No he conocido a un realista como el tío Conrado. Era socio de toda la vida, tenía el carné cuarenta y tantos, y nos dejó la víspera del partido. Se fue deprisa y sin ruido. Seguramente por no molestar ni siquiera en ese momento. Hubiera visto el choque de Vigo con la ilusión de siempre y la distancia que sólo poseen los que lo han visto todo en un campo de fútbol y saben que no hay plazo que no se cumpla, que todo es relativo. Después hubiera hecho su juicio con tanta bondad como cariño. El tío no prestaba demasiada atención a las voces huecas y a los desafíos a la verdad y a la cordura que hoy nos rodean. Yo creo que era consciente de que nada es eterno y que el orgullo desatado, el afán de estar por encima de todo y de todos, sólo conduce al ridículo. Pero dudo de que hubiera llegado a decirlo en voz alta. Era de los que por no hablar mal, prefería estar callado.
Seguramente ayer se habría ilusionado durante una hora y le habría disgustado ver a su equipo desordenarse después y correr riesgos innecesarios en la media hora final. Pero al rato estaría buscando, y encontrando, una lectura positiva y esa sonrisa pícara que le hacía los ojos txikitos le volvería a salir a la cara. Esto es fútbol y el ascenso sigue estando ahí. A mí, que no tengo ni su serenidad ni su conocimiento, el partido me recordó otros en los que la Real se quedó sin premio. Durante una hora fuimos un equipo de Primera, que se dejó hacer gol por un defecto de marcaje en un córner, y volvimos a Segunda cuando perdimos el control del centro del campo y empezamos a llegar tarde a demasiados sitios.
Al menos los resultados fue ron benévolos y hemos superado sin daño un partido comprometido. Quedan nueve más y la ansiedad va a seguir creciendo a medida que nos acerquemos al objetivo. No seré yo quien eche leña al fuego. Espero haber aprendido algo de Conrado. Un hombre bueno al que ayer encargaron unos recordatorios con la imagen del estadio y el escudo de la Real. Goian bego.