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RSS | ed. impresa | Regístrate | 29 agosto 2008

Política

ANÁLISIS
EL SÍMBOLO DE ARRASATE
26.04.08 -

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Lo ocurrido el jueves en el Pleno de Arrasate se ha convertido en una expresión patética del fracaso de la política democrática en Euskadi. La sombra de decepción es bien alargada y no hace más que acentuar una gran frustración social. Resulta incomprensible y decepcionante comprobar hasta qué punto los partidos democráticos no se ponen de acuerdo en respaldar una propuesta prepolítica, de defensa del derecho a la vida y de rechazo de las acciones terroristas. Se habrán podido cometer torpezas y precipitaciones en las negociaciones previas, se habrán gestionado las cosas mal o bien, pero la esencia del problema sigue siendo moral. Isaías Carrasco, vecino de Arrasate, fue asesinado el 7 de marzo. Era vecino del municipio y había sido concejal en este consistorio. Días después, ETA reivindicaba el asesinato y amenazaba a todos los militantes socialistas. La alcaldesa, de ANV, se ha negado a condenar este crimen y estas amenazas.
La incapacidad de responder a este silencio con una posición política común desde la democracia resulta un despropósito. Que a estas alturas este silencio salga políticamente gratis constituye una tremenda decepción. Pero la reacción más eficaz e inteligente tiene que darse en el terreno de la sociedad y de los valores, lejos de determinados exhibicionismos judiciales y mediáticos que pueden contribuir a enredar la situación. En ese sentido, la posición de los concejales de EB, Aralar, PP y EA -ayer corregida en parte en la junta de portavoces del Ayuntamiento de Hernani por parte de los dos últimos partidos- sume en la perplejidad, daña su imagen pública, confunde a sus bases y electores, traslada a la ciudadanía un mensaje negativo en el que el tacticismo y el regate en corto priman sobre los principios. El PP reconoció la «equivocación» por boca de Leopoldo Barreda, y el malestar en EB es evidente. Un grave retroceso que desmoraliza a las víctimas del terrorismo y los amenazados.
Es cierto que cada pueblo es un mundo, que hay factores locales y personales bien complejos, que en las localidades más pequeñas funciona el miedo, sobre todo en los bastiones históricos del radicalismo abertzale, incapaz de asumir el pluralismo vasco. Pero a la vez situaciones tan excepcionales como ésta permiten a todos retratarse.
El caso de Arrasate se ha convertido en un símbolo que ha rebasado por completo el ámbito local. Refleja una derrota de la que sacar lecciones. Es la expresión de la clamorosa necesidad de la reconstrucción de una estrategia democrática unitaria, de un nuevo pacto similar al de Ajuria Enea, que trace una frontera entre democracia y totalitarismo, y que evite estos errores. Es una cuestión de valores, de regeneración moral. La vuelta a los principios.
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