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RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 23 agosto 2014

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Fallece a los 86 años Elías Amézaga, el estudioso de los escritores vascos

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SAN SEBASTIÁN.DV. El escritor Elías Amézaga Urlézaga falleció en la mañana de ayer en su domicilio de Getxo, a los 86 años de edad, fruto de una larga enfermedad, según informaron sus allegados. Nacido en Bilbao el año 1921, era autor de más sesenta libros, dramaturgo reconocido y ensayista, y había dedicado gran parte de su vida al estudio de escritores vascos. Era licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo.
Fue colaborador literario en sus años de estudiante en Hierro de Bilbao y La Voz de Asturias de Oviedo, así como más tarde, en Deia, La Gaceta del Norte, EL DIARIO VASCO, La Hoja del Lunes de Bilbao, El Correo, Diario 16, Egin, Muga, La Voz de Vizcaya, Boletín de la Institución Sancho el Sabio, Arbola, Pérgola, Letras de Deusto, Historia Contemporánea, Kultura, El Mundo del País Vasco y El Periódico de Alava.
Gran parte de su vida la pasó retirado en su casa-torre de Getxo o recorriendo archivos, bibliotecas y hemerotecas por Madrid, París, Amsterdam, Coimbra, Salamanca o Simancas, siempre buscando datos para sus estudios.
A Elías Amézaga le interesaron los temas tabú, los personajes contravertidos, las situaciones por resolver de la historia, su otra cara, la oculta, la que da cauce a la intuición, incluso a la adivinación como posible descubrimiento la realidad. Sus ensayos políticos se situaban en medio del campo de batalla de las banderías, procurando en todo momento salvaguardar su independencia.
No rehusó temática alguna, de ahí que se atreviera a culminar, tras más de 25 años de investigación, una bio-bibliografía titulada Autores Vascos, donde escribió sobre más de 12.000 autores, con sus nombres y apellidos, una mínima biografía de muchos de ellos y las referencias bibliográficas de los mismos, un esfuerzo que le convirtió en el autor que más ha escrito sobre escritores vascos.
Veraneos en Donostia
Nació en Bilbao el 9 de agosto de 1921, hijo único de una familai acomodada. «¿Qué recuerdo de mi infancia? que era un golfo, pero un golfo tremendo», comentó el propia Amézaga en una entrevista publicada hace seis años en DV.
De sus años infantiles, el escritor recordaba con especial cariño los veranos que pasó en San Sebastián. «Yo estaba muy mimado porque vivía con dos tíos solteros, hermanos de mi madre y por si fuera poco, en Donostia tenía a mis dos padrinos, que tampoco tenían hijos. Me llevaban todos los años a pasar el verano en un chalé de Ategorrieta».
Como para tantos otros, la Guerra Civil supuso un jarro de agua fría para Elías. «Lo pasamos muy mal -evocaba- porque mi padre era muy de derechas y además, había sido alcalde de Balmaseda. Un día apareció en primera página del periódico la lista de personas a las que habían requisado los bienes y allí, en primera fila, aparecía José María Amézaga Aguirre. Para engañarme, me dijeron que no era mi padre, que era otro».
Hay dos nombres que influyeron especialmente en la obra y figura de Amézaga, Jorge Oteiza y Michel Ghelderobe. Oteiza, a quien consideraba «imprescindible para todo vasco», se le acercó tras el estreno en Madrid de una de sus obras teatrales, El inventor de la luna. «Me aconsejó que no siguiera perdiendo el tiempo en Madrid y me marchara al monte para seguir escribiendo. Le hice caso. Compré una torre en el monte, me dediqué a escribir y ya tengo unas cien piezas de teatro», contaba en 2002.
Menos conocido para nosotros es Ghelderobe, fundador del teatro de la crueldad, junto con Antoine Artaud, a quien Amézaga consideraba su maestro. «Me marcó mucho. Era un hombre enfermo, fumaba en pipas de kif, vivía en una habitación y se sentaba en una estola de sacerdotes. Tenía todo aquello lleno de cachivaches y flores artificiales, y estaba servido por una criada y por su esposa. Aquel hombre, con el que sólo estuve tres días aunque mantuvimos correspondencia hasta su muerte, tuvo la gentileza de ofrecerme un contrato en exclusiva para la explotación de todas sus obras».
Prolífico autor, su trayectoria fue distinguida con el Premio Manuel Lekuona por Eusko Ikaskuntza en 2005, un año antes de que se entregara a la también recientemente fallecida Menchu Gal.
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