El problema es el Estado». Esta lapidaria frase fue pronunciada por Silvio Berlusconi unos días antes de que se celebraran las elecciones italianas que el líder de la agrupación de partidos Pueblo de la Libertad ha ganado al socialdemócrata Walter Veltroni, gracias sobre todo al avance de la extremista Liga Norte.
El principio ultra-liberal de que todo ser humano es una empresa en potencia está en la base del discurso político que le ha llevado a recuperar, de nuevo, el puesto de primer ministro. Por supuesto, un liberalismo que, a su vez y contradictoriamente, no tiene ningún inconveniente en cerrar las fronteras a la libre circulación de los seres humanos y fortalecer la política militarista para justificar una concepción patriótica de «su nación».
Frente al planteamiento socialdemócrata de que la esencia de cualquier persona es el conjunto de sus relaciones sociales y, por tanto, la necesidad de estructurarlas, el del liberalismo a ultranza preconiza la eliminación de todo tipo de mecanismos de mediación institucional, es decir la disolución del Estado; no se necesitan estructuras públicas - escuela, salud, servicios sociales o culturales- para gestionar las necesidades de la vida. Cada uno se arregla como puede; elige la formación de sus hijos dentro de la amplia oferta privada, cuida de su casa y calles con empresas de vigilancia, atiende su salud con médicos vinculados a corporaciones de seguros. Y así, sucesivamente, hasta conseguir la absoluta desaparición de los servicios públicos; incluso la venta del patrimonio artístico y monumental con tal de que el Estado abandone sus prerrogativas. El darwinismo social de la ley del más fuerte se impone sobre los principios de solidaridad, justicia o bien común. Se trata de ganar el máximo dinero, lo antes posible y pensando en el beneficio particular, para poder garantizarse la gestión de la vida sin la intervención del Estado.
En su libro La Modernidad líquida el sociólogo Zygmunt Bauman nos recuerda que el individualismo es una característica de nuestros tiempos; que el verdadero 'Estado' es el dinero y que las relaciones se miden en términos de costo y beneficio.
La disminución de la participación ciudadana en la gestión de los bienes comunes y la privatización del espacio público aparecen como consecuencia de esa creciente individualización de la experiencia. Como dice la campaña publicitaria de una conocida marca multinacional del mueble: «la casa es hoy tu república independiente» u otra de la industria automovilística: «el coche es el espacio vital al que tienes derecho».
En este sentido, en el universo post-político de Berlusconi la política pierde el sentido primigenio de su origen: el gobierno de la polis; y, en consecuencia, el estado se convierte en una maquinaria empresarial al servicio de los intereses particulares de los más fuertes o favorece la «supervivencia del más apto» como preconizaba Herbert Spencer en su defensa de la selección natural.