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RSS | ed. impresa | Regístrate | 18 julio 2008

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La conspiración conspiranoica

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La conspiración conspiranoica
Desde mañana y hasta el sábado, Valencia acoge el I Simposio Mundial sobre Teoría de la Conspiración (www.spectra.cat). Profesionales y aficionados analizarán, entre otros temas, las tramas secretas tras el síndrome del aceite de colza y el crimen de Alcasser, o quién es la mano negra que mueve los hilos de Al Qaeda y el terrorismo internacional. También habrá un lugar para la Historia con una conferencia sobre el contubernio judeo-masónico-comunista, que es al conspiracionismo internacional lo que las castañuelas a la música instrumental.
Se equivoca quien encasilla al conspiranoico como un espécimen más del universo friki, tan en boga hoy. Porque haberlos, haylos de muy diversa clase y condición. Desde un ex presidente del Gobierno: aquel que aseguró que el 11-M fue maquiavélicamente diseñado ni «en desiertos lejanos ni en montañas remotas»; un multimillonario, Mohamed Al Fayed, que acusa a la reina de Inglaterra de haber cortado los manguitos de freno al Mercedes de Lady Di; un caudillo convencido de que Los Simpson transmiten mensajes subliminales para derrocarle: Hugo Chávez; ecologistas que ven en los transgénicos una operación de intoxicación masiva; hasta profesores de filosofía como el famoso Nick Bostrom cuya teoría metafísica describe la Tierra como una gigantesca PlayStation construida por una civilización alienígena.
Uno respeta, e incluso envidia en lo que tiene de burlón, ese juego de interpretar la vida toda en términos conspirativos. Pero me fastidia que gente con imaginación y talento se exprima las meninges por determinar si el capullo de Paul McCartney es un usurpador (se especula que el verdadero murió en 1966) o que le siga dando vueltas a la supuesta falsedad de la conquista lunar, mientras les pasan desapercibidos los colosales gatuperios de los que estamos siendo víctimas con luz y taquígrafos: la confabulación del ladrillo que tiene a la clase media española demediada; el contubernio del liberalismo económico, que exige libertad de especulación cuando la cosa va bien y salvavidas de subvención cuando va mal; o el enjuague entre intermediarios que encarece los alimentos hasta límites insoportables.
Pero, sobre todo, alucino de que haya gente con más de 10 gramos de cerebro que aún no se haya enterado de que nuestra civilización está alcanzando el cenit del agilipollamiento colectivo.
Georges Orwell, el padre del Gran Hermano, lo expresó así: «Ver lo que hay delante de nuestras narices requiere una lucha constante».
Todo lo cual me hace dudar si el «conspiracionismo» no será una conspiración urdida por la mano que mece la cuna.De momento yo desconfío: sobre todo de los que hacen cuestión de fe de la desconfianza.
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