Real 0 - Nástic 0
Cambios Real
Novo por Aranburu (m.64)
Uranga por Garitano (m.75)
Delibasic por Díaz de Cerio (m.79)
Cambios Nástic
Miku por Adrián (m.76)
Arpón por Jandro (m.78)
Maldonado por Moisés (m.88)
Árbitro
Iglesias Villanueva (gallego). Mal. Amonestó a Uranga, Víctor, Abraham, Mingo y Buades
Incidencias
27.674 espectadores en Anoeta, 22.317 en la grada y 5.357 en la pista de atletismo, según el club. 27.870 euros de recaudación.
¿Qué motivos hay para volver dentro de quince días a Anoeta? Ésa es la pregunta clave, la que divide en dos a los aficionados. Por una parte están los que se hacen esa pregunta y por otra, los que ni se la plantean, los que van a ver a la Real porque es la Real, aunque les depare tardes de sufrimiento imposible como la de ayer.
A veces, como cuando ayer la grada pitaba a un equipo al que se veía sufrir de impotencia sobre el césped, dan ganas de pensar que sería mejor que el fútbol sólo admitiese a hinchas incondicionales. Pero el fútbol es grande porque es de todos y la Real necesita a toda su gente para los ocho partidos que faltan. Eso va a exigir un esfuerzo a sus aficionados.
A los convencidos ya los tiene a su lado, seguirán ahí pase lo que pase, pero ha llegado el momento en el que se va a demostrar que el fútbol no es un espectáculo, sino algo mucho más profundo. Que al campo no se va a disfrutar es una evidencia.La magia del fútbol hará que dentro de quince días, otras veinte mil almas acudirán a Anoeta con la esperanza de ganar y la certeza de que van a sufrir como condenados, que es lo máximo que la Real puede ofrecer a los suyos ahora mismo.
No importa, estarán ahí. Unos confirmando lo que ya saben desde tiempo inmemorial y otros curtiéndose en la verdad de este juego apasionante, en cuyas garras irán cayendo muchos a pesar de las decepciones y los partidos deplorables, como el de ayer. Sin embargo, cada domingo a las cuatro de la tarde un hormigueo recorre el estómago de Gipuzkoa y justamente eso es ser de la Real, aunque unas horas más tarde se salga maldiciendo del campo. Con razón.
Porque partidos como el de ayer dan motivos para maldecir y hasta para asegurar que uno no va a volver al campo jamás. Palabras huecas, porque todos estarán de nuevo en Anoeta para intentar ganar al Sevilla Atlético, un partido asqueroso que recordará que esto es Segunda con todas sus miserias. Pero otros veinte mil volverán a estar en la grada con toda su ilusión a cuestas.
Y eso a pesar de la evidencia de que el equipo está sumido en una profunda depresión de juego de la que no levanta cabeza desde hace semanas, antes incluso de empezar a perder. Ayer no perdió, pero lo pareció.
El partido fue una muestra masiva de impotencia. La Real no podía y eso se transmitía a la grada con una claridad meridiana. El equipo jugó agarrotadísimo, en un conflicto constante con el balón y con una falta de dinamismo alarmante en sus hombres de arriba, que condujo a la catástrofe de juego con la que se saldó el partido.
Lillo apostó por mantener a Garitano, Aranburu y Mérida en el eje central y no funcionó. Garitano, en quien recayó la responsabilidad de iniciar las jugadas, no es un especialista en esa suerte. Ese esquema dejó totalmente fuera de sitio a Martí, que a ratos aparecía casi de media punta y a ratos de extremo derecho. Perdido en ambos casos. Y Aranburu, tres cuartos de lo mismo, pero por el otro lado.
La principal consecuencia fue que el juego entró en un ritmo mortecino en el que es imposible sorprender a ningún adversario, pero buena parte de los problemas venían rebotados de arriba, donde Díaz de Cerio, Víctor y Mérida se solaparon en todas sus acciones, no ofrecieron nunca un apoyo sencillo al compañero que tenía el balón y cada uno jugó su partido.
Su movilidad fue nula y cuando los hombres de atrás recurrían al pelotazo ante la falta de otras opciones, ninguno de los tres tiene recursos para competir en ese tipo de juego. Especialmente frustrante fue, de nuevo, la actuación de Víctor.
De lo demás, sólo Castillo se salvo de la quema. Por el otro lado, Lillo sorprendió con la elección de Gerardo en vez de Carlos Martínez para un esquema que no juega con gente específica de banda y fía esa zona al largo recorrido de los laterales. Gerardo hizo lo que pudo, pero no fue suficiente.
Con esos ingredientes, la circulación del balón adquirió un ritmo cansino que exasperó a la grada, poco comprensiva con un partido que exigía grandes dosis de paciencia también por culpa delNástic, cerrado atrás a cal y canto. Al final, a la tremenda, la Real tuvo una oportunidad en un barullo indescriptible en el área del Nástic, que no se correspondía con el lánguido desarrollo del partido. Quizá, esa melé fue la única acción en la que la intensidad pareció máxima, lo que no deja de ser llamativo cuando lo que está en juego es nada menos que el ascenso.
El punto es escaso, pobre, rácano..., pero gracias, ya que tuvo que ser Riesgo el que se encargase de salvarlo con dos paradones. Pero es un punto, el 53 y la guerra sigue. Es imposible hallar consuelo en el juego que desarrolla el equipo en los dos últimos meses, pero también es imposible rendirse.
¿Por qué todo el mundo verá el partido de Málaga por la tele el sábado y volverá a Anoeta dentro de quince días? Porque juega la Real y eso trasciende más allá del espectáculo, el buen juego y demás zarandajas, y es un asunto de todos.