SAN SEBASTIÁN. DV. «Ya habrá tiempo para hacer análisis. Es el momento de dar el último empujón, de conjurarnos todos para que esto salga adelante. Todos unidos por la misma causa». Comentarios como éste escuchado en los aledaños de Illumbe al término del partido ante el Melilla podrían resumir el sentir de muchos de los aficionados del Bruesa. El último tramo de temporada no está siendo tan brillante como podría serlo. Es un hecho sobre el que existe consenso, sin que ello anule la esperanza de brindar un cierre exitoso. Porque plantilla con mejores nombres en la LEB es difícil de encontrar.
Pero tras la tormenta de Los Barrios ha llegado más tormenta. En el Bruesa se ha instalado la sensación de derrota, y las constantes vitales caminan hacia el encefalograma plano. Sean la escasez de fuerzas, la acumulación de partidos, el cansancio físico y mental o las virtudes del rival, lo cierto es que el Bruesa se está alejando demasiado de sus señas de identidad baloncestísticas. Está instalado en ese punto en el que necesita más recuperar el mordiente que ganar partidos porque sí. Puede que hasta no sea demasiado importante incluso el dejarse algún partido por el camino en las cinco jornadas que restan para terminar la liga regular. Porque ni perdiendo todos cedería el factor cancha a favor en la primera eliminatoria. Eso que lleva por delante.
Preocupa que sus mejores prestaciones hayan decaído justo en el momento más importante de la temporada, pero todavía más que siga sin vencer el temor al fracaso. El Bruesa transmite más sensaciones de desasosiego que de seguridad, pero por suerte en el baloncesto no hay nada definitivo. Nada es inamovible. Volverá a salir el sol. Su estado de ánimo es cambiante. Desgraciadamente, el equipo guipuzcoano no disipó las dudas ante el Melilla y volvió a perder. Más que acabar segundo o quinto, aprieta la obligación de ahuyentar los fantasmas del fracaso y encontrar cuanto antes el juego y la solidez que le permita encarar con garantías el play off. No hay otra. Es hora de rescatar el espíritu de octubre-noviembre, aquel tramo de liga en el que se ganaron ocho partidos seguidos. Aquel tramo en el que se jugaba de atrás hacia adelante. De la defensa al ataque. Es el espejo en el que mirarse ante la situación de riesgo. Apremia el recuperar el juego. Y es que llegar a la ACB por el camino más largo lo consiguen no sólo equipazos; también grupos homogéneos, sólidos, en los que ante todo cada uno tiene las ideas y responsabilidades marcadas a fuego. No hay que remontarse muy lejos para recordar los ejemplos del Manresa o el propio Bruesa en las últimas temporadas. Los dos acabaron quintos la liga regular y terminaron ascendiendo. Ahora mismo, poco cambia enfrentarse en la primera ronda del play off al Melilla, a Los Barrios o La Laguna, por citar a los que pugnan por las últimas plazas de play off.
Es tiempo de rearme moral y unidad. A nada bueno conduce el perder los nervios. Quizás no pueda cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar sus velas. Porque este equipo ha demostrado que sabe mimar el juego, aunque ha mostrado a la vez una misericordia impropia de un profesional, en quien debe imponerse el instinto depredador. Está a tiempo de recuperarlo. No estaría de más empezar por sellar las grietas atrás.