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RSS | ed. impresa | Regístrate | 11 octubre 2008

Cultura

ANÁLISIS | abraham amézaga
Elías

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Se ha ido uno de los vascos que más han hecho por la cultura de su pueblo, un vizcaino ejemplar y generoso. Se ha ido Elías Amézaga, mi maestro y el de muchos, en la soledad de su casa-torre de Getxo, tras una larga enfermedad. Injustamente olvidado desde hace tiempo, por esas instituciones que presumen de su label vasco a los cuatro vientos, por multitud de colegas que durante años envidiaron que mi abuelo pudiera vivir desarrollando su pasión, las letras, sin necesidad de un trabajo paralelo que lo sustentara.
Antes que él, nos dejaron algunos de sus amigos de primera hora, como Luis de Castresana, Jorge Oteiza, Federico Krutwig, Miguel Pelay Orozco, Javier Bello Portu, Mario Ángel Marrodán,... otros tantos vascos ejemplares.
Elías Amézaga fue el primero en trazar el más detallado diccionario sobre escritores, Autores vascos. No era un diccionario al uso, sino aquél que incluía la relación bio-bibliográfica más completa jamás realizada. Lo que en un principio parecía labor de pocos años le ocupó décadas: diez voluminosos tomos con las fichas de más de doce mil hombres y mujeres, publicados entre 1984 y 1996, amén de los cuatro tomos de Los vascos que escribieron en castellano (1977-1993) y de haberse ocupado de estudiar en todo detalle a Miguel de Unamuno, Lope de Aguirre, Sabino Arana, José Antonio Aguirre, José María Salaverría,... personalidades de tendencias políticas dispares.
«Vete a Madrid, Elías, y sigue escribiendo teatro, que es lo tuyo, y olvídate de esa ingrata tarea recopilatoria y biográfica, que jamás te la agradecerán», le repetía más de uno de sus próximos. No hizo caso y siguió escribiendo y escribiendo, los siete días de la semana, sin descanso; relegando el teatro a un último plano, para el que ya no habría tiempo. Además, nunca se afilió a partido alguno, ni a asociaciones o foros. Él estuvo convencido de que la pluma y la palabra eran suficientes, y que lo mejor que podría aportar a la cultura y sociedad en la que le había tocado vivir, aunque he de reconocer que en los diez años que colaboré con él, como su secretario personal, jamás recuerdo que recibiera una llamada de aliento, de ánimo.
Dos entes culturales de primer orden, la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza, fueron las únicas en reconocer la dimensión de todo su esfuerzo, nombrándole la primera socio emérito y entregándole la segunda el Premio Manuel Lekuona, en 2005; junto al Ayuntamiento de Bilbao.
A pesar de ello, siento decirlo, pero Euskadi no se ha merecido tener en su seno un hombre como Elías Amézaga, por haberlo olvidado y no haberlo apoyado lo suficiente en su labor en pro de la difusión de la cultura vasca escrita en castellano, en estos últimos años. ¿O acaso ésta no es vasca? Y no lo digo con pasión de nieto, ni con despecho, sino desde el silencio. Ahí están los hechos para demostrarlo.
Aún lo recuerdo hace pocas semanas cómo se agarraba a la vida, porque es lo único que conocemos, a pesar de su acusada debilidad y de haber escrito años atrás ensayos como Sonata fúnebre (1963), Morir, ¡qué tentación! (1963) o Consejos a un recién muerto (1966); postrado en su cama, rodeado de libros. Y solo.
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