WASHINGTON. DV. En la ciudad donde todo el mundo es alguien, esta semana sólo era alguien el que hubiera conseguido invitación para una fiesta del Papa. «Soy suficientemente modesto como para reconocer que en vez de a mí preferiríais tener aquí al Papa, pero en vez del sucesor de San Pedro os tenéis que conformar con el sucesor del Santo Al (Gore)», bromeó el vicepresidente Dick Cheney en la cena annual de los corresponsales de radio y televisión. «Me encantó charlar con él Papa», añadió después en el mismo tono. «Es difícil tropezar con alguien que guarda más secretos que yo».
Daba igual la religión, el Papa está de moda. No sólo porque tiene un iPod con música clásica, viste zapatos rojos -de Prada, según los rumores- y le reciben las masas como a una estrella de rock, sino porque a nadie se le ocurrió nada «más guay» que asistir a la fiesta de cumpleaños del Papa.
Una tenía toda la pompa de una cena de estado, prepara por George y Laura Bush en los majestuosos salones de la Casa Blanca, con un menú inspirado en la cocina austriaca en honor a los orígenes de Joseph Razintger, que el miércoles cumplió 81 años en Estados Unidos. Además de los 200 líderes católicos invitados por la familia presidencial para la cena de honor que se celebró en el Salón del Este, la lista de privilegiados incluyo al candidato republicano a la presidencia John McCain, la portavoz demócrata de la mayoría en el Congreso Nancy Pelosy y los jueces del Supremo John Roberts, Antoni Scalia, Anthony Kennedy, Clarence Thomas y Samuel Alito, que esa mañana se habían perdido los 21 cañonazos por estár en sesión -sus esposas fueron sin ellos-.
Pero, ¿era ese el sitio en el que había estar? A pocos kilómetros se celebraba otra fiesta de cumpleaños para el Papa en la embajada italiana, con la presencia de Plácido Domingo, el presidente del Partido Demócrata Howard Dean y algunos de los lobistas más famosos de la capital federal.
Todos se quedaron con las ganas de estrechar la mano del Papa y cantarle «Happy Birthday». El líder religioso apartó estoicamente todo el glamour y prefirió quedarse con una celebración más íntima que le organizaron los 300 obispos a los que había sermoneado previamente por sus malos manejos en el escándalo de los abusos sexuales. De ellos fue de quien aceptó el pastel de cumpleaños con la forma del Vaticano que le encargasen a la pastelera Leslie Goldman-Poyourow.