No sé que me sorprende más, si el hecho de que un padre haya mantenido oculta a su hija durante 24 años y mantenido con ella relaciones incestuosas, que han dado lugar a seis hijos, o el tremendo desahogo social que significa darse por enterados a estas alturas.
Tanto la Policía austriaca como los vecinos y parientes de Elisabeth Fritzl dieron por buena la versión de su degenerado progenitor de que había desaparecido. Así que caso cerrado. También aceptaron que apareciesen de pronto tres hijos de aquella «para que los cuidasen, ya que no podía hacerse cargo». Es lo habitual, enviar al domicilio paterno a los chicos, de tres en tres, más o menos criaditos. Y no como en los tiempos de Moisés, en canastilla por el río, o en los más modernos de 'Marcelino Pan y Vino', abandonados a las puertas de un convento de monjas. Pareció normal. Cómo no, la exhibición de aquella otra chica austriaca, Natascha Kampusch, vienesa también como el vals vienés, que hablaba de su captor, después de ocho años, como de un buen amigo, dejando de lado el estupro, y sus inclinaciones pederastas.
Las dos se han mostrado al mundo más cerca de la mujer barbuda que de la patología de mentes torturadas y posiblemente impedidas para siempre a retroceder un estadio de normalidad. Tampoco en el caso de Natascha nadie en su entorno, ni familiar, ni vecino, mostró siquiera extrañeza por aquella criatura que incluso en alguna ocasión llegó a salir a la superficie con la intención de huir.
En el caso de Elisabeth, ya mujer y según la Policía con mayores cicatrices de las que debieran representar las heridas de su edad, quedan seis criaturas, de las que se ha dicho que cinco están perfectamente, o con mayor rigor, son normales, salvo una, de 19 años de edad, que ingresó por por un gravísimo episodio de ahogo, probablemente consecuencia congénita del incesto. O sea, de estos chicos nada hay que temer porque asumimos la bondad y la suerte de que ninguno, hasta el momento, haya ingresado ni el psiquiátrico ni en la UVI, ni en el cementerio, como a punto a estado de suceder con su hermana. De uno de ellos, no acierto a entender por qué, incluso se infería la normalidad porque «cuando veía la tele se reía».
Esta sociedad balsámica tiene esa capacidad de comprensión y tendencia al olvido. Observamos el cambio de humor de nuestro perro y proyectamos sobre el chucho nuestras sombras, pero nos parece natural lo extraordinario, sobre todo cuando es resultado de una perversión.
Con el 'nadie lo hubiera podido evitar, era un enfermo', integramos a los descerebrados en nuestro siniestro paisaje como las malas hierbas en un campo de alhelíes.