Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, y esto que salimos ganando. Porque el día en que la Humanidad se extinga de la corteza terrestre, si algo o alguien quedase en el universo para contarlo nos pondría a parir, a caer de un burro, de vuelta y media. Cuando cerremos faena, mejor que haya silencio en el tendido a que pitos, bronca y almohadillas.
De momento lo que reina es el silencio de los mamuts, sobre los que acabamos de enterarnos que desaparecieron hace unos 3.500 años a resultas de un cambio climático y con la puntilla que le dio el acoso depredador del Homo sapiens. Este descubrimiento científico en otro tiempo nos habría provocado un punto de orgullo por aquellos congéneres cazadores, pero a estas alturas de la Historia es inevitable que nuestra empatía y simpatía vaya hacia el mastodonte vegetariano: una de nuestras primeras víctimas.
Se supone que nadie hablará de nosotros cuando hayamos desaparecido, así que optamos por hacerlo nosotros mismos con perspectiva prospectiva. Tal es el caso del periodista científico Alan Weisman quien ha entrevistado a decenas de especialistas en ciencias aplicadas y naturales formulándoles esta pregunta: ¿cómo sería el día después si, de pronto, la vida humana desapareciese de la Tierra? El resultado de tal investigación se titula El mundo sin nosotros (editorial Debate).
Pues bien, inicialmente se produciría una verdadera hecatombe: inundaciones, gigantescos incendios, corrosión acelerada y derrumbamiento de estructuras, escapes radiactivos, desaparición de miles de especies animales pero alivio de otras que experimentarían un crecimiento exponencial. Desde los primeros días todos los paisajes antropizados del planeta se hundirían lenta pero inexorablemente en un fango espeso de vegetación, agua, hierro y cemento. (Esto me ha descubierto que no es exacta la afirmación de que nadie es imprescindible en este mundo: los currantes de mantenimiento sí que lo son; pero se les ningunea para que no pidan aumentos salariales.)
Y una vez transcurridos cientos de miles o incluso millones de años, ¿qué quedaría de la humanidad? La respuesta de los científicos desconcierta: plástico. Deberá pasar muchísimo tiempo antes de que surjan microorganismos capaces de biodegradar y hacer desaparecer esos sintéticos que consumimos con tanta alegría. Así que, leyendo el cuadro que pinta Alan Weisman, el mundo sin nosotros me lo imagino como un lugar bastante tranquilo sobrevolado por bandadas de bolsas de Eroski, de Carrefour, del centro comercial Mamut (¡qué ironía!), como pañuelos tremolantes dándonos un largo adiós.
Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Escucha el silencio de los mamuts: es un anticipo.