SAN SEBASTIÁN. DV. Venerado por unos, odiado por otros, lo cierto es que Herbert von Karajan (1908-1989) no dejó ni deja indiferente a ningún melómano. Unos hablan de un ego que alcanzaba cotas casi inimaginables en el mundo de la música clásica y otros le califican de visionario por ser un adelantado a su epoca y saber apreciar la importancia que el CD y el DVD iban a tener a partir de la década de los 90.
José Antonio Echenique, director de la Quincena Musical, se sitúa entre los que le profesan una profunda admiración, no en vano entre 1972 y 1981 viajó para verlo en plena faena veinte veces. Incluso un año, entre abril y octubre, acudió a cuatro conciertos con el gran maestro, «aunque desgraciadamente nunca tuve la oportunidad de estar con él porque era muy innacesible. Intenté buscar un autógrafo o un saludo pero era imposible». Lo recuerda como un director con mayúsculas, un gran profesional, «y un hombre muy al día». Destaca la gran colección de discografía y la visión que tuvo de entender el adelanto que iba a suponer el mercado audiovisual, «se rodeaba de los mejores productores de televisión para grabar los conciertos». También destaca su obsesión por la perfección en las grabaciones. «Para su época era muy atípico porque se ocupaba de todo el producto desde el principio hasta el final», señala.
La primera vez que lo vió fue en 1972 en un Réquiem alemán de Brahms y la última en el 82. «Le pasaba lo mismo que a los tenores, tenía muchísimos seguidores cuando no era tan habitual entre los directores. Antes de coger la batuta ya le estaban gritando bravos. En Salzburgo, donde le adoraban y donde creó su Festival de Pascua, en un concierto donde dirigió un Bolero de Ravel que fue grandioso, para cortar los aplausos, una vez que los músicos ya se habían ido, salía con el abrigo y la bufanda como diciendo que pararan ya. Era una especie de ídolo».
Entre los que veneran a Karajan también se encuentra el director general de la Orquesta Sinfónica de Euskadi, Iñigo Alberdi, «sin ninguna duda. Su calidad como director es incuestionable, pero la labor que hizo por la divulgación de la música es impagable».
Jon Bagüés, director del Archivo Eresbil, no se decanta: «Soy lo más contrario a alimentar la divomanía, por lo que creo que es necesaria la distancia histórica para recolocar su figura en el tiempo. Ni venerado ni odiado, me contentaría con poder explicarlo».
El director de Estudios Orquestales de Musikene y clarinetista José Luis Estellés entiende que «el caso Karajan produzca tal división de opiniones, pero yo no puedo juzgarlo apasionadamente ni de forma global: hay aspectos a los que doy un gran valor y otros que no me gustan tanto» .
Características especiales
Pero, ¿qué tenía Karajan para haber logrado convertise en un mito con una batuta en la mano?
Jon Bagués señala que «no creo equivocarme si digo que se encontraba en el espacio concreto en el tiempo justo. En mitad de una Europa destrozada por la II Guerra Mundial y necesitada de sueños inofensivos para olvidar sus pesadillas. Pero además de ello, sin duda tenía unas magníficas cualidades como músico y líder».
Una opinión similar tiene Estellés quien señala que Karajan siempre quiso llegar a lo más alto. «Tuvo un gran deseo de estar allí: su filiación política transitoria al Partido Nazi no tuvo, aparentemente, otro motivo. También tuvo un gran entrenamiento previo, casi veinte años, como director, correpetidor y hombre para todo con orquestas menores antes de empezar en Berlín. Tenía una idea de cómo quería las cosas y lo transmitía con exigencia y carisma».
José Antonio Echenique lo recuerda como un hombre «tremendamente elegante. ¡Tenía una mano izquierda...! Se clavaba en el podium y apenas movía los pies. Normalmente dirigía con los ojos cerrados y transmitía un gran magnetismo».
Alberdi destaca del austríaco «unas cualidades impresionantes como músico. Además vivió en un momento histórico concreto, con la Segunda Guerra Mundial y la postguerra. A todo esto hay que añadir su habilidad para las grabaciones».
Lo que casi nadie pone en duda es que Karajan sabía utilizar el márketing como nadie. En este sentido el clarinetista José Luis Estellés señala que «aparte de todo, fue punta de lanza del tiempo que le tocó vivir: el gran momento de los sellos discográficos, cuando recibían enormes ayudas económicas de las empresas más variopintas, no había prácticamente ningún repertorio grabado... Fue el primer director que se puso una cámara colgada del cuello para grabar primeros planos del movimiento de sus manos».
Para Jon Bagüés «probablemente se juntaron el hambre con las ganas de comer. Una industria fonográfica necesitada de grandes nombres para la difusión de la música clásica. Justo además en la época en la que la técnica de grabación permite por primera vez en la historia grabar obras musicales completas».
El responsable de la OSE considera que aprovechó esa facilidad para venderse para lograr que el público se fijara más en la música. «Otros no lo supieron hacer así y le criticaban. Era un momento en que las discográficas estaban en plena emergencia como la Deutsche Grammophon. La colaboración entre ambos les reportó grandes beneficios».
José Antonio Echenique recuerda que Karajan era un hombre al que le gustaban los grandes eventos, «como los macroconciertos que organizaba cada 1 de mayo en un lugar emblemático como los Uffizzi y El Escorial a donde llevaba la Filarmónica de Berlín. En el aspecto del marketing era fantástico, un auténtico monstruo y un poco showman».
Socialización
Para el director del Archivo Eresbil, si algo destacaría de la labor de Karajan es «una socialización de la música sin precedentes a través del disco. En cuanto a sus aportaciones en la dirección de orquesta creo que debemos ser cuidadosos, sin quitarle méritos. De él conservamos excelentes grabaciones, cosa que los anteriores directores no pudieron tener. ¿Qué sabemos por ejemplo, de las cualidades como director de orquesta del excelente músico que fue Enrique Fernández Arbós al que tantas veces se le escuchara en Donostia?
Estellés cree que «es justo reconocer que Karajan hizo una gran aportanción para la difusión universal de la música; llevó a una orquesta a ser la mejor del mundo, estableciendo unos parámetros respecto a la calidad, organización interna y proyección que han sido referencia durante décadas. Amplió el radio de acción de un director de orquesta al subirse a la escena a dar indicaciones a los cantantes y al participar en el proceso de las grabaciones».
El gusto por la tecnología con los nuevos sistemas de grabación fue una apuesta del director austriaco que, para Iñigo Alberdi, además de encumbrarlo sirvió para que la música llegara con un sonido magnífico al público que no tenía acceso a los conciertos. «Eran versiones personales llenas de fuerza, pero que al mismo tiempo tuvieron una divulgación fantástica. No hay que olvidar que realizó más de 900 grabaciones y en el mundo ha vendido más de veinte millones de discos».
A Karajan también se le achacó ser bastante frívolo. Jose Antonio Echenique habla de su forma de vida rodeada de glamour: «A parte de tener una mujer rubia guapísima, pilotaba aviones, era patrón de barco. En el Festival de Salzburgo escuché varias veces que por la mañana se iba a esquiar a Saint Moritz y por la tarde regresaba a Salzburgo para dirigir a la Orquesta de Berlín». También el hecho de que apareciera habitualmente en el Paris Match hizo que esa imagen creciera. «Además cultivaba mucho los medios de comunicación. Por ejemplo, cuando iba a Francia a tocar en París en los Campos Elíseos donde le vi varias veces, luego acudía a los estudios de televisión a hacer un programa en directo de dos o tres horas: hablaba sobre la música, llevaba talentos jóvenes, y claro tenía muchísimo éxito».
Estellés es de la misma opinión y considera que se le podía definir como un director star al ser «el primer director de orquesta que salía en los magacines a bordo de su yate en Saint-Tropez». Por el contrario el responsable de Eresbil cree que «tenemos una memoria muy corta, pero ya en la primera mitad del siglo había grandes directores, y no digamos en el siglo XIX. Piénsese en Mahler».
A la hora de elegir uno de sus discos Jon Bagüés lo tiene claro: «El ciclo de sinfonías de Beethoven». Estellés afirma que «prefiero otro concepto de grabación y de interpretación, aunque todas sus grabaciones tienen un nivel de realización excelente».
Echenique no lo duda, «un Tristán e Isolda con John Vikers o una Misa Solemmnis, también con Vikers. Otra obra de arte es La Bohème con Mirella Freni y Pavarotti, realmente era impresionante... El repertorio alemán lo hacía maravillosamente bien, Wagner, Strauss, Beethoven y no me olvido del Réquiem alemán de Brahms. Era sensacional». Y Alberdi apuesta por la integral de las sinfonías de Beethoven que grabó con la Sinfónica de Berlín en el año 62.
Sonido por el sonido
A la hora de resumir los aspectos positivos y negativos de Karajan, José Luis Estellés explica que «confirió un carácter a todo lo que de él dependió. La consolidación de un estilo, la creación de una gran sala de conciertos (Philarmonie)... En la parte negativa, una cultura del sonido por el sonido que alejó ciertos estilos musicales de criterios más acordes con su idea original como por ejemplo la 5ª Sinfonía de Beethoven con gran orquesta y doce trompas».
Jon Bagües habla de «sus grabaciones, que supongo que la industria las relanzará, espero que a módicos precios. Lo negativo supongo que variará del ámbito en el que se le quiera juzgar, pero ¿quién soy yo para juzgar?».
A favor, además de su afán por la perfección y su genialidad, el director de la Quincena Musical resalta «su gran intuición para descubrir nuevos talentos como al pianista ruso Eugene Kissin, a quien hizo tocar con la Filarmónica de Berlín con 14 años». Si hay que buscarle un aspecto negativo Echenique considera que «abarcaba todo tipo música desde barroca hasta el siglo XX. Al tener un repertorio tan amplio no lograba brillar en todo». También como aspecto criticable resalta que era bastante misógino: «Las mujeres le encantaban, pero no para trabajar con ellas. Por ejemplo se opuso a que entrara alguna mujer en la Filarmónica de Berlín. Tuvo una gran controversia con la clarinetista Sabine Mayer que había ganado una plaza en la formación».
Un ejemplo de su rigor lo pone al recordar el montaje de la ópera Don Carlo con José Carreras. Estuvo durante diez días en El Escorial empapándose del ambiente de Felipe II y como era también el director de escena reprodujo el despacho del rey exacto.
Para concluir, Bagüés lamenta no haber tenido la suerte de verle, «me hubiera gustado estar en la interpretación de cualquiera de sus obras de repertorio». Y para Alberdi hubiera sido un sueño imposible que dirigiera la OSE.
Estellés lo vio. «Sí, tuve la suerte de escuchar su último concierto en Londres en el Royal Festival Hall antes de morir. El programa era Noche transfigurada de Schoenberg y 1ª Sinfonía de Brahams. Increíble, ya casi no se movía y la orquesta tocó con una energía especial.