Desde los fundadores del moderno pensamiento político republicano, -Maquiavelo, Rousseau, Jefferson, Tocqueville- pasando por las figuras de nuestro tiempo más conocidos a nivel internacional, -Hannah Arendt, John Dewey, Charles Taylor, Jürgen Habermas- hasta los últimos en incorporarse a esta lista de teóricos, como Philip Pettit, el republicanismo se ha entendido como la suma de garantías políticas que permiten el ejercicio de la libertad individual y la responsabilidad social en la gestión de los bienes comunes; su ideal fundamental es la emancipación que se construye sobre el principio básico de que somos ciudadanos de pleno derecho y no súbditos. Se trata, por tanto, de facilitar que las personas puedan gobernar sus vidas y tengan suficientes herramientas para tomar sus propias decisiones en libertad, sin coerciones, sin mediaciones autoritarias, en el marco de una sociedad con valores compartidos.
Una condición esencial de la democracia republicana es la participación política de los ciudadanos, mediante el sistema parlamentario y el derecho al voto, por supuesto, pero sobre todo a través de otras formas de intervención en el control de los gobernantes y el examen periódico del funcionamiento de las instituciones que nos gobiernan.
Por tanto, el principal enemigo del republicanismo no es la monarquía sino la neutralización de la política; el triunfo definitivo del individualismo pragmático y la pérdida del sentido primigenio de la política como medio para la gestión de lo común, de la res pública; es decir, el fin de la política.
Santiago López Petit en su reciente texto Politizaciones apolíticas publicado en la revista Espai en Blanc. Materiales para la subversión de la vida, escribe que la época global en la que vivimos es postpolítica porque en ella la acción transformadora queda interrumpida por el estrechamiento del ámbito de lo político -hay poca diferencia entre izquierda y derecha-, por la sensación de inutilidad de la política y por la disolución progresiva de lo común.
Es decir, el destino personal no se vincula al colectivo porque cada uno sólo resuelve sus propios problemas y, en consecuencia, el espacio público desaparece. Ya no luchamos en nombre del Derecho, como instrumento para el gobierno de lo común, sino por nuestros derechos, como culminación de la privatización de la vida.
Ser republicano, hoy, sería no tanto desvelarse por derrocar a la corona, sino empeñarse en repolitizar la experiencia a partir de nuestras propias vidas, asumiendo la función social que nos corresponde en la transformación de nuestras ciudades.