Fernando y Esther, que se ocultan bajo nombres ficticios, se consideran un matrimonio con «suerte». Primero, porque él sobrevivió a los años más duros del sida, «cuando muchos de nuestros conocidos se quedaban en la cuneta». Y segundo, porque ahora saborean las mieles de la paternidad, un sueño convertido en realidad gracias al programa de lavado de semen de Osakidetza, al que accedieron nada más ponerse en marcha. «Nos habíamos informado antes en una clínica privada. Sabíamos de la existencia de la nueva técnica porque unos amigos con el mismo problema seguían un tratamiento de fertilidad en la privada. Pero ya iban por el sexto y séptimo intento y nada», cuenta Esther.
Ella logró el embarazo con la primera inseminación. El pequeño acaba de cumplir tres meses y en ese tiempo récord ha conseguido lo que ninguna terapia: salvar la condena del sida y mirar hacia el futuro. «Nos daba mucho miedo dar el paso, pero nuestro hijo ha sido sin duda el mejor regalo. Yo siempre decía que no iba a tener hijos, pero mira», confiesa Esther.
Después de cinco años de matrimonio y otros tres de noviazgo, la pareja se mostraba reacia a traer a un hijo al mundo. El «terror» a contagiarlo de sida podía más que cualquier deseo. La diabetes de Esther tampoco ayudaba a salvar las inseguridades, que guardan bajo secreto, ya que la familia de ella no sabe de la enfermedad de Fernando. «Pero mi marido me insistió mucho. Él ha pasado momentos muy duros. Tropezó en su juventud con las drogas, pasó por Proyecto Hombre y ahora está rehabilitado. La enfermedad le recuerda todos los días el enorme error de juventud que cometió. No es justo pagar tan caro por ello el resto de tu vida. Pero él ha tenido mucha suerte». Su hijo nació fuerte y sano.