de rajarte el cuello», relatan. En un momento de tensión, el patrón intervino: «Dijo que, por favor, no mataran ni hicieran daño a nadie».
Luego les encerraron en el comedor y les robaron todo. Relojes, móviles, registraron los camarotes y se llevaron hasta la ropa. Julien, otro compañero, asiente. Los tres se fueron ayer a comprar alguna camiseta para cambiarse.
Estuvieron encerrados hasta las diez de la noche. Los piratas llevaron al puente al patrón, al capitán y al jefe de máquinas para poner rumbo hacia la costa de Somalia. Entretanto, aparecieron junto al barco otras dos lanchas de cómplices de los secuestradores. En total acabaron por subir a bordo unas veinte personas, según coinciden en señalar los distintos relatos. El resto de la tripulación fue obligada a meterse en sus camarotes, siempre bajo vigilancia de los asaltantes.
Sin noticias de la fragata
El Playa de Bakio amaneció enfrente de la costa somalí, aunque sus marineros no saben exactamente en qué punto. A esa hora, aunque ellos no lo sabían, ya había puesto rumbo a la zona la fragata española Méndez Núñez, que tardó en llegar unos cuatro días, según confirmaron miembros de su tripulación. No obstante, tuvieron que bajar antes hasta Mogadiscio, para recoger a miembros del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), y luego volver a subir, detallaron las mismas fuentes. Esa sea quizá la explicación a las informaciones oficiales equívocas sobre la fecha exacta de llegada del buque a la zona.
El atunero vasco estuvo siempre a unas dos millas de la costa, mientras el buque de la armada se mantuvo a unas 20 millas, fuera del campo de visión, para no alarmar a los piratas, afirman soldados del Méndez Núñez. Estaba muy reciente el desenlace del asalto al Ponant, el yate de lujo francés secuestrado dos semanas antes en Somalia y que terminó con una intervención de fuerzas especiales francesas tras el pago del rescate. Seis piratas fueron detenidos. El Gobierno quería evitar que los secuestradores pudieran temer una acción similar y perdieran los nervios. Es decir, los 26 marinos del Playa de Bakio nunca supieron que allí al lado había un barco del Ejército español.
Por otro lado, el barco tampoco se movió, como habían apuntado agencias extranjeras en los últimos días, ni ellos bajaron a tierra, un dato surgido de una confusión en una de las escasas comunicaciones de los rehenes.
El último día, los secuestradores hicieron varias llamadas telefónicas. Según asegura Jacob Akogo, de Ghana, 39 años, otro miembro de la tripulación, no llegó ninguna lancha para pagar un hipotético rescate, como ocurrió en el caso del Ponant. En aquella ocasión, una vez que tuvieron el dinero los captores abandonaron el barco. Pero esta vez nadie sabía lo que estaba pasando. Por la tarde, hacia las seis, empezó de repente cierta agitación y les dijeron a todos que subieran a cubierta. «Eran en ese momento unos ocho y nos apuntaban con sus armas. Nos ordenaron sentarnos en el suelo a los 26. Estaba anocheciendo y la situación era muy tensa. Creímos que nos iban a matar. Fueron veinte minutos terribles, no los olvidaré en mi vida. La gente se puso muy nerviosa, y ellos nos amenazaban», relata Akogo.
De improviso, los piratas comenzaron a subir a una lancha. «Uno de ellos nos dijo que si oíamos un disparo no nos moviéramos». Entonces comprendieron que se iban. Al cabo de un rato el Playa de Bakio comenzó a moverse. De repente en la oscuridad surgió un barco mucho más grande. Era el Méndez Núñez, que se acercó al ver el movimiento del atunero.
Una lancha con Infantes de la Marina y oficiales se acercó hasta ellos. «Sólo ahí nos sentimos seguros, fue una gran alegría. Doy gracias a Dios de estar aquí», concluye Jacob Akogo.