Berlín. DV. Josef Fritzl un ingeniero electrónico jubilado de 73 años, casado y padre de siete hijos y que era conocido en su pueblo como un hombre amable y amante de la pesca, confesó ayer ser el autor de un crimen diabólico que no tiene precedentes en la historia de Austria. El hombre, que fue detenido el sábado por la Policía, admitió haber mantenido encerrada a su hija Elisabeth en un zulo construido bajo el jardín de su casa durante 24 años, haberla violado sistemáticamente y haber engendrado con ella otros siete hijos, tres de los cuales nunca habían tenido contacto con el mundo exterior.
Josef Fritlz guardó silencio durante 48 horas, pero este lunes, el llamado monstruo de Amstetten como fue bautizado por el periódico Kronen Zeitung en alusión a su ciudad, decidió revelar a la Policía la doble vida que mantuvo durante casi un cuarto de siglo. «Mientras la hija, Elisabeth vivía un calvario sin fin recluida con tres de sus hijos en un cuchitril, el monstruo Fritzl vivía en la misma casa una vida de abuelo generoso», señaló el periódico.
En Amstetten, un pueblo ubicado a unos 100 kilómetros al oeste de Viena, los vecinos interrogados por la televisión austriaca, coincidieron en señalar que Josef era un hombre atento, bien educado y jovial. Con su esposa Rosamarie, de 69 años, tuvo, aparte de su hija Elisabeth otros seis, todos adultos y tenía fama de haber sido un padre ejemplar. El acusado fue trasladado ayer a la Fiscalía de Sankt Pölten, capital del Estado federado de Baja Austria, donde fue puesto a disposición de un juez de lo Penal.
La macabra historia salió a la luz cuando la mayor de los hijos encerrados, Kerstin, de 19 años, tuvo que ser hospitalizada por sufrir una grave enfermedad, que los médicos atribuyen a una degeneración genética típica de un incesto. Según informó ayer el médico que le atiende, Albert Reiter, la joven está en un estado «muy grave» en un coma inducido, y «sólo Dios sabe» si podrá sobrevivir.
Nadie sospechó nada
Nadie en el pueblo, ni siquiera sus antiguos inquilinos, sospechó que Josef Fritzl tenía una doble vida que ocultó cuando decidió encerrar, hace 24 años, a su hija en el zulo. En el mes de agosto de 1984, el hombre alertó a la Policía local sobre el desaparecimiento de su hija y un mes después entregó una carta, firmada por su hija, donde pedía que nadie la buscara. «Mi hija se unió a una secta», contó entonces Josef Fritlz.
La confesión de Josef Fritzl dejó atónitos a los encargados de llevar a cabo el interrogatorio. El hombre confesó ser el padre de los siete hijos nacidos en el calabozo subterráneo, que él mismo construyó para encerrar a su hija y admitió haber quemado en la caldera de calefacción de su casa, el cadáver de uno de ellos, un gemelo que nació muerto en 1996.
«El crimen sobrepasa todas las dimensiones, incluida las peores experiencias vividas por los agentes de policía», manifestó Franz Polzer, jefe de la policía de Baja Austria, al dar a conocer un resumen de la confesión del monstruo de Amstetten. «Este hombre estaba casado y tenía siete hijos, pero en el sótano tuvo otros siete hijos con su propia hija, tres de los cuales adoptó», añadió el funcionario.
«Es un caso criminal espantoso y que no tiene comparación en la historia del país», admitió, por su parte, Franz Pucher, responsable de la seguridad publica del estado de Baja Austria.
El jefe de la Policía de Baja Austria también confirmó que tres de los hijos de Elisabeth habían sido trasladados por su padre a la casa familiar y que posteriormente habían sido adoptados por el matrimonio. Los otros tres hijos de 5, 18 y 19 años, nunca abandonaron la cárcel subterránea hasta que Kerstin, la mayor, fue internada en un hospital. Fue entonces cuando el hombre liberó a sus dos hijos y le contó a su esposa que la hija desaparecida había regresado.
El psiquiatra Max Friedrich, que trabaja en el hospital donde están siendo tratados los tres hijos de Elisabeth Fritzl que han sufrido el cautiverio junto a élla están siendo sometidos a varias pruebas, sobre todo en los ojos y su piel. En el aspecto psicológico, Friedrich -fue el especialista que también atendió hace casi dos años a Natascha Kampusc- subrayó que no han podido «desarrollar ningún tipo del sentido de la comunidad que podrían haber obtenido yendo la escuela o jugando» con otros niños.
Según el funcionario, Josef Fritzl sostuvo ante su esposa y el resto de la familia que Elizabeth había desaparecido voluntariamente para adherirse a una secta donde dio a luz a varios hijos, tres de los cuales los dejó delante de la puerta de la casa de sus padres.
Las autoridades, junto con revelar detalles de la confesión de Josef Fritzl, también ofrecieron imágenes de la cárcel subterránea donde Elisabeth vivió los últimos 24 años. El acceso a la cárcel, ventilado con aire forzado, estaba oculto detrás de una estantería donde había una puerta de acero que se abría mediante control remoto con una clave, que finalmente el secuestrador facilitó a la Policía.
El zulo, de unos 60 metros cuadrados de superficie, solo tenía 170 centímetros de alto, tenía tres habitaciones, una pequeña cocina, un baño con ducha y carecía de ventanas. Estaba provista con un televisor y un aparato de radio.
Desde ayer y con la confesión del padre, la prensa austriaca se pregunta: ¿Como fue posible que una mujer y tres niños vivieran encerrados en una cárcel subterránea construida en medio de un barrio burgués sin que nadie sospechara algo extraño?.