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RSS | ed. impresa | Regístrate | 21 julio 2008

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La nueva cara de la enfermedad

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La técnica del lavado de semen no ha sido el único programa para seropositivos incluido recientemente en las prestaciones públicas. Osakidetza ha operado también a cientos de enfermos para corregir las deformaciones faciales derivadas del tratamiento con antirretrovirales. La lipodistrofia, que se manifiesta en forma de alteraciones anómalas de grasa en todo el cuerpo, es una de las huellas más visibles del sida, un estigma imborrable hasta el verano de 2006, cuando los hospitales vascos empezaron a tratar este efecto secundario de la terapia con antirretrovirales. MikelMartín no ha escondido nunca la enfermedad, pero reconoce que, tras someterse a la cirugía facial, camina «con la cabeza más alta».
Activista incansable y miembro de la asociación de gays y lesbianas Ehgam, Mikel se presta a contar su testimonio, aunque prefiere no mostrar su rostro. No quiere dar «explicaciones» a nadie, se excusa este «superviviente» del sida, contra el que lucha desde hace más de quince años. La mejora estética en su cara es evidente. «Ha sido un subidón tremendo de autoestima. La lipodistrofia nos había obligado a modificar nuestra vida cotidiana. Es como si nos quedáramos siempre en tercera o cuarta fila, con miedo a ponernos delante dando la cara», se sincera.
La operación estética que le ha devuelto la sonrisa es muy sencilla y no entraña riesgos, asegura el cirujano plástico Alfredo Martínez Florez, responsable de la unidad en el Hospital Donostia. «Se realiza con anestesia local. Lo que hacemos es inyectarles un gel, el aquamid, que es antialérgico y totalmente compatible, para rellenarles los pómulos que han perdido grasa. A las pocas horas se van a casa y hacen vida normal. Luego pasan revisiones rutinarias y si hace falta se les vuelve a intervenir». De omento, las infiltraciones se aplican en el rostro, la única parte del cuerpo que no se oculta tras las ropa, y sólo para aquellos enfermos que acreditan dos años de empadronamiento en el País Vasco.
«No es un capricho»
El «éxito» de las intervenciones ha sido total, aunque su puesta en marcha no ha estado exenta de críticas, por ejemplo, entre quienes la consideran «un capricho estético» que la sanidad pública no debería sufragar. Martínez Flórez reniega de este comentario y defiende firmemente la intervención como parte del tratamiento contra el sida. «No es un problema puramente estético.
La lipodistrofia es como llevar un cartel en la frente, un estigma real que provoca rechazos en la sociedad». Mikel Martín mantiene la misma tesis: «La lipodistrofia es consecuencia de una enfermedad y la red sanitaria pública tiene que hacerse cargo. Su tratamiento ayuda a mejorar la calidad de vida del enfermo», especialmente, dice, en un mundo en el que prima lo estético. «Amí nome ha pasado, pero sí conozco compañeros a los que han tratado como delincuentes y que han sido rechazados en trabajos », asegura. Desde 2006, han pasado cerca de 600 personas por los quirófanos de los hospitales vascos, más o menos «la bolsa histórica» de afectados, por lo que las huellas de la lipodistrofia están prácticamente borradas –los nuevos antirretrovirales no causan este efecto secundario–. El logro es, por tanto, evidente, aunque costoso. Desde el punto de vista económico, las intervenciones rondan los 2.000 euros, pero «merece sin duda la pena», concluye el director del Plan del Sida, Daniel Zulaika.
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