san sebastián. DV. En 1958, que se cumplía el centenario del año mariano, se ordenaron en Lourdes 40 sacerdotes, el curso más numeroso que ha habido en San Sebastián. Como dice el Eclesiastés, todas las cosas tienen su tiempo bajo el cielo. Así que 50 años después de su ordenación, hoy es el momento en que se dan cita en San Sebastián 26 de esos sacerdotes más otros seis religiosos para celebrar sus «bodas de oro» en la iglesia del Seminario, donde a las 12.00 del mediodía se llevará a cabo una eucaristía presidida por el obispo. DV tuvo ocasión de conversar con algunos de ellos sobre la vida, la esperanza y el misterio de la fe.
DANIEL ESKISABEL
Párroco de Alegia
«Lo importante es trabajar en equipo»
Eskisabel ha trabajado principalmente en el mundo rural y ha sido un gran impulsor de la iglesia en en este área. En su caso, la decisión de hacerse sacerdote estuvo influida por «un ambiente familiar cristiano». Era un tiempo en el que «estaba bien visto y había muchos seminaristas». Al final de la adolescencia supo que éste era su camino. Su primera labor como párroco la desempeñó en Zizurkil en 1959, en la parroquia de San Millán, donde pasó 4 años. Pero donde dedicó la mayor parte de su actividad parroquial fue en Amasa, Billabona, a la que dedicó 25 años. «Después enfermé, con una angina de pecho, y pasado un año, volví a la labor pastoral en Antzuola, donde estuve 10 años, de allí a Legorreta, otros 5 años, y aquí llevo otros cinco (en Alegia)».
Eskisabel divide su vida sacerdotal en dos partes: hasta el año 80, «mi dedicación se centraba en la acción católica rural». Entre las tareas que llevaban a cabo estaban las reuniones con jóvenes, donde se trataba de evangelizar a partir de una metodología que llamaban «ver, juzgar, actuar», desde el punto de vista de la fe. «Se trataban los casos vitales de unos jóvenes, los analizábamos desde el punto de vista religioso, tratando de reflexionar, ser críticos, y después el compromiso, que era muy importante». De esta manera, «conseguimos muchos jóvenes comprometidos, y fue una época muy valiosa en mi vida sacerdotal».
Después trabajó en una cooperativa de servicios para los agricultores, donde llevaba «toda el trabajo administrativo, de contabilidad». Solía visitar al mes unos 40 caseríos, recogiendo datos y cifras, porque «se trataba de humanizar un poco la vida de los caseríos pero con un mínimo de rentabilidad (una cosa no quita la otra)».
A partir de 1980, ya vino un trabajo preferencial en las parroquias. El concilio Vaticano II «trajo mucha renovación y había que adaptarse a los cambios, todos para bien».
Si algo le ha enseñado la vida sacerdotal, confiesa Eskisabel, «es la importancia del trabajo en equipo, y la participación de los laicos, para que no seamos tan mandones, y tomemos juntos las decisiones».
IMANOL ALDAREGIA
Párroco de Tolosa
«Amar sabe aquél que ha amado»
Imanol Aldaregia ha sido secretario general de la Diócesis de San Sebastián durante 21 años. Cuenta que a él nadie le aconsejó hacerse sacerdote, «ni siquiera fui monaguillo». Pero desde pequeño «tenía una cosa de querer acertar en la vida». Su gran afición era ser mecánico, pero cuando iba a cumplir los 14 años dudó... «¿será este mi camino? ¿O no será mejor que yo.. ?», se preguntó. Confiesa que desde pequeño «ya tenía una conciencia de que no estaba sólo, alguien estaba conmigo, era un sentimiento, tenía una cierta amistad con Jesús, para mí era alguien».
Cuando Aldaregia se ordenó sacerdote, «cada uno sacaba un recordatorio y en el mío escribí: una vez para siempre, cura». Y lo cierto es que así ha sido. Pero no cree que sea mérito suyo, ni de nadie, sino de Dios. «Nuestros méritos son la misericordia de Dios, de verdad. Recuerdo que una vez un amigo, mayor que yo pero amigo, me dijo que al final en la vida uno descubre que alguien te lleva, parece que te coge de las orejas y te va empujando».
Su primer destino fue Lazkao, donde pasó trece años que recuerda con nostalgia. «Yo entonces no tenía despacho, pero la calle era mi despacho, el trato con la gente me encantaba». Posteriormente, fue destinado a Ordizia, otros siete años. Y estando allí, José María Setién me llamó para ocupar el cargo de secretario general de la diócesis, donde estuve 21 años. Pedí un año para retirarme, pero a los seis meses el obispo me dijo que había una necesidad en Tolosa, y aquí estoy desde 2001».
«Jesús despierta unos deseos de ser generosos, de solidaridad, de sentirnos más hermanos. Lo matan, lo traicionan... Cuando uno ve que termina así... ahí está el salto de la fe, a pesar de todo, vive, ha resucitado, y eso, amigo mío, es un gran misterio». A los jóvenes les aconseja que se fijen sobre todo en la figura de Jesús, porque él dijo «quien me ve, ve al padre. Cuando se le quita a Dios de la mente, el hombre se encuentra con el vacío, con la nada. Cristo trasciende el tiempo para salvarnos y da un sentido a la vida». Según Aldaregia, la fe «es oscura, pero muy segura, más que la ciencia. Lo que hace falta es tener confianza, porque, como decía San Agustín, Dios está más dentro de tí que tú mismo».
PABLO LETONA
Ayudante en Eskoriatza y Aretxabaleta
«Elijo ser soñador antes que negativo»
Pablo Letona, que entre otras cosas, ha sido profesor en la escuela de Arrasate durante 40 años, ha ejercido una importante laboren el ámbito cooperativo. Confiesa que decidió hacerse cura por un maestro que tenía en la escuela de Eskoriatza, que estaba bastante empeñado en que algunos fuesen al seminario. Letona cuenta que «me habló a mi y a otros dos, calentándonos la cabeza, y por fin, me convenció. Esto sería a eso de los once años, con que más que sentir una vocación, era por la novedad, el futuro». Sería más adelante cuando reflexionó en serio sobre la vocación. «Tendría entre los 18 o 19 años cuando me lo planteé seriamente. Para entonces ya sospechábamos que esto de ser cura iba ser bastante duro, pero de todas formas no hay una razón. Creo en el espíritu».
Su primer destino fue Bedoña, en Arrasate. No estaba muy satisfecho y tuvo que decidir si a sus 24 años «podría estar en un barrio de cien habitantes, porque sí, hacía cosas, pero pocas. Y ya había curas, diría que demasiados». Entonces fue cuando José María Arizmendiarrieta, que es quien comenzó con la cooperativa y la escuela, «me llamó, y me dijo: necesito un profesor de religión». Poco a poco, fue entrando en el mundo cooperativo y «me llevó a hacer, apasionadamente, un montón de cosas a lo largo de 40 años».
En cuanto al movimiento secularizador, asegura que le afectó «para mal y para bien: unas veces uno se sentía un poco desplazado, otras veces te hacían pensar, pero me ha servido mucho para renovarme constantemente. Siempre digo que empecé a estudiar Teología cuando terminé la carrera, cuando más o menos me di cuenta de que lo que yo había estudiado no me servía para mis clases. Entonces, leí, estudié y me hice autodidacta».
Desde la sabiduría que otorgan los años, Letona confiesa que se ha dado cuenta de que «la gente es mejor de lo que yo suponía. Y mejor de lo que la mayoría supone. Yo veo una capacidad de entrega enorme en las personas, creo que muchos se preguntan cosas que no tienen respuesta, pero que se lo pregunten ya es mucho». Quizá por eso algunos le tachan de soñador, «pero mira, prefiero ser soñador y no negativo».
En cuanto a la actual crisis de vocaciones o nuevos sacerdotes, Letona se mantiene muy optimista. «Esto nos va a venir bien para que de una puñetera vez empecemos a hacer algo y decidir quién va a hacer qué. Muchas veces pedimos que la gente ayude, que se comprometa, pero creo que sin darnos cuenta lo que hacemos es pedir monaguillos, nos hemos acostumbrado a mandar».