«Un día se acabó todo esto y vino todo el dolor». Reconoce el director Manuel Palacios que cuando la Dirección de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco le hizo el encargo de rodar esta película se asustó. Normal, estamos demasiado dentro del drama del terrorismo y sus víctimas son una incómoda materia sensible.
«Al día siguiente, tuve que ir a trabajar». Hay que reconocerle a Sin vendas en la memoria su honestidad, en la elección de unas víctimas de terrorismo que no se identifican con ninguna tendencia ni asociación y que mayoritariamente pertenecen al anonimato de aquellos años de plomo en que los crímenes de ETA eran cotidianos y los familiares de los asesinados, desatendidos.
«Me sentía como un marciano en mi entorno». Honestidad también en dejar hablar a quienes dan su testimonio, en permitir que fluya sin manipulación su dolor, su sufrimiento, su rabia, también su odio, su verdad.
«Aunque me lo pidieran, no les perdonaría». La entrevistadora Edurne Ormazábal, el realizador Manuel Palacios y todo el equipo de Sin vendas en la memoria ha intentado no hacerse notar. Los testimonios tienen tanta fuerza que no hace falta nada más. Y poco más se ha añadido, apenas las imágenes de una bailarina vendada que poco aportan pero que sirven de transición entre testimonio y testimonio.
«Que haya paz, de una puñetera vez». No entramos en si éste es el momento o la mejor forma de homenajear a las víctimas. Sí apuntamos que la visión de esta sincera película puede despertar en el espectador sentimientos de culpabilidad después de haber mirado a otro lado. Y de esto, y de escuchar al que sufre, se trataba.