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RSS | ed. impresa | Regístrate | 7 septiembre 2008

TV y Comunicación

CRÍTICA DE TV | José Javier Esparza
Moriscos

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Cuatrocientos años después de la expulsión de los moriscos, los musulmanes que se quedaron en España en 1492 y que fueron expulsados tras un largo proceso que terminó en 1609. A propósito de la efeméride, los descendientes marroquíes de aquella gente han pedido que se les «devuelva» la nacionalidad española, así como otras reparaciones «morales»; petición apoyada por los actuales musulmanes españoles. La 2, siempre sensible con estas cosas, ofreció este domingo en 'Crónicas' un reportaje de apoyo: 'Los senderos de la nostalgia', firmado por David del Puerto y con guión de Carmen Corredor. En él, había una toma de posición previa: hay una minoría extranjera que hace una reclamación a España y hay que prestarle cariñosa atención. ¿Por qué? Por una convicción implícita de que España es culpable. Por eso debe atender con humildad cualesquiera reclamaciones de cualesquiera personas avasalladas por la criminal furia española en cualesquiera momentos de nuestro oscuro pasado.
En realidad, el problema no está en que los moriscos pidan tal o cual cosa, sino en que los españoles creamos que todo el mundo tiene derecho a pedir compensaciones. Lo prodigioso de la 'leyenda negra' antiespañola es que sobrevive gracias a los españoles, que somos los únicos que nos la creemos. «Fuimos expulsados por una débil razón», decía a las cámaras Otman Sordo, prototipo de morisco elegante y educado. Entonces, La 2 tenía que haber recurrido al 'flash-back' y explicar porque fueron expulsados. Habría sido el momento de contar la rebelión de las Alpujarras y que hizo falta un ejército traído de Italia para sofocar la sublevación morisca de 1568-1571; en la insurrección llegaron a participar unos 25.000 moriscos, que encima acabaron matándose entre sí. Los insurrectos contaban con financiación argelina y turca. Aún así, no se expulsó a los moriscos en aquel momento, sino que a unos se los asentó en otros lugares. Fue después, al enquistarse la diferencia religiosa como un problema político, cuando se decretó la expulsión. Hoy podemos juzgarlo más o menos justificable. Lo que no podemos pensar es que nuestros antepasados eran un pozo de violencia racista e intolerancia étnica, porque no es verdad.
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